—No mires —dijo alguien a su lado—. No puedes hacer nada.
Pero miró.
Porque todavía no estaba roto del todo.
El hombre alzó la cabeza.
Sus miradas se cruzaron.
Y en esos ojos no había heroísmo.
No había patriotismo.
Solo una súplica animal, primitiva.
No quiero morir aquí.
El chico dio un paso adelante.
—¡Puedo ir! —dijo, con la voz quebrada—. ¡Todavía respira!
La respuesta fue inmediata.
—Si sales, te matan.
—Si te mueves, disparan.
—Si cruzas, no vuelves.
El grito continuó.
Más débil.
Más lento.
<3