El cuarto día aprendió algo que jamás olvidaría:
En la guerra no siempre mueres por una bala.
A veces mueres porque alguien decide no ayudarte.
El amanecer llegó acompañado de gritos.
No eran órdenes.
No eran alarmas.
Eran gritos humanos, rotos, desesperados, que se arrastraban por el aire como uñas raspando piedra.
—¡Médico!
—¡Ayuda, por favor!
El sonido venía de tierra de nadie.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se levantó de golpe, el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar. Miró por encima del borde de la trinchera y lo vio.
Un soldado yacía boca arriba, a medio camino entre ambos frentes. Una pierna no respondía. La otra estaba torcida de una forma antinatural. Intentaba arrastrarse con los codos, dejando un rastro oscuro detrás de él.
Cada movimiento le arrancaba un grito.
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