La orden de Román seguía resonando en nuestros oídos mientras nos alejábamos de la
plataforma de observación. Max fue el primero en detenerse, mirando el abismo y luego su propia ropa.
— No podemos bajar así— dijo, señalándose a sí mismo— Román dijo que el calor nos freiría los nervios. Necesitamos lo que usan ellos.
Señalo un grupo de mineros que pasaba cerca, dirigiéndose a los montacargas. Iban embutidos en trajes pesados de lona encerada, reforzados con metal oscuro y mate que formaban intrincados patrones hexagonales. También llevaban botas de suela negra y gafas de cristal ahumado como las que habíamos visto con anterioridad.
— La tienda de suministros — dijo Lucía, localizando un edificio bajo y robusto
hecho de hierro remachado, justo en el borde del cráter, con un cartel que decía: “SUMINISTROS MINEROS CÚSPIDE – SOLO AUTORIZADOS” —. Si hay un lugar donde conseguir equipo, es ahí.
Entramos en la tienda. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de herramientas de perforación, bobinas de cable de cobre en el centro y maniquís exhibiendo los trajes de protección. En el fondo, un dependiente bajito y calvo, con una cicatriz de quemadura en la mejilla, nos miró con dificultad por encima del mostrador.
— ¿Qué queréis, chicos? — preguntó, con voz rasposa— ¿Buscabais recuerdos de la Cúspide? Los llaveros de Kórdun falso están en la caja.
Max se volvió a adelantar, poniendo una mano sobre el mostrador.
— Necesitamos equipo de protección. Tres trajes completos. Con disipadores, botas
y gafas.
El dependiente soltó una carcajada seca, que sonó como dos piedras frotándose. Se
colocó unas gafas que tenía encima del mostrador y nos miró fijamente.
— ¿Trajes de protección? ¿Para vosotros? ¿Y los queréis de Grado I, ¿no? Chicos,
¿Que sois?, ¿Mineros del flujo de pureza? Entiendo que necesitáis trajes diseñados para disipar la energía y el calor del mismísimo infierno.
— Exactamente lo que necesitamos— dijo Lucía, golpeando el mostrador y manteniéndole la mirada.
El dependiente se echó a reír, volviéndose hacia un armario cerrado con llave detrás del
mostrador.
— Escuchad. Me encantaría poder quedarme vuestro dinero, de verdad. Pero las normas son las normas. Y, el equipo de protección solo se vende a mineros con identificación autorizada. Así que, a menos que tengáis vuestras tarjetas de identificación de la Unión de Mineros de Flujo…— hizo una pausa, esperanzado—, me temo que lo único que os puedo vender son unas botas de Grado III, que os aguantaran quizás diez minutos antes de que la suela se vuelva chicle. — Se cruzo de brazos, esperando nuestra respuesta —.
— No tenemos identificación — admitió Lucía, dando un paso atrás y fingiendo
derrota mientras recorría la tienda con la mirada—. Supongo que nos conformaremos con las botas de Grado III y rezaremos a la montaña.
El dependiente asintió, dándonos la espalda para buscar el calzado barato en el almacén.
En ese instante, Max me dió un codazo sutil. En una mesa al fondo, junto a una estufa,
un minero veterano roncaba ruidosamente con una jarra vacía de licor a su lado. De su
cinturón colgaba un manojo de tarjetas de cobre grabadas: identificaciones de grupo.
— Alen, la ventana— susurró Max.
Entendí el plan de inmediato. Me acerqué a la ventana trasera, que daba directamente al
abismo del cráter, y solté uno de los enganches metálicos. El viento racheado de la
Cúspide entro de golpe, tirando varias cajas de clavos de latón y provocando un estrepito metálico que hizo que el dependiente soltara una maldición desde el almacén.
— ¡Eh!! Cerrad eso! — grito el hombre saliendo a toda prisa.
Mientras el dependiente luchaba contra el viento para cerrar la pesada hoja de hierro,
Lucía se deslizo como un gato hacia el minero dormido. Con dedos expertos, desengancho tres tarjetas de cobre sin que el hombre siquiera variara el tono de sus ronquidos. Volviendo a nuestro lado justo cuando el dependiente lograba echar el cerrojo, sofocado y rojo de la ira.
— ¡Maldito clima de la Cúspide! — gruño el tendero—. Aquí tenéis vuestras malditas botas de Grado III. Son diez créditos de Oskur.
Max saco la bolsa de monedas, y con descaro, coloco un Níveo sobre su pulgar y lo lanzo al aire haciéndolo que girase. El tendero que claramente vio todo esto trago saliva mientras seguía el Níveo con la mirada, que al caer fue atrapado por Max y justo cuando lo iba a dejar sobre el mostrador y el tendero ya se frotaba las manos, Lucía intervino:
— ¡Vaya! — exclamo con una actuación perfecta— Se le deben haber caído a ese
señor de ahí. Oh, espera…— miro las tarjetas con fingida sorpresa—. ¿Son estas las identificaciones que decías? Qué suerte, parece que son pases de grupo para
“contratas externas”.
El dependiente palideció. Miro al minero dormido, luego a las tarjetas y finalmente a
nosotros. Sabía perfectamente lo que estaba pasando, pero el brillo del Níveo lo dejó
completamente ciego de codicia.
— Escuchad, mocosos… — susurro el dependiente, acercando tres cajas pesadas de
debajo del mostrador—. Si alguien pregunta, estas tarjetas las traíais puestas. No quiero saber vuestros nombres. Llevaos los trajes de Grado I, las gafas y las botas y salid de mi tienda antes de que el viejo despierte. Pero dejad esa moneda aquí.
Salimos de la tienda cargando con el equipo y nos escondimos detrás de unos depósitos
para vestirnos.
El traje era una malla pesada, fría al tacto pero que se calentaba al contacto con la piel.
Las fibras metálicas tejidas vibraban suavemente, diseñadas para disipar y repeler la carga estática del Kórdun. Las botas pesaban como el plomo, pero su suela negra era de un compuesto sintético que no se derretía ni a 500ºC. Y las gafas, al ponérmelas el mundo se volvió de un tono verdoso oscuro, filtrando el resplandor desde el abismo y
haciendo que pudiésemos ver las vetas de mineral sin problema.
Editado: 09.07.2026