Los ojos estaban entreabiertos, opacos, sin brillo. La boca ligeramente abierta, como si hubiera intentado decir algo y no hubiera tenido tiempo. No había sangre visible. No había heridas evidentes.
—Murió anoche —dijo alguien detrás de él—. De miedo, creo.
Esa frase se le quedó clavada.
De miedo.
No sabía que se podía morir así.
Se quedó mirando el cuerpo más tiempo del necesario. Buscando algo. Un gesto. Una señal de que aquello no era real. Pero no la encontró. Solo un chico que ya no respiraba.
Pensó: Podría ser yo.
Pensó: Podría ser cualquiera.
Por primera vez, la muerte dejó de ser una idea lejana.
Tenía rostro. Tenía peso. Tenía silencio.
Durante el resto del día, caminó como si su cuerpo no le perteneciera del todo. Las manos le seguían temblando. El ruido lejano de la artillería le provocaba náuseas. Cada explosión hacía que su mente anticipara el final.
Empezó a comprender algo terrible:
el miedo no disminuye con el tiempo.
<3