El tiempo no avanzaba. Se estiraba como una tortura lenta. Sus ojos ardían de cansancio, pero no se atrevía a parpadear demasiado. La imagen del cuerpo destrozado volvía una y otra vez, como un recuerdo impuesto.
Cada vez que cerraba los ojos, lo veía.
Cada vez que respiraba, sentía el olor.
Comprendió entonces que la guerra no necesitaba matarte para destruirte. Bastaba con obligarte a ver. A recordar. A cargar imágenes que no pediste.
Pensó en ella.
Por primera vez desde que llegó al frente, no la recordó viva, sonriendo, cálida. La imaginó recibiendo una carta. Una notificación. Un objeto personal devuelto en una caja.
Se preguntó si alguien lo arrastraría igual.
Si su cuerpo dejaría un rastro parecido.
Si alguien diría: ayer estaba bromeando.
Cuando cayó la noche del tercer día, ya no rezó.
No porque no creyera.
Sino porque no sabía qué pedir.
<3