La Torre Santa

CAPITULO 7

Desde una plataforma superior de la Cúspide, el viento soplaba con una pureza que no habíamos podido sentir en días. Frente a nosotros, anclado a una torre de amarre de cristal, Flotaba el “Aurelius”, la fragata de la Guardia Blanca.

Era una maravilla de ingeniería. Su casco, largo y estilizado. Estaba construido con placas de metal blanco. Tres enormes anillos de Kórdun giraban alrededor del fuselaje, creando un zumbido armónico que mantenía la nave a flote mediante levitación magnética. En la parte superior se desplegaban estabilizadores de energía y velas de un azul eléctrico creadas por el propio flujo del Kórdun. Rematándolo todo con torretas de pulso distribuidas por toda la nave, que le daban esa aura tan imponente que irradiaba. Vimos a Vargas junto con su hija Aira esperando para poder subir. Él nos vio y nos saludó mientras le daban paso.

— Ahí está nuestro transporte — dijo Max con un suspiro de alivio, ajustándose las correas de su mochila mientras observaba cómo Vargas entraba y el Aurelius empezaba a prepararse para zarpar. — Ya me imagino viendo la Torre Santa desde esas ventanas de cristal.

Román que estaba revisando su viejo mapa, levantó la vista lentamente y señalo hacia el borde de la plataforma, donde la “costilla del gigante” comenzaba a descender.

— El Aurelius va a la Ciudad Blanca y nosotros vamos a las Ruinas de Aethel. Y
ese camino solo tiene una dirección; abajo.
— ¿Me estás diciendo que después de robar un Ámbar, pelear con un Xilófago, salir de aquel agujero y destapar al Gobernador, vamos a bajar esa cuesta a pie? — preguntó Max, incrédulo, mirando el abismo.
— El ejercicio es bueno para la humildad — respondió Román, empezando a arrear a Manchitas hacia la rampa.

Lucía soltó una carcajada cansada y le dio una palmada en el hombro a un Max derrotado que comenzó a caminar detrás de la carreta.

— Míralo por el lado bueno, Max: al menos no hay vapor quemándonos el trasero.
— Y tú, Alen. ¿Cuándo diablos te has subido a la carreta? — despotricó Max— bájate ahora mismo.

Lo mire fijamente por unos segundos, y lo ignore completamente poniéndome a hablar con Román.

— Todo tuyo Lucía— le dije, mientras a ella se le giraban los ojos de la indignación.

El descenso de Oskur nos tomó tres días. Y, a medida que nos alejábamos, el paisaje comenzaba a cambiar a un verde enfermo, donde la vegetación intentaba reclamar las estructuras metálicas abandonadas.

Tras horas de marcha por senderos de piedra desmoronada, el horizonte se abrió para revelarnos nuestro destino. Las Ruinas de Aethel, lo que antaño fue una de las metrópolis más gloriosas de la Antigua Era, ahora se había convertido en un laberinto de columnas de mármol caídas, arcos devorados por enredaderas de color violeta y edificios olvidados que se alzaban hacia el cielo.

En la distancia, se podía apreciar destacando sobre el resto de la ciudad muerta, el Antiguo Anfiteatro. Una estructura colosal de piedra, un semicírculo perfecto que desafiaba el paso de los siglos, tan grande que parecía una montaña tallada por la mano del hombre y que antaño fue lo que catalogó como gloriosa a esta ciudad.

Nos detuvimos en la entrada principal, donde dos estatuas sin cabeza custodiaban un arco de medio punto y Román se giró hacia nosotros.

— Yo no entraré con vosotros — soltó de golpe.
— ¿Qué? ¿Por qué? — preguntó Lucía, poniéndose en guardia.
— Rodearé el sendero exterior y esperaré en la salida— explico Román con voz
tranquila—. Tenéis que atravesar las ruinas solos. Cruzad el sector central y buscad el paso del norte. Esta vez no tenéis un tiempo límite, pero escuchad bien; Aethel no está muerta del todo. Es un lugar peligroso. No os detengáis demasiado y, sobre todo, no toquéis nada. Sin esperar nuestra respuesta, Román y Manchitas desaparecieron entre los árboles en cuestión de segundos. Nos quedamos solos frente a las fauces de la metrópolis antigua.

— Genial— masculló Max, sacando su espada— Teníamos que habernos subido al
Aurelius…

Entramos en las Ruinas bajo un sol pálido que apenas lograba atravesar la densa vegetación que devoraba los edificios. El silencio era pesado, solo roto por el crujido de nuestras botas contra el suelo agrietado y el susurro del viento entre los esqueletos de acero.

— Se que igual no es el momento, pero. ¿Visteis la cara del Inspector? — susurré, rompiendo el silencio sepulcral—. En cuanto Román le enseñó esa… cosa, su postura cambió casi a la de un sirviente que lo veneraba.
— Y como trató a todo el mundo…— añadió Lucía, apartando una enredadera
espinosa con sus dagas—. El Gobernador, que trataba a todo el mundo como basura, se quedó mudo solo con un gesto.

Max se detuvo un segundo, mirando hacia atrás.

— Nos dijo que era un simple mentor, un maestro, un guía para la Torre— dijo Max
en voz baja, con el ceño fruncido—. Nos salvó, nos está enseñando y lo consideramos como si fuese nuestro propio padre. Pero no creo que un cualquiera pueda hacer que la Guardia Blanca se arrodille y mucho menos un
Inspector. ¿Y si nos ha estado engañando desde el principio?
— Quizás es un noble exiliado— especulé—. O un alto cargo de la Ciudad Blanca. Sea lo que sea, aunque nos esté ocultando quien es realmente. No creo que sea nada malo.
— No estoy de acuerdo, no me está gustando como nos está tratando últimamente y cada vez nos pone en situaciones de mayor peligro — dijo Max, volviendo a ponerse en cabeza.



#1081 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, destino, aventura

Editado: 09.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.