Aquel encuentro con el oso en el claro del río solo fue un recordatorio de por qué Román había sido tan estricto con nosotros desde que éramos tan pequeños. Los años empezaron a pasar, y nuestra rutina diaria se convirtió en aprendizaje de supervivencia y disciplina.
Bajo su tutela constante, poco a poco, nos convertimos en algo de lo que estar
orgullosos; Las lecciones de combate cuerpo a cuerpo dejaron de ser juegos para convertirse en instinto. Román nos corregía la postura con la misma paciencia y firmeza con la que un padre enseña a caminar, pero con la urgencia de quien sabe que un error en el campo de batalla es el último.
Max creció hasta convertirse en un joven imponente; su espada ahora parecía una
extensión de su propio brazo, moviéndose con una fuerza que Román había pulido hasta
hacerla precisa. Lucía, siempre ágil, perfecciono un estilo de combate que mezclaba las artes marciales con dagas, volviéndose casi invisible en el combate cercano.
Por otro lado, aunque yo era más pequeño, aprendí que ser el hijo de Román significaba
ver lo que otros ignoraban. Mis manos ya no temblaban al empuñar el metal; mis pies
encontraban el equilibrio antes de recibir el golpe. Pero mi verdadero entrenamiento no estaba solo en la fuerza de mis brazos. Román me enseñó poco a poco a leer la intención en los ojos de un oponente antes de que su arma se moviera.
Me pulió, obligándome a observar el mundo con una frialdad analítica que, a veces, me asustaba. Mientras Max y Lucía perfeccionaban letalidad en sus movimientos, yo perfeccionaba la anticipación. Román me miraba de una forma diferente a ellos; en su mirada veía una mezcla de orgullo y una sombra de algo que no sabría muy bien explicar. Sabía que no solo me estaba preparando para luchar, pero aún no entendía para que exactamente me estaba preparando.
Esa incertidumbre alimentaba una punzada amarga en mi pecho que no podía ignorar: la
envidia. Mientras observaba a Max hendir el aire y a Lucía moverse con agulidad, mi entrenamiento basado en la observación me
parecía pasivo, casi cobarde. Yo quería esa fuerza y esa velocidad explosiva que ellos tenían, en lugar de pasarme horas analizando la contracción de un musculo o el cambio en el peso de un pie.
Una noche, después de un entrenamiento especialmente frustrante donde sentí que me
quedaba atrás, Román me llamó a solas junto a las brasas de la hoguera.
— Te mueres por ser como ellos, ¿verdad, Alen? — me soltó sin preámbulos, leyendo mis pensamientos antes de que yo mismo los aceptara.
— Ellos son.. letales, Román — respondí con la voz cargada de amargura—. Yo solo
me dedico a mirar.
Román soltó ese resoplido suyo tan característico y me miró a los ojos haciéndome callar.
— Ellos pueden ser la tormenta, Alen, pero tú eres el aire que sabe por dónde va a soplar. Escúchame bien: una vez que aprendas a predecir con absoluta certeza, una vez que tus ojos vean el futuro un segundo antes de que ocurra, superaras por mucho a esos dos. La fuerza bruta tiene un límite; incluso una sombra puede ser detectada. Pero aquel que sabe lo que va a pasar antes que su enemigo, es quien realmente gobierna el campo de batalla. Y recuerda, eres más joven que ellos. Una vez que lo domines, siempre tienes tiempo de volverte más fuerte y rápido.
Fue ahí cuando entendí, que Román no me estaba dando un entrenamiento menor. Me
estaba dando el arma más peligrosa de todas.
El paso de las estaciones no solo endureció nuestros músculos, sino que transformo nuestra percepción del peligro. El tiempo fluyo como el río que dejamos atrás, y con cada luna, mi envidia se fue transformando en disciplina gélida. Ya no buscaba imitar la
potencia de Max; ahora disfrutaba del silencio que precedía a sus ataques, de esa milésima de segundo donde su intención se hacía trasparente ante mis ojos.
Román, siempre atento, notó el cambio. Observaba cómo yo esquivaba los golpes de
práctica con movimientos mínimos, casi perezosos, mientras Max terminaba agotado,
golpeando solo el aire que yo acababa de ocupar.
Una tarde, cuando el sol teñía el horizonte de un rojo sangre, Román se levantó de su asiento junto a la carreta y desenvainó dos espadas de madera pesadas.
— Ya es suficiente— dijo, lanzándome una espada a mí y la otra a Max. — Max, Alen… al centro.
Max sonrío con suficiencia, haciendo girar el arma de práctica con la facilidad que le daban sus años de entrenamiento. Para él, yo seguía siendo el hermano pequeño al que proteger; para mí, él era el primer gran enigma que iba a enfrentar.
— No te contengas, Max— ordenó Román con voz grave—. Si Alen ha aprendido algo de lo que le he enseñado, no deberías ser capaz de tocarlo.
Max miro a Román sin entender sus palabras, luego me devolvió la mirada y sonrió.
— Alen, no te golpeare demasiado.
Cargo con todas sus fuerzas. Y su espada descendió en un arco devastador que habría
roto cualquier bloqueo ordinario. No hacía falta ser un experto, para notar su fuerza. Pero yo no bloqueé. En el momento en que sus hombros se tensaron, supe que el golpe vendría desde arriba a la derecha. Simplemente pivoté sobre mi pie izquierdo, dejando que la madera de su arma pasara a centímetros de mi ropa.
— ¡Muévete, Alen! ¡Deja de bailar! — rugió Max, lanzando una estocada rápida.
Nuevamente lo vi antes de que ocurriera. Sus ojos se dilataron, indicando su siguiente objetivo. Desvié su espada con un toque casi imperceptible de mi propia arma, usando
su propia inercia para desequilibrarlo.
Editado: 09.07.2026