La Torre Santa

CAPITULO 5

Cuando finalmente dejamos atrás Valeria, el espectáculo fue sobrecogedor y antinatural.
Si ya la estepa nos había dejado con la boca abierta la primera vez que la vimos, no podía ni pensar en que cara estábamos poniendo ahora mismo.

Desde la distancia se podía apreciar en su plenitud Oskur. No eran montañas comunes;
al mirar aquel horizonte, tenías la sensación de que, un gigante hubiera pasado por allí con una guadaña. Lo que veíamos eran estructuras colosales, masas de roca perfectamente verticales que se elevaban como pilares que sujetaban el mundo. Algunos cilíndricos, otros con aristas más hexagonales, pero todos compartían una característica que desafiaba la lógica: sus cimas eran completamente planas y había una separación clara entre cada una de ellas. Estaban lo suficientemente cerca para que el ojo humano percibiera los abismos que las dividían, pero lo suficientemente separadas para entender que cada una era independiente.

La visión desafiaba cualquier lógica y como era de esperar, Román comenzó a reírse de
nosotros al fijarse en nuestras caras.

— ¿Que os parece nuestro próximo destino? —. Pregunto Román mientras arreaba a Manchitas. — Esas cumbres planas que veis sostienen el verdadero corazón de esas montañas. Arriba se asientan los pueblos mineros de Oskur, se dividen por distritos y cada uno trabaja en una cumbre diferente horadando la piedra para extraer lo que el mundo desea.

No respondimos, estábamos completamente mudos. Desde nuestra posición, los pilares
parecían estar al alcance de la mano debido a su tamaño tan desproporcionado, pero Román sabia claramente que era un espejismo. Entre nosotros y la base de aquellos gigantes se extendía una mancha de color verde intenso que empezaba a devorar la llanura.

— Disfrutad de la vista ahora— advirtió mientras se reía Román. — Espero que no os molesten los espacios cerrados. En cuanto bajemos de esa loma, los árboles nos robaran el cielo y no volveréis a ver esas cumbres hasta que estéis tan cerca de ellas que os duela el cuello de mirar hacia arriba.

La carreta comenzó a descender lentamente, alejándose del mundo abierto para sumergirse en un mar de vegetación que seguía hasta el pie de los gigantes y en cuestión de horas, el cielo desapareció.

La entrada fue como ser tragados por una bestia viva, Los árboles, con troncos tan anchos que hacían parecer a Manchitas un insecto, se cerraron sobre nosotros con una violencia silenciosa. Sus ramas, cargadas de musgo y lianas, se entrelazaron formando un techo natural tan denso que la luz del sol no podía pasar.

El aire cambio de golpe, del frio agonizante de la estepa a una humedad pegajosa que se adhería a la piel.

— No os separéis de la carreta— ordeno Román—. Si salimos del camino, será muy difícil que encontremos la salida.

El camino se convirtió en un túnel asfixiante. Las paredes de la selva estaban tan cerca que las hojas gigantes golpeaban los costados de la carreta. No había horizonte, ni puntos de referencia, ni viento, Solo el zumbido constante de los insectos y el crujido de las ramas bajo la carreta.

Max, que siempre necesitaba espacio para moverse, empezó a removerse inquieto en su
asiento. Pero el follaje era tan tupido que no podíamos ver más allá de unos metros.

— Paciencia — dijo Román—. Y respirad tranquilos, tenéis que verlo como lo que es. Entrenamiento.

Esas fueron las últimas palabras en todo el camino mientras avanzábamos por esa garganta vegetal que parecía no tener fin.

Aquel encierro de ramas y humedad termino de forma abrupta cuando el suelo de tierra
se transformó en piedra lisa, y una neblina blanca empezó a filtrarse entre los últimos troncos, borrando los colores de la selva y obligando a Román a detener la marcha un
instante.

El aire que hasta ahora había sido una sopa estancada, se volvió fresco y puro, aclarando
poco a poco la visibilidad.

— Ya hemos llegado— dijo Román en un susurro, soltando las riendas.

Al salir de la neblina, el impacto fue físico. Ya no veíamos la silueta de la montaña a lo lejos.

Frente a nosotros no había un paisaje, sino una pared. Una mole de piedra oscura que se extendía a izquierda y derecha hasta donde alcanzaba la vista.

Las Cumbres se perdían en un mar de nubes blancas kilómetros arriba. Las inmensas rampas talladas en la roca zigzagueaban sobre nuestras cabezas. Estábamos tan cerca que la magnitud de Oskur nos hacía sentir como hormigas a los pies de un titán.

— Un año de camino para llegar a la base — murmuro Max, forzando la vista hacia arriba hasta que tuvo que apartarla por el mareo—. ¿Cómo demonios vamos a subir eso con la carreta?
— Con paciencia y sangre, Max. Bienvenidos a las raíces de Oskur.

Román dio la orden de avanzar y por unos segundos Manchitas se mostró reacio mientras miraba el coloso de piedra que tenía delante. Terminó cediendo ante el chasquido de las riendas y así comenzó nuestra subida.

En cuanto las ruedas de la carreta tocaron la rampa de piedra que serpenteaba hacia arriba, me bajé para aliviar el peso del animal y, al apoyar la mano en la pared de roca para guardar el equilibrio al saltar de la carreta, solté un bufido de sorpresa.

— Está caliente — dije, dejando la palma pegada a la superficie oscura.



#1081 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, destino, aventura

Editado: 09.07.2026

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