El viaje al norte fue una transición silenciosa. El verdor de las praderas pronto quedo atrás, dando paso a llanuras de piedra gris y caminos más transitados. Román, sentado en el pescante de la carreta, mantenía la vista en el horizonte, mientras nosotros tres caminábamos a los lados, sintiendo por primera vez el peso de la expectación.
Fue al mediodía del segundo día, cuando la vimos.
Desde lo alto de una colina, Zech se extendía ante nosotros como una joya de granito incrustada en el valle. A lo lejos, la ciudad imponía respeto: sus murallas eran de un gris ceniza, construidas en bloques de piedra colosales, coronadas con tejados de pizarra inclinados y chimeneas que exhalaban un humo denso. Era una mezcla arquitectónica extraña y fascinante; arcos de medio punto convivían con estructuras de hierro forjado que sostenían grandes faroles de vidrio.
— Ahí la tenéis— dijo Román, deteniendo a Manchitas—. Yo me quedaré aquí, a las afueras. Una carreta de comerciante y un hombre con mis… características, atraen demasiadas miradas innecesarias en los puestos de control. — dijo, mientras nos lanzó una pequeña bolsa fria de cuero que tintineo con el peso de las monedas. —Entrad vosotros. Id al mercado central y comprad lo que necesitéis. Recordad: ojos abiertos y boca cerrada. Nos vemos aquí al atardecer.
Cruzar las puertas de Zech fue como entrar en un organismo vivo. Si desde lejos la ciudad parecía fría y pétrea, por dentro era una explosión de contrastes. Zech era una ciudad bonita y vibrante. El color predominante seguía siendo el gris de sus calles adoquinadas, pero ese lienzo monocromático estaba cubierto por miles de telas y estandartes. Sedas de colores chillones—purpuras, amarillos intensos y verdes esmeralda— colgaban de balcón a balcón, cruzando las calles como puentes
suspendidos para dar sombra a los transeúntes.
La multitud era una marea ecléctica. Vimos ciudadanos vestidos con togas de lino fino,
caminando junto con trabajadores con gafas de protección y delantales de cuero para las
forjas. También había diferentes tipos de mercaderes con sombreros exóticos que discutían precios con viajeros de tierras lejanas que portaban diferentes tipos de pieles o materiales.
Cuando llegamos al mercado el aire estaba saturado de olores: especias, metal caliente
de las forjas y el aroma dulce de los puestos cercanos de fruta.
Los escaparates eran una maravilla tecnológica y artesanal. En una esquina podías ver una botica llena de frascos de cristal y en la siguiente una armería donde las espadas se exponían bajo focos que las hacían brillar.
Caminamos asombrados. Max no dejaba de mirar las empuñaduras grabadas de los mandobles expuestos, mientras Lucía se fijaba en las armaduras. Yo, por mi parte me sentía un poco abrumado. No estaba acostumbrado a tanto estimulo e involuntariamente no hacía nada más que predecir. En Zech, cada esquina, cada rostro, cada movimiento. Todo era una fuente de información que me sobrecargaba.
— No nos separemos — dije, tragando saliva ante el bullicio—Empecemos por la zona de los armeros.
Max sonrió, recuperando su tono sarcástico habitual.
— De acuerdo, Lord Alen, vamos a ver si en esta ciudad hay algo lo suficientemente fuerte y digno para mi brazo.
Me eche la mano a la cabeza y suspire…
Mientras avanzábamos por el distrito de los armeros, un estrepito de cajas rotas y un grito nos cortaron el paso. Lucía fue la primera en reaccionar, deslizándose hacia la entrada del callejón con Max pisándole los talones. Al asomarnos, vimos un grupo de cinco tipos acosando a una joven.
— ¡Ya te hemos dicho que en Zech todo tiene un impuesto, preciosa! — gruño el líder.
— Dejadla en paz— la voz de Max retumbo, profunda y calmada.
El líder soltó una carcajada y les hizo una señal a dos de sus hombres. Fue entonces cuando mis ojos comenzaron a trabajar. Vi la tensión en los hombros del primer matón y la daga oculta en la bota del segundo antes de que se moviera.
— Max, izquierda, golpe bajo. Lucia, por tu flanco, lleva una daga— instruí con
frialdad.
Fue una ejecución perfecta. Max ni siquiera parpadeo; simplemente bajo su centro de
gravedad y detuvo el brazo del matón con una mano, lanzando un puñetazo con la otra que lo mando directamente contra una pila de barriles. Lucia por su parte desapareció de
la vista del segundo agresor antes de que este pudiera reaccionar, apareciendo detrás de él y golpeó un nervio en su cuello que lo dejo de rodillas, desorientado. El líder enfurecido cargo hacia mí, pensando que yo era el eslabón débil. Error, vi la trayectoria antes de que la ejecutara. Me hice a un lado con un movimiento mínimo y aproveché su propio impulso para ponerle la zancadilla. Cayo de bruces, y antes de que pudiera levantarse le pise la espalda clavándolo en el suelo.
— ¡Largo! — sentencié.
El estrepito de la madera astillada aun vibraba en el aire del callejón cuando el silencio se apodero de la escena. El líder gemía bajo mi bota, con el rostro hundido en el polvo, mientras sus subordinados se replegaban con la mirada fija en Max y Lucía.
— Vete — dije, aflojando la presión lo justo para que pudiera gatear lejos de nosotros.
No esperaron una segunda invitación, recogieron a sus compañeros heridos y desaparecieron entre el bullicio de la calle principal mientras se gritaban y empujaban torpemente entre ellos. Me gire hacia la joven, que permanecía apoyada contra una pared, apretando una vara de seda esmeralda contra su pecho como si fuera un escudo.
Editado: 09.07.2026