La Torre Santa

CAPITULO 8

El traqueteo de la carreta era el único sonido que rompía el pesado silencio del camino hacia el noreste. Atrás quedaban las columnas derruidas de Aethel, pero el ambiente dentro del grupo estaba más tenso que nunca. Román, sentado al frente, azuzaba a Manchitas con una indiferencia que encendía la sangre a Max.

- No puedo creer que sigamos sentados aquí, como si no hubiera pasado nada— soltó Max de pronto, rompiendo el hielo con una voz ronca por la indignación. Se acarició el vendaje del brazo, donde el ungüento de Román aún escocía—. Nos está usando. Usó a Elora como cebo. ¿Y se supone que debemos darle las gracias por la “lección”?

Lucía, que estaba sentada frente a él afilando sus dagas como de costumbre con movimientos mecánicos, levanto la vista. Sus ojos, antes llenos de ira, ahora mostraban una fatiga profunda.

- Fue cruel, Max. No hay otra forma de decirlo— admitió ella, mirando de reojo a una Elora que temblaba bajo una manta —. Entiendo que la Torre sea peligrosa, pero hay límites. Aun así…— hizo una pausa, suspirando— Román sabe cosas que nosotros no. Sin él, estaríamos muertos hace mucho tiempo. Estoy contigo, Max, pero no sé si podemos permitirnos dejarlo, creo que podemos darle otra oportunidad.

- ¡Eso es lo que él quiere que pienses! — replicó Max, volviéndose hacia mí—. ¿Y tú Alen? ¿Vas a seguir callado? ¿Vas a defender esto tú también?

Me ajusté la manga del abrigo, sintiendo el frío contacto del Brazal oculto contra mi piel.

- No defiendo sus métodos, Max. — dije con calma, intentando que mi voz no flaqueara—. Pero míranos, estamos vivos. Elora está a salvo. Román es… difícil, pero nos está preparando para el mundo. Si nos hubiera avisado, no habríamos reaccionado de la misma manera.

- ¡Aprendimos que él es peligroso! — sentenció Max, dándole un puñetazo al borde de la madera de la carreta.

Elora, que había permanecido en silencio, intervino con voz quebrada.

- Solo quiero volver a casa… a Zech. Mi padre debe de estar volviéndose loco.

- No vamos a dejarte sola ahora— intervino Lucía, suavizando el tono—. En Luvia buscaremos refugio y pensaremos cómo enviarte de vuelta. No te dejaremos hasta que estes segura.

A medida que nos acercamos a Luvia, el aire se volvió denso, como una sopa de humedad que se pegaba a la ropa y nos calaba hasta los huesos. No llovía, pero la niebla era tan espesa que apenas permitía ver unos metros de distancia. Luvia apareció ante nosotros como un espectro de metal y piedra.

Era una ciudad extraña. Todo en ella brillaba con un tinte anaranjado; el óxido devoraba las barandillas, las tuberías y cualquier metal que no hubiera sido tratado con el aceite especial de los artesanos locales que combatía la corrosión. Sin embargo, al llegar al corazón de la urbe, el paisaje cambió drásticamente. Ante nosotros estaba el núcleo de Luvia: una gigantesca burbuja de energía pura, un microclima generado por enormes pilares de Kórdun que zumbaban con una frecuencia rítmica. Esta capa protectora repelía la niebla, creando un domo de aire seco y limpio donde se concentraban los mercados y las posadas.

En ese mismo momento Román que había estado todo el viaje en silencio, hablo:

- Bienvenidos a los Mercados de Luvia.

Ninguno de nosotros le contesto, no estábamos de humor como para hacer que nada había pasado. Y Román lo sabía perfectamente.

Nos instalamos en una posada llamada “EL ENGRANAJE COBRIZO”. El interior era cálido, pero aun así el olor a aceite era omnipresente. Román sin mediar palabra, pagó las habitaciones y se retiró a un rincón a hablar con el posadero, dejándonos a nuestra suerte.

- Salgamos de aquí — propuso Max—. Necesito alejarme de Román. Y tenemos que comprar suministros para todos.

Caminamos por la zona de los mercados, disfrutando del aire seco, pero cometimos el error de acercarnos demasiado a los límites del microclima, donde los callejones se volvían oscuros. De repente, de entre los jirones de niebla que se filtraban por las zonas bajas del domo, emergieron diez figuras.

Al frente, con una cicatriz fresca en la mejilla, estaba el carroñero que había huido en Aethel.

- Os dije que no estarían lejos — siseó el superviviente, señalándonos con un dedo tembloroso — ¡Esta vez no hay sorpresas! ¡Matadlos, pero la chica es mía!

La batalla fue rápida y violenta. Max derribó a dos de un solo golpe con su mandoble, mientras Lucía se movía como el rayo, hundiendo sus dagas en los cuellos de los asaltantes. Yo me mantuve cerca de Elora, protegiéndola de las flechas que se escapaban hacia ella. Al ver que el líder caía finalmente bajo el acero de Lucía, los pocos que quedaban se dispersaron hacia la niebla.

- ¡Serán ratas! — gritó Lucía— ¿Cuánto tiempo vamos a tener que seguir así?

- ¡Cobardes! — gritó Max.

No quise decir nada, sabíamos perfectamente que esas basuras nos iban a estar acechando hasta que acabáramos con todos, eran como hienas.

Regresamos a la posada y Román ya nos estaba esperando sentado junto a una chimenea, fumando con parsimonia.

- Ya está arreglado— dijo al vernos entrar —. Elora, escribe una carta para tu padre. He hablado con un viejo amigo, un comerciante que sale mañana hacia el sur. Él se encargará de que llegues a Zech sana y salva.



#1781 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, destino, aventura

Editado: 27.07.2026

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