La tía María Luisa

Cuento 1

Al ver a mis dos hijos guardar algunas cosillas en sus  pequeñas cajas de cartón, con su nombre escrito a grandes y chuecas letras rojas, movido por la curiosidad me asomé y sin querer empecé a sonreír ante sus chucherías  que para ellos son verdaderos tesoros, aunque para los demás pueda parecer sólo...

  • ¿Basura? –preguntó Alejandra, mi pareja y madre de los niños, con una apretada sonrisa que ralló entre los irónico y el reproche-. ¿Guardan sólo basura?
  • ¡Sabes que no! – respondí esquivando su mirada dura, señalando con el dedo un par de canicas, el pequeño auto de carreras y una llave que encontramos tirada al salir del súper hace algunos días-. Son cosas que ellos le dan mucho valor… y tenemos que respetarlas…

Invariablemente recodamos vívidamente aquella extraña y en momentos espeluznante y enloquecedora historia que pasamos, justo cuando decidimos llevar el noviazgo a los terrenos de formar una familia y de formalizar la relación que llevábamos desde hace dos años y seis meses… Justo cuando decidimos vivir juntos.

Una semana antes habíamos hablado con mi madre, le confesamos que teníamos la intención de comenzar nuestra vida en pareja y, si nos entendíamos y las cosas iban bien, nos casaríamos por las leyes de los hombres y la Ley de Dios.

Los dos trabajábamos pero no teníamos el dinero suficiente para comprar los muebles y para poder pagar la renta de un apartamento modesto, por eso le pedimos el permiso de ocupar un par de cuartos grandes que están frente a la casa principal de mi familia; esos cuartos que mi mamá le llama “el departamento”,  tenían varios años desocupados y ella los usaba como bodega para las innumerables cosas que guarda y, que a decir de ella, algún día nos podrían servir para algo.

Siempre dije que mi madre tenía la manía de guardar basura… Cosas que no tienen un fin práctico pero que ella se empecinaba en meter en bolsas y cajas para acumularlas, bajo la idea de que podrían servir para los trabajos escolares, para hacer talacha y labores como pintar, impermeabilizar o para algo, no sabía qué pero decía,  “servirían para algo”.   

Así, cientos de veces le ayudé a meter en grandes cajas de cartón, frascos de café o mayonesa, colchas que ya no usábamos, juguetes, inflables, ropa y zapatos y así, de poco en poco, el departamento se llenó de cajas y más cajas de mil y un trebejos.

Me dijo que sí, que podíamos irnos a vivir ahí el tiempo que fuera necesario, pero en el destino de esas cosas fue donde se trabó la negociación.

  • ¿Qué vamos a hacer con esas cajas que ya deberías tirar a la basura? – le pregunté con la esperanza de convencerla, y que de una vez por todas se las fuéramos dando al barrendero.
  • ¡Sabes que son cosas mías y que no es basura! -, respondió molesta antes lo que en ese momento consideré como la opción más viable.
  • ¡Hay cosas que ya no sirven! – repliqué intentando que me entendiera-. Tienes frascos de todos tipos, periódico y revistas viejas, aparatos eléctricos del año de las cavernas, de esos que ya no tienen refacciones, brochas tiesas, botes de pintura que ya está seca… Esa acumulación excesiva sólo sirve para que haya nidos de pulgas chinches, arañas y ve a saber qué tantos bichos están debajo de tanta caja… ¡Y no hablemos del polvo, de los ácaros…!

No le quedó otras más que escucharme y en ciertas cosas darme la razón, pero como siempre pasaba, los ánimos se caldeaban y cada quien defendía su punto de vista.

  • Hay ropa muy fina y elegante que usamos en ocasiones especiales – y de plano ya no se fijó en mí y se dirigió a Alejandra-. Tengo guardados algunos juegos de cocina, ollas para cocinar pozole, espagueti, cortinas en buen estado, que sólo necesitan lavarse…

Finalmente llegamos a una salomónica decisión: me condicionó el departamento a cambio que no tirara nada sin que ella viera de qué se trataba. Aceptó que sí había cosas que no tenía caso seguir conservando, pero otras muchas tenían un gran valor sentimental y que las guardaría en mi alcoba, pues al mudarme con Alejandra, mi habitación quedaría desocupada…

 

Empezamos a revisar qué había en las cajas un sábado por la tarde. Alejandra se empeñó en que usáramos tapabocas, y ella guantes de latex pues es alérgica al polvo y en poco tiempo de exposición se llena de granos y salpullido. Empezamos por lo más grande; vimos que algo muy voluminoso se encontraba en un rincón, y que estaba cubierto con dos enormes, viejas y polvosas cortinas.

Di un jalón y una densa nube de polvo gris inundó la habitación, provocándonos un repentino pero intenso ataque de tos. Conforme se asentó la polvareda, se medio aclaró y quedaron al descubierto los aparatos que por siempre usó y que hace años no veía. Irónico pero jamás pensé que se le pudieran separar del cuerpo, parecían la patética extensión del rígido esqueleto de  una pobre paralítica.

  • ¿De quién son? – preguntó extrañada  mientras tomaba una franela para quitar un poco el polvo acumulado por tantos años. Se echó un par de pasos para atrás y con la mirada inquieta comenzó a hacer un inventario de lo que veía-.  … Una silla de ruedas, una andadera, bastones, muletas, zapatos ortopédicos para niño, cómodos, tanques de oxígeno…

El tan sólo ver esos objetos hicieron que un frio repentino me recorriera la espalda y un extraño entumecimiento en las articulaciones me hizo sentir incómodo. Vivas imágenes llegaron por montones a mi mente confundida; incluso, me atrevo a decir que el cuarto se llenó de ese repugnante olor a heces y medicina que despedía su pobre cuerpo maltrecho.

  • Eran de mi tía María Luisa, la paralítica…
  • ¿Tienes una tía en silla de ruedas? – preguntó frunciendo el ceño, levantando un poco la ceja, gesticulación muy de ella cuando tiene duda.
  • ¡Tenía! – le respondí con un resoplido, diciendo que eso ya pertenecía al pasado-. Una hermana de mi mamá que se llamaba María Luisa. Tenía una rara enfermedad que la dejó como tronco, postrada en esa silla de ruedas. No se podía mover. La piel la tenía de un espantoso tono verde oliva  y despedía un penetrante y asqueroso olor a medicina. ¡Es más, ni los ojos movía!... Pobre, murió hace ya varios años…
  • Siento que te expresas de ella con desdén o con coraje…
  • ¡No es eso! No la quería porque me daba miedo… Me imaginaba que era una especie de muñeco de madera pero maligno… Una figura  tallada que me veía, que aunque no movía los ojos nos seguía con la mirada… No entendíamos lo que decía, pero de ella salían grotescos sonidos guturales que sólo mi abuela interpretaba… No era yo solamente, mis primos también sentían miedo cuando la veían en esa silla… Todas esas cosas eran de ella…




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