La tinta del corazón

Mi visita favoria

Dedicatoria: ¨A mí Abuelita Thelma, porque visitarte sigue siendo un acto de amor.¨

Hoy camino entre sombras, donde el viento susurra secretos

que solo los árboles entienden. La tierra, madre y guardiana,

me guía hacia tu descanso, piedra fría que guarda tu nombre,

silencio eterno que canta en mi pecho.

No llore, me digo, en este sagrado encuentro,

pues tu risa florece en el aire, tu sombra juega entre las hojas,

y el sol, como un amante fiel, acaricia el lugar donde descansas.

Aquí, en este rincón del mundo, el tiempo se detiene,

los relojes se olvidan de girar en su danza frenética.

Mis manos buscan la tierra, susurrando con cada toque

las memorias de tu abrazo, el calor de nuestras risas compartidas.

Siento las raíces de tu ser, entrelazadas con el pulso de la vida,

en este abrigo de susurros, donde el dolor se convierte en aliento.

Voy despojándome, poco a poco, de las lágrimas, de las penas,

de la soledad que a veces abruma.

Tu voz resuena, como un eco de amor inquebrantable, me recuerda que

en cada despedida hay un renacer, un ciclo donde la tristeza es solo un puente

hacia la comprensión más profunda de lo que significa amar.

Miro el cielo, y mientras las nubes danzan,

me llega tu esencia, como brisa suave que acaricia mi rostro,

diciéndome que la vida sigue, que hay luz aún en la penumbra,

y que cada destello es una manera de estar contigo.

No llore, me repito, mientras dejo flores en tu tumba,

símbolos de gratitud, de momentos que arden en mi pecho.

La fragancia de los pétalos se entrelaza con los recuerdos,

y aunque me falte el aliento, siento tu abrazo a través del tiempo.

Los susurros del pasado son fuertes, me envuelven como un abrigo,

en esta conversación silenciosa donde el amor no tiene fin,

donde las lágrimas se convierten en ríos de paz que fluyen

hacia lugares lejanos, hacia horizontes nuevos.

En este instante eterno, en esta danza entre lo efímero y lo sagrado,

te encuentro en cada rincón, en cada suspiro de la brisa,

y la tristeza se disipa, como el polvo bajo la luz del sol.

Tus memorias son mi refugio, y cada paso que doy,

me acerca más a ti, incluso en este lugar de silencio.

Visitar tu tumba se vuelve un acto de amor, un recordatorio de que el alma vive,

que el abrazo nunca se quiebra, que la calidez persiste

en un mundo que a veces se siente frío.

Así que aquí estoy, con el corazón abierto,

dejando que el amor sea el hilo que nos une,

por siempre, en la inmensidad del tiempo.




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