La noche no cayó.
Se deslizó.
No hubo un momento exacto en que el día murió; simplemente dejó de existir. El cielo se volvió una masa negra sin estrellas, pesada, como si fuera a desplomarse sobre las trincheras. La humedad se metía en los huesos. El frío no era intenso, pero sí constante, persistente, como un castigo lento.
No durmió.
Cada vez que cerraba los ojos, su cuerpo reaccionaba con violencia, como si algo dentro gritara no. El corazón se aceleraba sin razón aparente. Un sudor helado le recorría la espalda. Tenía la sensación de que, si se dormía, algo lo alcanzaría.
La ansiedad ya no era una emoción.
Era un estado permanente.
Escuchaba todo. Demasiado.
<3