Esa noche fue la más larga de mi vida, lo que viví fue más que un simple sueño. Lo describiría —con temor a que las palabras no basten— como la experiencia más perturbadora que he atravesado…
Me encontraba dentro de un cuarto oscuro, entregado a lo más bajo de mis instintos en un acto carnal tan placentero que casi sentí culpa, y pese a ello, no era capaz de detenerme; únicamente me hundí más y más en el pecado.
Aquella escena era iluminada tan solo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana, nada parecía fuera de lo normal y fue tan solo un instante antes de alcanzar el éxtasis que todo se deformó. Lo que antes era un momento de intensa satisfacción ahora se convertía en la más hórrida de las visiones.
Mi compañera, que soy incapaz de reconocer comenzó a sangrar por cada rincón de su cuerpo, al ver lo que sucedía me aparté de inmediato tan confundido como era normal estarlo en esa situación.
Fue entonces que una sombra emergió de su interior, sin una forma definida y tan oscura como la brea, que me horrorizó a tal punto que mi cuerpo quedó inmóvil y mi sangre se heló tanto que casi se solidificó en mi interior. Hincado en aquel sitio con el corazón a punto de explotar y entre sollozos, vislumbré detrás de la amorfa figura a tres hombres.
Aquellos que ahora se erguían tras el ominoso ser vestían ropajes antiguos con tintes ceremoniales; los de los costados sostenían un crucifijo, mientras que el del centro llevaba consigo una cadena con grilletes. Por un breve instante el ambiente se tornó tenso, tanto que se dificultaba respirar.
Creí —estúpidamente— que estaban ahí para auxiliarme. Sin embargo, al verlos avanzar pasaron de largo a la sombra y se dirigieron directamente hasta donde yo estaba para someterme. Aún puedo sentir el frío suelo en contacto con mi piel desnuda. Solo entonces comprendí que no habría auxilio alguno y me encontraba condenado a pagar por mis actos.
Mientras me encontraba aún en el suelo perdí la conciencia, y al despertar noté que me arrastraban hacia el interior de una torre blanca, tan alta que parecía no tener fin; mi cuerpo que era arrastrado sin piedad alguna reclamaba por el dolor que el arrastre le había provocado.
Podía sentir cortadas por todo mi ser, producto de un camino de terracería que solo era el preámbulo de los horrores que estaba por vivir.
Al entran en el lugar mis captores me obligaron a ponerme de pie para encadenarme al muro de la torre y marcharse. Los vi salir por la puerta por la que segundos antes yo entré. Un sentimiento de desesperanza y agonía se apoderó de mí, con tal intensidad que comencé a llorar como nunca lo había hecho.
Pero, ni siquiera tuve tiempo para ahogarme en mi llanto, pues el sonido de lo que no sabía si eran gemidos de placer o dolor interrumpió abruptamente mi sufrimiento. Al levantar la mirada buscando de donde provenía aquel sonido pude notar algo que pasé por alto al entrar en la torre; fui testigo de algo tan espantoso como grotesco.
Cientos de personas encadenadas, todas y cada una de ellas gravemente lesionadas, cuerpos mutilados y algunos ya en estado de descomposición. Sin embargo, eso no fue lo más perturbador de aquel paisaje salido del infierno, sino las expresiones en sus rostros, con evidentes gestos de satisfacción al desangrarse, era como si el dolor fuera la cúspide de placer.
Ver eso me aterró aún más que la inefable sombra que se alzó frente a mí al principio de la pesadilla, que ahora, no estaba seguro de que realmente fuera un sueño. Comencé a agitarme con violencia tratando de liberarme de las ataduras que me anclaban a esa torre, tan blanca e impoluta que parecía casi sagrada y aún así me llenaba de temor
Sabía que tenía que salir de aquel lugar, sin importar el costo; mientras más me intentaba liberar mayor era la sensación de estar atrapado por siempre, era como si la torre misma quisiera impedir mi liberación. Mi cuerpo se quedaba sin fuerza y podía sentir como mis muñecas comenzaban a sangrar debido a los grilletes que las rodeaban. Entonces lo peor comenzó…
Las cadenas sonaban con fuerza al roce contra la pared al unísono con mis jadeos de desesperación. En el momento estaba por ceder reapareció aquella sombra, arrastrándose por los muros, entre los cuerpos de quienes ahí se encontraban; únicamente se detuvo al llegar a uno de los cuerpos putrefactos para comenzar a devorarlo con voracidad. Escuché el crujir de los huesos y vi la sangre derramarse hasta el piso, negra y tan espesa que instintivamente comencé a vomitar, temiendo que la aberrante criatura fuera por mí.
Sin embargo, esa cosa no me prestó atención, era como si yo no existiera, pero eso no me calmó. Seguía encadenado y me desangraba lenta y tortuosamente; rodeado de muerte y pestilencia disfrazada de placer.
Sabiéndome condenado, por fin cedí. Comencé a desvanecerme lentamente, acompañado solo por el sonido de mi sangre, que caía gota a gota contra el suelo. Con la visión cada vez más borrosa y difusa, el mundo se fue apagando... hasta que, finalmente, no quedó nada más que una oscuridad total.
Fue entonces que desperté, exaltado y sudoroso. Me encontraba en mi cama aún aturdido por el sueño y podía sentir mis muñecas adoloridas, como si los grilletes que me retenían realmente hubieran estado ahí. Al recorrer el lugar con la mirada noté que me encontraba en mi habitación en compañía de mis gatos que dormían plácidamente, totalmente ajenos al miedo que me corroía.
Pese a saberme seguro y libre, aquella sensación de enclaustramiento continuaba arraigada en lo más profundo de mi ser; el cansancio que sentía era demasiado como para continuar despierto, pero el temor a dormir y regresar a la torre era aún mayor y mientras luchaba por mantenerme despierto vi a Shinji (mi gato más querido) comenzar a convulsionar para deformarse lentamente hasta transformarse en aquella repulsiva sombra.
El pánico se apoderó de mí y me levanté de la cama tan precipitadamente que uno de mis pies quedó atrapado entre las sábanas provocando que cayera al suelo. Me arrastré tan rápido como me fue posible para encender la luz, entre sollozos y la desesperación de perder a un ser amado.