Le dolía la cabeza.
Le dolían los músculos.
Le dolía existir.
El desayuno fue un trámite mecánico. Un trozo de pan duro, un líquido tibio que apenas merecía llamarse café. Masticó sin hambre, sin sabor. Todo sabía a tierra.
Fue entonces cuando lo vio.
No estaba en el frente enemigo.
Estaba entre ellos.
Un cuerpo cubierto con una manta sucia, colocado a un lado de la trinchera como un objeto olvidado. Nadie lo vigilaba. Nadie parecía prestarle atención. Simplemente… estaba ahí.
Se acercó sin pensar.
Tal vez por curiosidad. Tal vez porque la mente busca enfrentar el horror poco a poco, como si así doliera menos.
Levantó la manta.
El rostro era joven. Demasiado joven.
<3