El quinto día no comenzó con miedo.
Y eso fue lo más aterrador.
Despertó antes del amanecer, con el cuerpo rígido y la mente extrañamente silenciosa. No hubo sobresalto, no hubo pánico inmediato. Solo una sensación pesada, densa, como si llevara algo muerto dentro del pecho.
Se incorporó y vio los cuerpos.
Seguían ahí.
Algunos cubiertos a medias. Otros completamente expuestos. Rostros hinchados, piel tensa, ojos cerrados a la fuerza por manos ajenas. El aire estaba saturado de ese olor que ya no necesitaba identificar. Su nariz lo reconocía sin pensar.
Y entonces ocurrió algo que lo heló más que cualquier explosión:
No sintió nada.
Ni asco.
Ni horror.
Ni pena.
<3