El pulso, estable.
El rostro, inexpresivo.
Se miró las palmas cubiertas de sangre seca y no sintió náuseas. No sintió ganas de llorar. No sintió nada.
La culpa llegó después, lenta, corrosiva.
Comprendió que la guerra no solo te obliga a ver morir a otros.
Te enseña a seguir adelante después de hacerlo.
Y eso…
eso te cambia para siempre.
Esa noche no soñó.
Simplemente cerró los ojos y esperó a que el día terminara.
El cuarto día no aprendió a matar.
Aprendió algo peor:
Aprendió a vivir con la muerte de otros en las manos.
<3