Al amanecer, la naturaleza desenterró un cielo limpio y de un azul radiante, iluminando las imponentes montañas que rodeaban los valles de "La Estancia". El sol de la mañana comenzó a secar el lodo acumulado en los caminos que conectaban los verdes pastizales con el casco principal de la hacienda. Sin embargo, el dolor sordo en las sienes de Elena era el único recordatorio físico de que el peligro de la noche anterior había sido real.
Elena abrió los ojos despacio, parpádeando ante la intensa luz matutina que se filtraba por los amplios ventanales de la habitación de huéspedes. Se incorporó en la cama matrimonial con lentitud, soltando un leve quejido al sentir la rigidez en sus músculos. Pasó sus dedos por la pequeña venda que cubría la herida de su frente. Su mente continuaba siendo un lienzo en blanco; no había rostros, no había recuerdos, no había un pasado al cual aferrarse. Pero al mirar a su alrededor, la calidez de la madera, las sábanas limpias y el aroma a café y leña que flotaba en el aire le devolvieron esa extraña sensación de resguardo. Confiar en Caleb Sterling era lo único que su instinto le dictaba.
Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
—¿Elena? Buenos días. ¿Puedo pasar? —la voz de Lucas sonó del otro lado, pausada y profesional.
—Sí, pasa —respondió ella, acomodándose el cabello oscuro sobre los hombros.
El médico entró vistiendo su bata blanca de clínica, cargando un maletín de cuero y una pequeña linterna de diagnóstico. Detrás de él, cargando una bandeja con fruta fresca, pan casero y una taza humeante, entraba Felipe, el capataz de la hacienda. El hombre maduro miró a Elena con un profundo respeto antes de colocar el desayuno en la mesa de noche.
—Buenos días, señorita. El patrón ordenó que le prepararan esto. Con su permiso —dijo Felipe con voz queda, retirándose de inmediato tras una leve inclinación de cabeza.
Lucas se acercó a la cama con una sonrisa amable, procediendo a revisarle las pupilas y el pulso, tal como le había prometido a Caleb.
—Tus reflejos están perfectos, Elena, y la inflamación de la frente ha bajado notablemente —anunció el doctor, guardando sus herramientas—. Físicamente estás fuera de peligro. Lo de tu memoria es un proceso; el cerebro necesita tiempo para asimilar el trauma del vuelco. No te presiones.
Elena tomó la taza de café entre sus manos, buscando el calor del recipiente.
—Caleb me dijo que soy nieta de una señora del pueblo que falleció... ¿Realmente no tengo a nadie más aquí?
Lucas guardó silencio por un segundo, midiendo el peso de sus palabras. Sabía que la madre de Elena no tenía intenciones de volver, pero no quería abrumarla.
—Por ahora, estás donde debes estar —respondió el médico con evasivas—. Caleb es un hombre de palabra, Elena. Si él te dijo que te va a proteger, lo va a hacer. Y créeme, vas a necesitar esa protección.
—¿Por Viviana? —inquirió ella, enarcando una ceja.
—Por Viviana y por todo el pueblo —Lucas soltó un suspiro, recargándose en el respaldo de una silla—. Fui a la clínica temprano a preparar tus órdenes de exámenes y en la plaza no se habla de otra cosa. Viviana se encargó de regar la pólvora. Todo el mundo está escandalizado porque el huraño Caleb Sterling tiene a una mujer de la ciudad en su hacienda y afirma que es su prometida. En unas horas, la noticia llegará a oídos de doña Leonor.
Elena apretó los labios, pero no flaqueó. La debilidad que solía caracterizarla en su vida pasada seguía sepultada por la amnesia.
—Que hablen lo que quieran —sentenció Elena con voz firme—. Si Caleb dice que soy su futura esposa, no tengo por qué esconderme de nadie.
Lucas sonrió, complacido con el temple de la joven. Justo en ese momento, la puerta principal de la casa se escuchó abrirse con fuerza en la planta baja, seguida por el sonido de unas botas pesadas que avanzaban por el pasillo.
Caleb entró a la habitación. Vestía una camisa de mezclilla limpia y su sombrero oscuro en la mano, dejando al descubierto sus facciones duras y perfectas. Su mirada negra se posó de inmediato en Elena, recorriéndola con una fijeza que le aceleró el pulso a la joven.
—¿Cómo está? —preguntó Caleb, dirigiéndose a Lucas pero sin quitarle los ojos de encima a ella.
—Impecable. Una salud de hierro —respondió el médico, tomando su maletín—. Los dejo. Tengo pacientes esperándome en el pueblo, pero regresaré por la tarde para traerte los resultados de los laboratorios, Caleb. Cuídala.
Lucas salió de la alcoba, cerrando la puerta tras de sí y dejando a los supuestos prometidos a solas.
Caleb dio un paso hacia la cama, acortando la distancia. Su imponente estatura y la rudeza inherente de su porte llenaron el espacio por completo. Elena lo observó, notando la piel limpia y curtida de su rostro, y esa marcada cicatriz en el pómulo que le daba un aire tan peligrosamente varonil.
—Dormiste bien —no fue una pregunta, sino una afirmación en su tono áspero y bajo.
—Sí —respondió Elena, sosteniéndole la mirada con orgullo—. Tu capataz me trajo el desayuno. Gracias.
Caleb asintió levemente, colocándose el sombrero.
—Anoche Felipe subió todas tus maletas a la camioneta antes de salir de la carretera. Las dejamos en el pasillo por si quieres cambiarte de ropa —el vaquero hizo una pausa, y su mandíbula se cuadró aún más—. En un par de horas llegará mi madre. Viviana ya la interceptó en el camino para contarle su versión del chisme. Doña Leonor viene dispuesta a exigir cuentas.