Ishaen
Pasé la noche en vela después de aquel cruce con Zayed. No es fácil sacarlo de mi mente; sus ojos oscuros y la manera tan firme en que me desafió con tan pocas palabras me mantienen inquieta. No es la primera vez que conozco a un hombre dominante, pero sí la primera en que siento que alguien me está mirando de verdad, como si pudiera atravesar mis murallas.
Mientras elijo mi atuendo para hoy, elegante pero menos rígido que los que acostumbro— me sorprendo a mí misma cuestionándome el porqué de esta elección. ¿Acaso estoy pensando en volver a verlo?
Sacudo la cabeza y respiro hondo. No puedo permitirme distracciones. Zayed es un invitado, alguien con el que apenas he cruzado palabras. Y sin embargo… algo de él se me ha quedado adherido bajo la piel.
“Tal vez sea su perfume desértico.”
—Basta, Ishaen. Es solo un hombre.
Al bajar, todos están reunidos en el comedor.
—Te has demorado hoy más de lo habitual cariño —observa mamá, con una media sonrisa—. Tienes algo especial para hoy.
Frunzo el ceño mientras tomo asiento.
—Seguramente nuestra hermana tiene algún pretendiente —se burla Youssef, mi hermano mayor.
—Quién sería capaz de soportarla —añade Omar, entre risas.
—Ya… el hombre que se case con Ishaen será afortunado de tener una esposa como mi hija —interviene papá, cortante.
Omar y Youssef sonríen, pero la mirada severa de mi padre los reduce al silencio.
—La única que se compadece aquí soy yo —replico—, pobres de sus esposas, no saben con qué alimañas se van a casar.
—¡Oye! —exclaman los dos al unísono.
—Ya suficiente, a desayunar —mamá, como siempre, pone orden.
Durante el desayuno, papá menciona con aparente casualidad que asistiremos a un evento de beneficencia en la ciudad. Alzo la vista, procurando que mi expresión permanezca neutral. Sospecho que Zayed también estará allí; no es el tipo de hombre que se mantenga al margen de esos círculos.
El resto del día lo dedico a informes y pendientes, pero mi concentración está rota. Cada tanto mi mente me traiciona y me lleva de vuelta a esa conversación de ayer… esa sensación de estar bajo un escrutinio incómodo y, a la vez, peligrosamente estimulante.
Al caer la tarde, mientras me arreglo para salir con mi padre, me detengo frente al espejo. Observo la caída de mi cabello, la postura de mis hombros, la firmeza de mi mirada. Me repito, como un mantra, que nada puede alterar mi equilibrio, que siempre tengo el control.
Y sin embargo, la expectativa me envuelve como un hilo invisible. Algo dentro de mí sabe que, si Zayed aparece, no se limitará a observarme desde lejos.
Y lo más inquietante no es esa certeza.
Es que, en lo profundo, sé que no me importa estar bajo el escrutinio de su mirada.
Me observo en el espejo una vez más, como si aquella superficie de cristal pudiera devolverme algo más que mi reflejo. El vestido que había elegido era sobrio, discreto, pero elegante; una pieza que hablaba de compostura, de prudencia, de alguien que conocía las reglas y no tenía la menor intención de quebrarlas. O al menos, eso quería proyectar.
Pero en el fondo… había un nudo que no lograba deshacer.
Y ahí estaba nuevamente su mirada sobre mí, la manera en que sus ojos me habían recorrido seguía rondándome como una sombra. No había sido una mirada vulgar, tampoco del tipo que una mujer agradece en silencio; fue una inspección, un cálculo. Me sentí evaluada, medida, casi despojada de cualquier máscara. Y lo peor era que, por un segundo, creí que había encontrado algo detrás de mí que ni yo misma comprendía.
Y también estaban sus palabras, no es solo lo que dijo, sino cómo lo dijo, como si conociera cada grieta que trato de mantener oculta. Ese atrevimiento de mirarme tan de frente, como si pudiera ver más allá de mis máscaras… ¿quién le dio el derecho? Y, al mismo tiempo, ¿por qué me siento tan vulnerable con solo recordar sus ojos sobre mí?
Sacudo ligeramente la cabeza, como si pudiera alejar esa sensación. No debo distraerme. No debo permitir que alguien como él —tan seguro, tan dispuesto a desafiarme— penetre más allá de lo estrictamente necesario. Mi mundo se basa en mantener el control, en no dejar que nadie decida por mí lo que soy o lo que puedo ser.
Zayed es el hijo del hombre al que mi padre respetaba y, en cierta medida, temía. Su sola presencia implicaba jerarquías, poder, expectativas. Y yo no podía darme el lujo de flaquear.
Acomodo un mechón de cabello detrás de la oreja. Este evento sería otro de esos interminables desfiles de sonrisas educadas, palabras cuidadosamente escogidas y miradas que valían más que los discursos. Yo sabía moverme en esos escenarios; había aprendido a caminar sobre alfileres sin que se notara el dolor.
Y aun así… algo en mi interior me decía que esta noche sería diferente.
—No importa —me susurré, apretando mis manos sobre la tela de mi vestido para darme valor—. Puedo con esto. Puedo con él. Puedo con todo.
Pero mientras descendía las escaleras hacia la salida, la certeza que me acompañaba era otra: no estaba segura de quién terminaría poniendo a prueba a quién.
El coche avanza lento por las avenidas iluminadas, y el reflejo de las farolas se cuela por la ventanilla como destellos intermitentes que marcan el compás de mis pensamientos. A veces me pregunto cómo sería viajar sin esta constante presión sobre los hombros; sin el murmullo de expectativas que nunca elegí cargar, pero que parecen adherirse a mí como una segunda piel.
Juego con la pulsera en mi muñeca, un gesto que me delata siempre que me siento nerviosa. La giro y la vuelvo a girar, como si el movimiento pudiera darme alguna respuesta o, al menos, distraerme de lo inevitable. En realidad, sé perfectamente que no se trata solo de un evento más; esta noche, de alguna manera, me pone a prueba. No sé si es mi padre, el Consejo o yo misma quien lo hace… pero siento que cada paso que dé, cada palabra que pronuncie, será medida con lupa.
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Editado: 27.08.2025