Junio de 2025
La citación llegó un lunes a las 8:15 de la mañana, mientras terminaba de prepararme para salir al trabajo.
Reconocí el sobre antes de abrirlo: papel blanco, sin remitente visible, mi nombre completo impreso con una precisión que no admitía error. Lo abrí de pie, aún en la puerta.
Se cita a la compareciente a declarar, en calidad de testigo, en causa reabierta N°…
No necesité leer más para saber de qué se trataba.
El cuerpo reaccionó de inmediato, como si algo antiguo se hubiera activado sin aviso.
Diez años.
Habían pasado diez años. Volver sobre eso después de tanto tiempo no parecía tener sentido. O al menos eso me había repetido a mí misma durante todo ese tiempo.
Yo había declarado como testigo. Respuestas breves, claras. Lo justo para que todo quedara cerrado.
—Sí, lo vi.
—Sí, era él.
—Sí, estoy segura.
No pensé que, después de tanto tiempo, esto pudiera volver. O quizás sí.
Llamé al trabajo y dije que no iba a ir. No di explicaciones. Apenas corté, entendí que había sido un error. El silencio de la casa amplificaba todo. La carta seguía ahí, visible desde cualquier punto.
Pensé en la palabra reabierta.
No significaba que algo nuevo hubiera ocurrido.
Significaba que algo antiguo no había cerrado bien.
Tomé la carta otra vez. Esta vez la leí completa. Fecha. Hora. Tribunal. Todo estaba escrito con una claridad que no dejaba espacio para interpretaciones.
Llamé a mi madre.
Le conté lo de la citación. Hablé rápido, como si así pudiera pasar por encima del tema.
—Tienes que ir —dijo—. Decir la verdad. Ya sabes, repetir lo mismo que dijiste antes.
Lo dijo sin dudar, con una calma que no me tranquilizó. Al contrario. Su voz era la de alguien que no veía ningún problema, y eso fue lo que más me inquietó.
Colgué y me quedé con el teléfono en la mano.
Decir la verdad.
Repetir lo mismo.
Por primera vez entendí que esas dos cosas no eran necesariamente compatibles.
Febrero de 2015
A Don Roberto lo mataron un sábado en la noche.
Ese fue el comienzo de todo.
El almacén estaba ahí desde siempre. Desde antes de que yo naciera. Nadie en el barrio recordaba la cuadra sin ese local estrecho, con un par de cajas apiladas y un olor persistente a pan amasado y especias.
Don Roberto a veces era cascarrabias, pero constante. Abría todos los días del año, sin excepción. Era el primero en levantar la cortina y el último en bajarla. Con el tiempo, uno terminaba confiando en eso.
Esa semana yo andaba triste.
No se lo había dicho a nadie, pero mi mamá se había dado cuenta. Me preguntó un par de veces si me pasaba algo. Le dije que no era nada importante. No insistió.
Esa noche me propuso que viéramos una película. Dijo que prepararía algo rico para acompañarla y me pidió que fuera al almacén a comprar un par de cosas que faltaban.
Acepté, pensando que podría distraerme.
Iba camino al almacén cuando escuché el disparo. Estaba a un par de casas de distancia.
Un sonido seco. Definitivo.
Después vi a alguien salir corriendo. Escapando. No miró atrás.
Alcancé a distinguir unos jeans azules y un polerón negro con capucha.
Minutos después, el barrio entero estaba en la calle. Las luces se encendían, las puertas se abrían, la gente hablaba al mismo tiempo.
Los rumores llegaron antes que la ambulancia.
—Fue el Jonathan.
—Sí, todos saben que fue él.
—La señora Nelly, la vecina de al lado, escuchó los gritos y reconoció su voz.
Jonathan era del barrio. Casi de mi edad. Había nacido ahí y todos lo conocían. Desde hacía un tiempo circulaban rumores: que andaba en malos pasos, que lo habían expulsado de la escuela, que su mamá ya no sabía qué hacer con él.
Una vez había entrado a robar al almacén de Don Roberto. Fue un robo menor. Pero Don Roberto no se lo dejó pasar. Lo denunció y llegó con la policía directamente a su casa. Como era menor de edad, no pasó mucho. Al día siguiente Jonathan ya estaba de vuelta.
Eso también pesaba.
Así que cuando alguien dijo haberlo visto rondando el almacén un rato antes ese día, y otra vecina aseguró haber reconocido su voz, la versión se armó sola. Nadie la discutió.
Cuando me llamaron a declarar, sentí que no estaba aportando algo nuevo. Estaba confirmando algo que ya había sido decidido.
Recuerdo que me preguntaron si estaba segura.
Pensé en el cuerpo de Don Roberto tirado en el suelo.
Pensé en su familia.
Pensé en el negocio cerrado.
Pensé en los vecinos del barrio.
Pensé que, si no era Jonathan, entonces quién.
Lo que no pensé fue en que el castigo sería tan alto.
Me sorprendí cuando supe que lo habían juzgado como adulto. Tuvo mala suerte, había cumplido la mayoría de edad apenas una semana antes.
La condena fue severa.
El barrio respiró.
Y todos siguieron con sus vidas.
Yo también seguí. Terminé mis estudios, encontré trabajo, me independicé. Viajé. Me enamoré un par de veces. Tuve una vida.
Rara vez pensaba en esta historia y, cuando lo hacía, la repetía como un discurso aprendido, con algunos datos, sin mucho detalle. Distante.
La memoria se acomoda cuando uno no la contradice.
Hasta que llegó la citación.
Entonces los recuerdos volvieron de golpe.
Y por primera vez me hice una pregunta distinta: ¿aquella noche había visto lo suficiente como para estar tan segura?
Julio de 2025
El juicio esta vez fue distinto.
Tuve que declarar con Jonathan presente en la sala. Teníamos casi la misma edad, pero parecía mayor. No era solo el paso del tiempo. Era otra cosa: una rigidez en la postura, una forma de mirar sin moverse demasiado, como si llevara años midiendo cada gesto.