El ataque de pánico no regresó completo, pero dejó su sombra. Una anticipación constante. El miedo al miedo. La certeza de que en cualquier momento, sin aviso, su mente podría traicionarlo otra vez.
Se abrazó a sí mismo, encogido en la trinchera, tratando de hacerse pequeño. No rezó. No pensó en el futuro. Solo se concentró en seguir respirando.
Uno.
Dos.
Uno.
Dos.
Comprendió algo terrible:
La guerra no solo te enseña a convivir con la muerte.
Te enseña a desconfiar de tu propio cuerpo.
El sexto día no perdió la vida.
Perdió el control.
Y supo, con una claridad insoportable, que aunque sobreviviera a las balas,
algo dentro de él ya estaba roto para siempre.
<3