Por primera vez, sostuvo a alguien que se estaba muriendo.
La sangre le empapó las manos. Caliente. Real. Viva. Intentó presionar la herida, como había visto hacer, como le habían enseñado. No sirvió de nada. El cuerpo ya había decidido rendirse.
—Tengo frío —dijo el hombre.
Mintió.
—Ya pasa… ya pasa…
No pasó.
Los ojos del soldado se quedaron fijos en un punto inexistente. El peso de su cuerpo se volvió distinto. Más pesado. Definitivo.
Esta vez no apartó la mirada.
Esta vez lo vio morir completo.
Cuando soltó el cuerpo, notó algo que lo aterrorizó más que la muerte misma:
Ya no temblaba.
Las manos estaban firmes.
<3