La noticia del compromiso secreto de Caleb Sterling se propagó por los valles como un incendio forestal en plena sequía. Para el final de la semana, el murmullo de los peones en los corrales y las miradas curiosas de los comerciantes del pueblo no dejaban lugar a dudas: el hermético terrateniente ya no tenía privacidad.
Elena terminó de abrocharse las botas de piel que Felipe le había llevado a la alcoba. La venda de su frente había sido reemplazada por una pequeña gasa limpia. Al mirarse al espejo, notó que el color estaba regresando a sus mejillas, pero el vacío en su memoria seguía intacto. Suspiró. Cada mañana despertaba esperando que un fragmento de su pasado junto a Caleb apareciera en sus sueños, pero solo encontraba neblina. Sin embargo, cuando él estaba cerca, la firmeza de su voz y el calor rústico de su presencia le bastaban para disipar el miedo.
Al bajar las escaleras, encontró a Caleb en el porche de la hacienda, ajustándose las espuelas. El sol de la mañana recortaba su silueta contra las imponentes montañas verdes que custodiaban "La Estancia".
—Tenemos que ir a la clínica de Lucas por tus exámenes —dijo el vaquero sin rodeos, levantando la vista. Sus ojos oscuros la recorrieron con esa fijeza habitual que a ella le cortaba el aliento—. Y después, pasaremos al mercado del pueblo. Si vamos a sostener esto, la gente tiene que vernos juntos.
Elena asintió, plantándose a su lado con elegancia.
—No tengo ningún problema con eso, Caleb. No soy una mujer que se esconda.
El trayecto en la camioneta todo terreno fue silencioso pero cargado de una tensión magnética. Caleb conducía con una mano en el volante, manteniendo la vista fija en el camino de tierra que serpenteaba entre los pastizales. Elena miraba el paisaje, maravillada por la inmensidad de las tierras de su supuesto prometido, sintiendo una extraña familiaridad con el aire puro de la montaña, aunque no pudiera explicar por qué.
Cuando entraron al pueblo, el ambiente cambió. Al estacionarse frente a la clínica, Elena notó de inmediato cómo las conversaciones en la acera se detenían. Las mujeres que lavaban los portales de las casas coloniales se señalaban discretamente y los hombres que descansaban bajo los portales se acomodaban el sombrero para ver descender a la misteriosa mujer de la capital.
Caleb bájó primero, rodeó el vehículo y le tendió su mano grande y callosa. Elena la tomó sin dudar. El contacto rústico de su piel le transmitió una descarga de seguridad que la hizo enderezar la espalda automáticamente. Caminaron juntos, con paso firme, ignorando los murmullos de la gente.
Dentro de la clínica, Lucas los recibió con un suspiro de alivio, aunque su rostro reflejaba cansancio.
—Qué bueno que llegan —dijo el médico, cerrando la puerta de su consultorio para darles privacidad—. Los exámenes de sangre y las radiografías están limpios, Elena. Físicamente estás perfecta. La amnesia sigue siendo temporal, provocada por el trauma del coche volcado. Tu cerebro solo necesita tiempo para reconectar.
Elena sintió un peso quitarse de encima, pero miró a Caleb con cierta frustración.
—Sigo sin recordar nada, Lucas. Me frustra ver a mi prometido y no poder recordar el día que me pidió matrimonio o las promesas que nos hicimos.
Caleb desvió la mirada hacia la ventana, sintiendo una punzada de culpa en el pecho que lo golpeó con fuerza. Ver la honestidad y la entrega en los ojos avellana de Elena, mientras él la mantenía atrapada en una red de engaños, estaba empezando a calar hondo en su estricto código de honor.
—No te presiones, Elena —intervino Lucas rápidamente, captando la atención de la joven para salvar a su amigo—. Lo importante es que estás en buenas manos.
Tras salir de la consulta, Caleb la guio hacia el mercado principal, un lugar techado y ruidoso en el centro del pueblo. Era el corazón de la comunidad y el escenario perfecto para consolidar la farsa.
—Mantente cerca de mí —murmuró Caleb, su voz áspera rozándole el oído mientras caminaban entre los puestos de frutas y artesanías.
—Siempre lo estoy —replicó ella con una sonrisa gélida pero segura, sosteniéndose de su brazo.
La paz no duró mucho. Al dar la vuelta en uno de los pasillos principales, se toparon de frente con Viviana Alvarenga. La rubia no estaba sola; la acompañaban dos de las mujeres más influyentes de la sociedad del pueblo, quienes la miraban con lástima fingida. Al ver a Caleb del brazo de Elena, los ojos verdes de Viviana chispearon con una furia ponzoñosa.
—Vaya, miren a quiénes nos encontramos —soltó Viviana, avanzando con paso altivo, deteniéndose a menos de un metro de la pareja—. El terrateniente paseando a su nueva adquisición. Todo el pueblo se pregunta de qué manicomio de la capital sacaste a esta mujer, Caleb. Porque para presentarse aquí como tu prometida de la noche a la mañana, claramente le falta un tornillo.
Las acompañantes de Viviana soltaron una risita ahogada, esperando que la mujer de la ciudad se encogiera de vergüenza ante el insulto público.
Pero Elena no dio un solo paso atrás. Sintió cómo los músculos de Caleb se tensaban bajo su brazo, listo para intervenir con la rudeza habitual, pero ella se adelantó. Soltó suavemente el agarre de su prometido, dio un paso al frente y barrió a Viviana con una mirada de absoluta y gélida superioridad que borró las sonrisas del pasillo en un segundo.