El primer día en el frente no hubo disparos.
Y eso fue lo peor.
El silencio era antinatural, espeso, como si el mundo contuviera el aliento antes de gritar. El muchacho permanecía sentado en la trinchera con la espalda encorvada, abrazando su rifle como si fuera un objeto sagrado. Las manos le sudaban tanto que temía que el arma se le resbalara, no por torpeza, sino por puro terror.
El barro le llegaba hasta los tobillos. Frío. Pegajoso. Vivo.
Cada vez que movía el pie, sentía que la tierra intentaba retenerlo, como si supiera que pronto habría más cuerpos para ella.
Su mente no dejaba de correr.
Pensaba en su madre doblando la ropa en casa, en su padre fingiendo fortaleza, en ella —sobre todo en ella— respirando en algún lugar lejano, ajeno al olor metálico que ya impregnaba el aire. Recordarla no lo calmaba. Lo destrozaba. Porque cada recuerdo era una prueba de que ese mundo seguía existiendo sin él.
<3