El espejo llama con voz tenue y suave
y al otro lado un rostro se detiene.
La luz se inclina, buscando el mejor perfil
un gesto estudiado, jamás accidental.
La palma se alza para tocar el cristal frío
un mundo perfecto que solo yo sostengo.
En la pupila habita un brillo singular
una estrella que solo en mi cielo ha de brillar.
Los demás son sombras, un fondo borroso y gris
mientras mi figura se recorta feliz.
Escucho el silencio que mi nombre provoca
una adoración callada, que mi alma toca.
No busco consuelo en la voz de otros seres
solo el eco fiel de mis propios placeres.
Si alguien se acerca con crítica o verdad
la puerta se cierra con gran severidad.
No hay espacio para lo que pueda doler
solo el bálsamo dulce de mi propio querer.
Construyo un templo de mármol y reflejos
donde mis victorias son siempre los reflejos.
Cada palabra es un eco de mi voz primera
una confirmación que mi espíritu espera.
El tiempo transcurre, pero el retrato es fijo
un eterno presente donde nadie es prolijo.
Soy mi propia musa, mi más ferviente juez
y en esta soledad encuentro mi altivez.