El silencio que siguió a las palabras de Caleb fue tan denso que el crepitar de la madera en la chimenea del pasillo pareció el estallido de una declaración de guerra.
Viviana dio un paso atrás, como si el impacto físico de la revelación la hubiera golpeado en el pecho. Sus manos, enguantadas en fina piel, se cerraron en puños tan apretados que el abrigo de cachemira rosa se tensó. Su mirada verde viajó de la sonrisa ladina de Caleb al rostro sereno y altivo de Elena, destilando un veneno que habría hecho temblar a la antigua Elena de la capital. Pero la mujer que estaba en la cama solo sostuvo la tormenta visual con una calma exasperante.
—¿Tu... tu prometida? —consiguió articular Viviana, con la voz temblando por una mezcla de humillación y rabia mal contenida—. ¡Eso es una mentira, Caleb! Doña Leonor jamás me mencionó esto. ¡Todo el pueblo sabe que tú y yo...!
—Todo el pueblo sabe lo que tú quieres que repitan, Viviana —la interrumpió Caleb. Su voz, grave y monocorde, arrastró las palabras con una gélida indiferencia que caló hondo en la rubia—. Pero lo que yo haga dentro de los límites de mi hacienda y con mi vida privada no es asunto de la plaza pública. Elena y yo manteníamos nuestro compromiso lejos de las malas lenguas. Y ahora que está aquí, en su casa, te voy a pedir que bajes la voz. Mi mujer necesita descansar.
La palabra "mi mujer" golpeó el aire con una fuerza posesiva tan real que Elena sintió un extraño vuelco en el estómago. Miró de reojo las manos de Caleb; eran grandes y callosas, reflejo del trabajo duro en el campo, pero emanaban una seguridad ruda que, por alguna razón, la hacía sentirse extrañamente protegida.
Viviana soltó una risa estridente, una máscara para ocultar el desconcierto que la carcomía por dentro. Se acomodó el cabello rubio con un movimiento brusco y clavó sus ojos en Elena.
—¿Tu mujer? Por favor, Caleb. Esta niñita tiene los modales de la capital grabados en la frente. Se nota a leguas que no aguantaría ni dos días bajo el sol de este lugar. Disfruta tu farsa mientras puedas, infeliz, porque en cuanto doña Leonor regresa de su viaje y vea a esta aparecida metida en tu cama, se va a encargar de poner las cosas en su sitio. Tu madre sabe perfectamente quién es la mujer que te conviene.
Elena, que seguía apoyada contra las sábanas blancas, entornó sus ojos avellana. La amnesia la había dejado sin pasado, pero no sin orgullo. No conocía a la tal doña Leonor, pero la soberbia con la que la rubia usaba ese nombre encendió un interruptor de pura rebeldía en su interior.
—La conveniencia es el consuelo de los que no pueden tener lo que desean, señorita —soltó Elena, su voz sonando con un refinamiento gélido y pausado que cortó la rabieta de Viviana—. En lo que veo, usted está demasiado preocupada por una cama que claramente no le pertenece. Mi prometido ya le pidió que se retirara. Le sugiero que guarde lo que le queda de dignidad y camine hacia la salida antes de que su presencia termine por fatigarme.
Lucas, que observaba la escena desde el rincón con los brazos cruzados, tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada limpia. La nieta de doña Ángela Vance resultó ser una criatura de armas tomar; estaba barriendo el piso con la mujer más caprichosa del pueblo sin mover un solo músculo.
Viviana palideció de la furia. Miró a Caleb esperando que el caballero que siempre callaba por honor saliera en su defensa o detuviera el insulto, pero el vaquero permanecía inmóvil, con los brazos cruzados sobre su ancho torso y los ojos fijos en ella, disfrutando cada segundo de su humillación.
—Esto no se va a quedar así, Caleb Sterling —siseó Viviana, dándose la vuelta de forma violenta—. Te juro que esto no se va a quedar así.
Los tacones de la rubia resonaron con rabia por el pasillo de madera hasta que el azote de la puerta principal de la hacienda confirmó su salida hacia la tormenta.
El silencio regresó a la alcoba de huéspedes, pero la atmósfera ya no era la misma. Lucas soltó un largo suspiro, pasándose una mano por el cuello, mientras la seriedad médica volvía a su rostro. Miró a Caleb de reojo, asombrado por la audacia de su amigo, pero la mirada del vaquero le indicó que no había marcha atrás. La trampa estaba cerrada.
Elena frunció el ceño, mirando a ambos hombres con una mezcla de confusión y vulnerabilidad. El ardor de la adrenalina empezaba a mermar, dejando paso nuevamente al vacío de su mente en blanco. Se llevó una mano a la frente, sintiendo el dolor del golpe, pero sobre todo, la angustia de no saber quién era.
—¿Por qué esa mujer estaba tan furiosa? —preguntó Elena, fijando sus pupilas avellana en Caleb—. Si... si tú y yo estamos comprometidos, ¿por qué actuó como si tuviera derechos sobre ti? Siento que todo en mi cabeza está borrado, pero sé reconocer cuando alguien busca problemas. ¿Quién es ella?
Caleb caminó despacio hacia el borde de la cama. La imponente anchura de sus hombros recortó la luz de la lámpara de aceite, sumergiendo a Elena en su sombra. Sus ojos negros se ablandaron sutilmente al ver la fragilidad en el rostro de la joven, aunque por dentro su mente trabajaba a marchas foradas para sostener la mentira de Lucas.
—Su nombre es Viviana Alvarenga —respondió Caleb, su voz bajando a una octava áspera, profunda y protectora—. Una vecina del pueblo que nunca aceptó que yo rehiciera mi vida. Olvídate de ella, Elena. Lo único que debe importarte ahora es que estás a salvo. Tuviste un accidente grave en la carretera, tu auto se dio vuelta en la cuneta cuando venías hacia la hacienda y el golpe te dejó sin recuerdos.