De una grieta lateral surgió una figura encorvada, envuelta en un traje de mineroremendado mil veces y cubierto de grasa negra, Llevaba una lámpara de Kórdun queoscilaba violentamente.
— ¡¿QUÉ NARICES ESTAIS HACIENDO AQUÍ?!— rugió el hombre, abalanzándose sobre nosotros y empujándonos con una fuerza inesperada hacia un pequeño recoveco en la roca —. ¡EL VAPOR SE FILTRA POR LASGRIETAS DE VENTILACION! ¡VAMOS, MOVED EL CULO SI NO QUEREIS SER SOPA DE MINERO!
Le seguimos a ciegas por un pasadizo, mientras el rugido se transformaba en un silbido agudo y mortal. El calor subió cincuenta grados en unos segundos y llegamos al final del corredor, donde el minero tiró de una palanca medio derretida y una compuerta circular de plomo empezó a cerrarse lentamente.
Justo cuando la puerta encajaba en su sitio, el Respiro alcanzó los túneles antiguos por los que habíamos estado dando vueltas. Un estruendo brutal sacudió la compuerta, que empezó a vibrar con tanta violencia que parecía que los remaches saltarían en cualquier momento.
El minero se dejó caer contra la pared, jadeando, mientras el metal de la puertaempezaba a ponerse al rojo vivo por el impacto térmico. Se quitó la máscara, revelando un rostro surcado de arrugas y una barba gris descuidada. Sus ojos ardían de furia.
— ¡Estáis locos! — nos gritó, señalándonos con un dedo tembloroso—. ¡Entrar en las minas antiguas durante el flujo de presión sin tener ni un maldito mapa! ¿Es que queréis morir? Este sector está lleno de chimeneas naturales conectadas al cráter central. Diez segundos más y vuestros trajes habrían sido vuestro ataúd.
Se puso de pie, escupiendo al suelo y nos miró de arriba abajo con desprecio.
— ¿Quién os ha mandado aquí abajo? ¿El gobernador? ¿O sois otros suicidas buscando haceros ricos? — hizo una pausa, mirando nuestras caras juveniles—. Hablad de una vez, porque si os he salvado es para que me deis una buena razón para no entregaros ahora mismo a la Guardia.
El viejo minero nos volvió a observar con una mezcla de lastima y codicia en sus ojosamarillentos. Se presentó como Vargas un “fantasma de las vetas” que llevaba añosviviendo en los recovecos olvidados de la montaña, alimentándose de lo que robaba alos suministros.
— Nadie baja al Flujo de Pureza por deporte — masculló Vargas, hablándose parasí mismo y apoyándose en una tubería que aun vibraba por el paso del Respiro— . Y menos tres críos con equipo robado. ¿Qué? ¿Creíais que no lo sabría? Queréis el Kórdun de Grado I, ¿verdad?
Max asintió, tratando de recuperar el aliento.
— Conoces un atajo — dijo Max—. Has dicho que este sector está lleno de chimeneas.
Vargas soltó una carcajada que terminó con una tos seca.
— Conozco un paso que os deja en la mismísima garganta del cráter inferior pordebajo de los controles de los guardias. Un túnel de ventilación natural que la ciudad olvidó antes de que vuestro padre naciera. Os ahorraría tres horas de camino y dos controles de seguridad… Pero en esta vida nada es gratis…
El eremita se acercó a nosotros, y el olor a metal rancio de su traje nos hizo retroceder.
Señaló el equipo de Max.
— Ese traje de Grado I es nuevo. Pero lo que yo quiero es vuestro filtro de oxígeno de repuesto y esa brújula de presión que lleva la chica en el cinturón. Mi equipo se cae a pedazos y el aire aquí abajo se está volviendo ácido. Si queréis que os abra la puerta al atajo, me daréis esas piezas. Sin ellas, mi vida aquí durará un
mes más. Sin mi mapa, la vuestra durará diez minutos.
Lucía apretó con fuerza la brújula colgada de su cinturón.
Vargas soltó una carcajada y se comenzó a desabrochar el cuello del traje andrajoso, revelando una red de cicatrices violáceas que le subían por la garganta.
— Escucha, niña. En la academia enseñan que el calor mata, pero se olvidan del vacío. Las bombas de succión de la Cúspide extraen un gas del Kórdun del Flujo Pureza y lo hacen a tal velocidad que crean burbujas de presión negativa. Si entras en una, el aire de tus pulmones sale disparado hacia fuera. No puedes inhalar, no puedes gritar.
El viejo señalo las brújulas idénticas en mi cinturón y en el de Max con su dedo mugroso.
— Tú tienes una, el chico grande tiene otra y ese flacucho la suya. Tres brújulas para un solo camino es un lujo que no todos se pueden permitir. Mi equipo está viejo y yo ya no soy lo que era. Dadme una y el filtro de oxígeno de repuesto. Total, no creo que vayáis a quedaros mucho por aquí. Estad tranquilos si vais juntos, es más que suficiente.
Lucía intercambio una mirada con Max, quien asintió levemente. Con un suspiro, desengancho la brújula y el cartucho de filtro de repuesto, entregándoselos. Vargas los recibió como si fueran un tesoro, guardando el filtro en su traje y colocando la brújula en su cinturón con sus manos temblorosas.
— ¡BUENO! Un trato es un trato— dijo Vargas, rompiendo el clima extraño que se había creado con un aplauso. Ignorando el calor que todavía emanaba de la puerta de plomo, activo la palanca, y se adelantó a salir del agujero en el que estábamos metidos girando a mano derecha.
— Por aquí — indico. Nada más caminar unos cien metros, llegamos a una zona más amplia.
— ¿Y bien? — pregunto Max, mirando las paredes desnudas—. ¿dónde está ese atajo?
Vargas no respondió. Se dejo caer de rodillas y empezó a gatear por el suelo como un sabueso desorientado.
— ¡Estaba… por aquí… o quizás por allá— murmuraba el viejo, barriendo el suelo con las manos y lanzando trozos de piedra suelta por encima de su hombro—¡Maldita sea! La última vez se veía por la marca… ¡Ah! Tenía forma de rata. ¿Dónde está mi rata?
Empezó a dar vueltas en círculos sobre sus rodillas, olfateando el aire y golpeando el suelo con el puño. En un momento dado, se detuvo frente a una pila de escombros, y comenzó a escarbar con las dos manos mientras gritaba: “¡Sé que estás ahí, desgraciada! ¡No me hagas quedar mal delante de estos turistas!”.
Editado: 09.07.2026