Dejar atrás Zech no fue el evento ruidoso que esperaba. Y después de ese último recordatorio de Román, el ambiente se había cargado dejando sobre mí una sensación extraña, junto con el chirrido de las ruedas de madera sobre el suelo y el relincho de Manchitas que tiraba de la carreta.
Durante las primeras jornadas, el paisaje pasó por una transición lenta hacia verdes marchitos. Román apenas hablaba, concentrado en las riendas, mientras Manchitas trotaba con parsimonia. Cruzamos bosques de árboles anémicos y ríos, hasta que el aire empezó a cambiar.
Fue al décimo día cuando el mundo se rompió de verdad. Los árboles desaparecieron de golpe y ante nosotros se extendieron las Estepas de Valeria.
No era una llanura común. Era un océano de “filo de plata”, una hierba endurecida por los minerales del suelo que, a cualquier contacto, crujía como el cristal. Y el cielo, que se proyectaba por encima de la estepa, era de un azul cobalto tan eléctrico que dolía al mirarlo.
— Bienvenidos al filtro—dijo Román, deteniendo la carreta en el límite de la estepa y ajustándose el cuello del abrigo—. Aquí es donde la naturaleza comprobara si vuestra sangre es lo bastante espesa como para seguirme.
El escenario que teníamos antes los ojos era mágico, Max, Lucía y yo nos quedamos tan asombrados que teníamos la boca abierta.
A medida que nos internábamos en la inmensidad, el frío dejó de ser una sensación, era seco y penetraba incluso por mucho que nos abrigáramos. Parecía como si quisiera devorarnos.
A los pocos días, nuestras pestañas empezaron a cubrirse de escarcha blanca que se soldaba al parpadear. Incluso el aceite de los ejes de la carreta empezó a espesarse, obligando a Manchitas a realizar un mayor esfuerzo para avanzar.
— Si nos detenemos aquí, nos convertiremos en parte del paisaje— sentencio Román, con la barba blanca llena de carámbanos.
Pero el verdadero terror llegaba al ponerse el sol. La noche de Valeria no conocía la oscuridad total. El firmamento se encendía en una aurora boreal de luces violetas y verdes. Y, bajo este techo parpadeante, la temperatura caía hasta niveles insoportables. Incluso la madera de la carreta emitía chasquidos secos, al contraerse por el frio extremo.
Tras unos días de un frio que amenazaba con cristalizar nuestra propia sangre, el horizonte de Valeria nos regaló una anomalía. No era una montaña ni un refugio construido por el hombre, sino una cicatriz perfecta en la geometría de la llanura: un hundimiento circular, una rampa natural que se sumergía en las entrañas de la tierra.
Román, cuyos ojos apenas se veían tras una máscara de escarcha, tiró de las riendas con una firmeza renovada.
— Ahí— señaló, volviendo a tirar de las riendas con fuerza.
Manchita, redobló el esfuerzo y la carreta comenzó a descender por la rampa de tierra endurecida, alejándonos del viento cortante de la superficie y poco a poco del frio. A medida que bajábamos, el silencio de la estepa fue sustituido por un eco profundo. El “agujero” era lo suficientemente amplio como para que la carreta entrara sin rozar las paredes. Una vez dentro, a unos veinte metros bajo el nivel del suelo, el ambiente cambio de forma milagrosa.
Al cruzar el umbral de la cámara principal, la oscuridad desapareció. La cueva no necesitaba antorchas ni lámparas. Las paredes, compuestas por vetas de un mineral translúcido que Román llamó “Lágrimas de Plata”, emitían una luminiscencia suave y constante. No era una luz cálida, sino un azul eléctrico y profundo que bañaba todo el lugar.
El silencio aquí abajo era absoluto, roto solo por el goteo rítmico de agua que, al caer sobre el suelo mineral, provocaba pequeños destellos cian. El aire, aunque frio, carecía de la mordedura letal de la estepa; era frio, pero permitía que los pulmones se expandieran sin dolor por primera vez en días.
Román, tras asegurar a Manchitas en un rincón de la cueva donde el suelo era más cálido, se giró hacia nosotros con la parsimonia de quien ha hecho esto mil veces.
— No os quedéis ahí pasmados con la boca abierta. El azul es bonito, pero no llena el estómago. — gruño, aunque sus ojos ya no tenían el brillo severo de estos días—. Montad el campamento. Max, saca las mantas y revisa los ejes. Alen y Lucía, despejad el centro de la cámara. — sentencio Román.
Mientras nosotros nos movíamos aun con la rigidez de quienes tienen el hielo de la estepa metido hasta en las articulaciones, Román comenzó a descargar varios fardos pesados que estaban ocultos bajo la lona trasera de la carreta. No recordábamos haberlos visto antes, pero justo antes de preguntar y con un movimiento seco, desato los nudos y dejo caer sobre una piedra lisa una selección de provisiones que nos hizo salivar al instante: carne ahumada, hogazas de pan que aún conservaban el aroma a hornos de Zech, y una pequeña garrafa de barro sellada.
— ¿Cuándo compraste todo esto? — pregunto Lucía, asombrada. En Zech apenas habíamos tenido tiempo para nuestras propias armas y ropa.
Román esbozo una media sonrisa, casi imperceptible bajo su barba cana, mientras cortaba una loncha de carne con un cuchillo.
— Mientras vosotros estabais ocupados descubriendo Zech, yo me aseguraba de que no murieras de hambre— respondió, lanzándole un trozo de pan a Max—. No iba a dejaros tan solos en vuestra primera “incursión” comercial.
Editado: 09.07.2026