ANOMALÍA.
Del griego anomalía. Desviación de lo que se considera normal o estándar.
<<Toda mente tiene una explicación. Solo necesito encontrarla.>>
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Hazel,
La lluvia golpea el parabrisas con fuerza, como si intentara borrar el camino que dejo atrás. El coche se detiene frente a la entrada del Instituto Saint Aurelius, y por un segundo me quedo mirando el edificio: paredes de piedra clara, ventanales inmensos, jardines recortados con una precisión casi cruel. Es elegante. Es impecable. Es exactamente como lo imaginé.
Y está demasiado callado.
Bajo con cuidado, protegiendo mi carpeta de documentos bajo el abrigo. Solo llevo una maleta pequeña, el reloj de mi padre ajustado en la muñeca y el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal. Emoción, sí. Pero también ese cosquilleo en el estómago que me avisa cuando algo es importante.
Al cruzar las puertas automáticas, el ruido del mundo desaparece por completo. El vestíbulo es amplio, iluminado por esa luz blanca que no proyecta sombras, y el suelo de mármol refleja todo como si fuera un espejo. Hay pocas personas: una pareja esperando en un rincón, un médico hablando por teléfono en voz baja, dos enfermeras que caminan sin hacer ruido. Todo parece ordenado. Todo parece correcto.
Me acerco al mostrador de recepción. La mujer que está detrás es perfecta en su uniforme, pero sus ojos no llegan a sonreír.
— Soy Hazel Sullivan — digo, mostrando mis papeles —. Tengo una entrevista con el doctor Mercer.
Ella asiente, sin levantar la vista de la pantalla.
— El doctor bajará enseguida. Espere aquí.
Me siento en uno de los sofás de cuero y observo. Veo pasar a un hombre mayor acompañado por un asistente, la mirada perdida. Veo a una enfermera revisar unos papeles con gesto serio. Nada fuera de lugar. Y sin embargo… el silencio pesa. Es un silencio vigilado.
De pronto, dos camilleros cruzan el vestíbulo empujando una camilla vacía. Caminan rápido, con prisa por irse de allí. Sus voces llegan hasta mí en un susurro:
— ¿Ya limpiaron la biblioteca?
— Sí. Fue el paciente Hale otra vez.
El apellido flota en el aire un instante y luego se desvanece. Yo lo escucho, pero no le doy importancia. Todavía no significa nada.
— Doctora Sullivan.
Levanto la vista. Un hombre se acerca. No es lo que esperaba: traje oscuro impecable, manos cuidadas, una calma que parece envolverlo todo. Sonríe, pero hay algo en sus ojos que no se relaja nunca.
— Soy el doctor Rowan Mercer — dice, extendiendo la mano —. Bienvenida.
Estrecho su mano. Es firme, cálida. Transmite una seguridad que desarma. Me hace señas para que lo sigamos.
— Vamos a darle un recorrido rápido. ¿Tiene muchas preguntas?
— Solo las necesarias — respondo —. ¿Cuántos pacientes tienen aquí?
— Depende de la época del año — contesta sin dudar.
— ¿Todos permanecen internados?
— No.
— ¿Y usted cuánto tiempo lleva dirigiendo este lugar?
Él mira hacia adelante, sin detenerse.
— Demasiado tiempo.
Cada respuesta es correcta… y cada una me deja con más dudas. Nunca dice todo lo que podría decir.
Subimos las escaleras. El primer piso son consultorios: puertas numeradas, letreros, gente trabajando. El segundo, hospitalización: pasillos limpios, habitaciones ordenadas. Todo parece funcionar a la perfección.
Hasta que llegamos al final del tercer pasillo.
Allí no hay puertas numeradas. Solo una gran puerta de metal gris, sin ventanas. En ella, letras plateadas: ACCESO RESTRINGIDO.
Me detengo.
— ¿Qué hay ahí?
Rowan se para a mi lado. Tarda unos segundos antes de hablar.
— Un paciente.
— ¿Tan peligroso es? — pregunto, intentando sonreír.
— No — responde, muy serio.
— Entonces… ¿por qué está aislado?
Por primera vez, se gira completamente hacia mí. Me mira a los ojos y su voz baja un tono:
— Porque el peligro nunca ha sido él.
Frunzo el ceño.
— No entiendo.
— Lo hará — dice simplemente, y continúa caminando.
Justo en ese momento, la puerta se abre. Sale una enfermera joven. Tiene la nariz vendada con gasa blanca, los ojos rojos y húmedos, y aprieta un expediente contra su pecho como si fuera un escudo. Pasa junto a nosotros sin levantar la vista, sin decir una palabra. Siento el frío que emana de ella.
Me giro para verla irse. Algo no está bien. Lo sé en los huesos. Pero antes de que pueda preguntar nada más, Rowan habla:
— Su consultorio está aquí.
Me muestra una habitación pequeña pero luminosa, con un escritorio, una silla cómoda y una ventana que da a los árboles. Me entrega mi credencial, un horario y una carpeta gruesa con las normas del centro.
— Todo lo que necesita saber está ahí — dice, apoyándose en el marco de la puerta —. Empieza mañana a las ocho. Bienvenida al equipo, doctora Sullivan.
Se da la vuelta para irse, pero se detiene.
—Una última cosa.
— ¿Sí?
Me mira de nuevo, y esta vez su calma se siente casi como una advertencia.
— Si alguna vez conoce al paciente Hale… nunca lo toque.
Y se marcha.
Me quedo sola en la habitación, con la credencial entre los dedos, mirando hacia el pasillo vacío. Al fondo, muy lejos, la puerta metálica sigue cerrada. No sé qué hay detrás. No sé quién es ese hombre. Pero en el momento en que el doctor pronunció su nombre, supe algo con total certeza:
Acepté un trabajo del que nadie me contó toda la verdad.
Y que, pase lo que pase, no voy a detenerme hasta descubrirla.