La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 1 —LA TORMENTA EN LOS OJOS

La lluvia caía como un látigo de agua negra sobre los caminos de tierra que bordeaban "La Estancia". El lodo amenazaba con tragarse los neumáticos de la enorme camioneta todo terreno de Caleb Sterling, pero él conducía con una calma gélida, con las manos firmes sobre el volante. Su rostro, de facciones duras y mandíbula perfectamente cuadrada, reflejaba la amargura que se había convertido en su segunda piel desde hacía cinco años.

​A sus veintiocho años, Caleb era el terrateniente más próspero y respetado del pueblo, un hombre que vestía la rudeza del campo en sus camisas de mezclilla y su sombrero oscuro, y cuya fuerza física solo era igualada por el hermetismo de su carácter. Las mangas enrolladas de su camisa dejaban ver la tinta oscura e intrincada de sus brazos, el único rastro de rebeldía en un hombre que, por lo demás, se regía por un estricto código de honor. Un código que, irónicamente, lo estaba ahogando.

​Su madre, la implacable doña Leonor, lo había criado con mano de hierro tras quedar viuda, y ahora usaba esa misma firmeza para exigirle que cumpliera con lo que ella llamaba "el orden natural": casarse con Viviana Alvarenga.

​Caleb apretó el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Viviana había regresado de la ciudad hacía un mes, vistiendo vestidos caros y portando esa mirada de oveja inocente con la que tenía encantado al pueblo y a su madre. Nadie sabía la verdad. Nadie sabía que, cinco años atrás, Viviana lo había abandonado, escupiéndole en la cara que jamás se quedaría en el fango con un maldito vaquero cuando podía tener a un hombre mejor y con dinero en la capital. Caleb, por pura caballerosidad y para no destruir el honor de la familia Alvarenga, se había tragado la humillación sin decirle una palabra a nadie. Andando el tiempo, Viviana usaba ese silencio para arrastrarlo al altar con la ayuda de doña Leonor.

​Un relámpago cruzó el cielo, iluminando la carretera vieja, y Caleb clavó la vista al frente. A unos cien metros, completamente volcado en la cuneta y con las llantas hacia el cielo, había un auto compacto de la ciudad. El motor desprendía un siseo de humo bajo el diluvio.

​Caleb frenó en seco.

​—¡Felipe! —le gritó a su capataz, quien viajaba en el asiento del copiloto—. Quédate en la camioneta y prepara las mantas. Se dio vuelta un auto.

​Sin esperar respuesta, Caleb bajó a la tormenta. El agua le empapó el sombrero de inmediato, pero él avanzó a pasos rápidos hasta el coche volcado. Al asomarse por la ventana rota, el aire se le atoró en los pulmones. Atrapada por el cinturón de seguridad, colgada boca abajo e inconsciente, había una mujer. Una mujer cuya belleza refinada y delicada parecía sacada de una pintura. Tenía el cabello oscuro empapado, pegado a sus mejillas pálidas, y unas facciones tan perfectas que Caleb se quedó inmóvil por un segundo. Parecía una muñeca de porcelana rota en mitad del barro del desierto.

​Con la fuerza bruta de sus brazos, Caleb forzó la portezuela doblada del auto volcado hasta que los fierros cedieron. Cortó el cinturón con su navaja de campo y, sosteniendo su peso con cuidado para que no se golpeara, la sacó con delicadeza del vehículo destruido. La pegó contra su pecho ancho, protegiéndola de la lluvia torrencial mientras caminaba a zancadas de regreso a la todo terreno. Olía a un perfume caro, a flores de la ciudad y a peligro.

​—¡Felipe, saca sus maletas del maletero! —ordered Caleb con voz de trueno mientras subía a la cabina—. ¡Muévete!

​El capataz obedeció a toda prisa, subiendo el equipaje a la parte trasera mientras se colocaba al volante. Caleb se acomodó en el asiento de atrás, manteniendo el cuerpo inconsciente de la mujer de la ciudad en sus brazos. La envolvió en una manta rústica. La joven se sentía tan liviana, tan frágil, que el vaquero contuvo la respiración durante todo el trayecto. Sus manos callosas sostían su cintura con una firmeza posesiva que nació de la nada. Sostenerla le provocó un vuelco extraño en el estómago, una sacudida que no había sentido en años. Sin embargo, se obligó a endurecer el gesto. Una mujer de la ciudad, refinada y de seda, jamás miraría a un hombre de campo como él. Su belleza era solo una distracción.

​Llegaron al casco principal de "La Estancia" en diez minutos. La hacienda era imponente, de paredes blancas y tejas coloniales. Caleb bajó con la joven en brazos, subiendo las escaleras del porche a zancadas. Por suerte, las luces de la sala estaban encendidas y el olor a café recién hecho inundaba el pasillo.

​A esa hora, como cada noche, el doctor Lucas Méndez ya estaba allí. Lucas era el médico del pueblo, el único amigo real de Caleb y el único hombre que conocía la verdad sobre la amargura del vaquero. Además, la suerte estaba de su lado: doña Leonor se había marchado de visita a casa de su tía en el pueblo vecino y no volvería en un par de días.

​—¿Pero qué demonios...? —Lucas se puso en pie de un salto, dejando su taza de café en la mesa al ver entrar a Caleb con el cuerpo de la mujer—. ¿Quién es ella? Llévala a la habitación de huéspedes, rápido.

​Caleb la recostó en la gran cama de sábanas blancas. Lucas comenzó a revisarla con profesionalismo, tomándole el pulso, revisando sus pupilas y tocando sus articulaciones bajo la mirada atenta y extrañamente tensa del vaquero.

​—No tiene huesos rotos, Caleb —concluyó Lucas, soltando un suspiro de alivio mientras limpiaba con una gasa la herida de la frente de la joven—. El golpe en la cabeza es fuerte, pero limpio. Necesito hacerle unos exámenes mañana en la clínica para estar seguros, pero va a estar bien.




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