En un rincón del alma, el dolor se asoma, susurra silencios, desgarra la vida,
con el eco de amores que el tiempo desploma, y la confianza, dulce, a la sombra se anida.
Las promesas de antaño, como hojas en otoño, se desvanecen frágiles, se pierden en el viento,
cada beso añorado, cada rayo de sueño, se convierten en cenizas, en eco del tormento.
En el jardín marchito de la desolación, las flores se mecen en el llanto callado,
y el amor, cual ave, vuela en la ocasión, pero la destrucción lo atrapa, olvidado.
Nos abrazamos a sombras que un día fueron luz, esperando que el alba nos devuelva el sendero, pero el dolor es un río que arrastra su cruz, y la confianza, un espejo roto en el suelo.
Oh, dilema eterno: amar y sufrir, tejiendo esperanzas en un hilo quebrado,
en la lucha constante entre el querer y el ir, donde el dolor y el amor han sellado el legado.
Destruyendo y creando, en la danza cruel, cada lágrima es fuego, cada risa un lamento,
y entre la desolación, florece un nuevo pastel, pintando la vida en su más fresco intento.