El tercer día comenzó con un olor.
No era pólvora.
No era barro.
Era algo más espeso, más dulce y repugnante al mismo tiempo. Un olor que se metía en la nariz y no salía, que hacía arder los ojos y revolvía el estómago.
—No respires hondo —le advirtió alguien—. Te acostumbras… y eso es peor.
Caminó siguiendo al resto, con pasos lentos, inseguros. El suelo estaba cubierto de cráteres recientes. La noche había sido violenta. Demasiado violenta. El bombardeo no había parado ni un instante, como si el cielo hubiera decidido castigar la tierra sin misericordia.
Entonces lo vio.
No estaba cubierto.
No estaba entero.
El cuerpo yacía a unos metros de la trinchera, retorcido en una posición imposible. Las piernas ya no estaban donde debían. El torso parecía abierto, como si algo lo hubiera desgarrado desde dentro. La sangre no era roja: era negra, espesa, pegada a la ropa, al suelo, a todo.
No pudo apartar la mirada.
<3