El regreso a la hacienda fue un campo de minas silencioso. Dentro de la cabina de la camioneta, el aire se sentía tan espeso que costaba respirar. Elena permanecía con la mirada fija en las imponentes montañas verdes, pero su atención estaba puesta en el hombre a su lado. De reojo, observaba las manos grandes de Caleb firmes sobre el volante; unas manos masculinas, rústicas, que días atrás la habían cargado con una delicadeza que no encajaba con su fachada de hombre rudo.
Elena bajó la vista hacia sus propios dedos. Su mano izquierda estaba desnuda. Pasó la yema del pulgar por su dedo anular, sintiendo el vacío de la piel. Ni oro, ni diamantes. Nada.
En cuanto Caleb estacionó el vehículo frente al porche de "La Estancia", rodeó la carrocería con zancadas rápidas y le abrió la portezuela. Elena descendió, pero no avanzó hacia la casa. Se plantó a solo unos centímetros de su pecho ancho, obligándolo a detenerse en seco. La cercanía fue un golpe de calor inmediato; él olía a campo, a madera de pino y a una masculinidad pura que le aceleró el pulso a la joven.
Caleb la miró, intrigado por su fijeza, pero antes de que pudiera dar un paso, ella lo acorraló con las palabras.
—Caleb, quiero que me mires a los ojos y me digas la verdad... ¿Realmente quieres casarte conmigo? —preguntó Elena, con una honestidad gélida que le dio un vuelco al corazón del vaquero.
Caleb se tensó, clavando su mirada oscura en ella sin saber qué responder. Elena continuó, descargando la frustración que le carcomía el pecho:
—Desde que desperté en esa cama, siento que hay un abismo entre nosotros. No tengo un anillo en mi mano, no me buscas en la casa, no me abrazas cuando estamos a solas... ni siquiera has intentado darme un beso. Sé que el accidente me borró los recuerdos, pero no me borró el instinto. Pareces un hombre obligado a estar a mi lado, como si te arrepintieras de la promesa que nos hicimos antes de que mi auto se volcara. Si ya no me deseas en tu vida, dímelo de frente.
La acusación golpeó a Caleb en el centro de su orgullo y de su hombría. Los ojos del terrateniente se oscurecieron, transformándose en dos pozos de pura noche. Ver la vulnerabilidad mezclada con la altivez en los ojos avellana de Elena le encendió la sangre. Quería gritarle que se estaba muriendo por meter las manos en su cintura, que no había un solo segundo en el que no pensara en su boca.
—Elena, el día del accidente tenías los dedos muy inflamados, por eso Lucas te quitó el anillo y lo guardó en la clínica —improvisó él, su voz bajando a un tono áspero, arrastrado y peligrosamente espeso, intentando desesperadamente poner un freno—. No es que no te busque. Estás convaleciente, tienes un golpe en la cabeza. Te estoy dando tu espacio por respeto, no quiero forzar las cosas contigo cuando ni siquiera recuerdas cómo nos enamoramos...
—Yo no te pedí respeto, Caleb. Te pedí una respuesta —lo interrumpió ella, con un descaro magnético.
Antes de que el vaquero pudiera articular otra barrera, Elena se puso suavemente de puntillas sobre sus botas de piel. Deslizó sus manos delgadas por el pecho rústico de Caleb, sintiendo los latidos desbocados de su corazón, se estiró y le plantó un beso directo en los labios.
El mundo estalló en mil pedazos.
La química entre los dos, contenida durante días, se desató como una tormenta. No fue un beso tímido; Elena presionó su boca con una necesidad hambrienta, buscando en sus labios la conexión que su mente le negaba. Al sentir la textura húmeda, suave y adictiva de la joven, el autocontrol de Caleb se pulverizó por completo.
Caleb soltó un gruñido ahogado desde el fondo de su pecho y respondió al beso con una pasión salvaje. Sus labios se movieron contra los de ella con una posesividad ruda, devorándola, saboreándola con una sed insaciable que le erizó la piel a Elena. Sus manos grandes y callosas subieron por instinto, enterrándose en el sedoso cabello oscuro de la joven para inclinarle la cabeza y profundizar el beso, mientras su otra mano le atrapaba la cintura para pegar el cuerpo delicado de la mujer contra su anatomía de piedra. El calor que compartieron fue un incendio puro; sus respiraciones se mezclaron en un ritmo frenético que demostraba que sus cuerpos se reconocían y se deseaban sin importar las mentiras. Elena gimió entre sus labios, entregándose por completo a la electricidad que la unía a su prometido.
Era perfecto. Caleb la deseaba con el alma, la quería suya en ese mismo instante. Pero fue justo en la cumbre de esa intensidad cuando la verdad le cayó encima como un balde de agua fría: Ella no lo estaba besando a él. Estaba besando a un fantasma, al novio que creía tener. Ella era inocente, y él la estaba usando.
La culpa le dolió más que una herida abierta.
Haciendo acopio de un esfuerzo sobrehumano que le hizo crujir los músculos, Caleb la tomó suavemente de los hombros y la apartó. Rompió el beso de golpe, dejando sus labios húmedos y encendidos a milímetros de los de ella. El vaquero respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando violentamente, con los ojos inyectados en una mezcla de deseo salvaje y tormento. Permaneció rígido, con las manos temblando sobre los hombros de ella, obligándose a no volver a caer. Su honor no le permitía aprovecharse de esa entrega.
Elena, con los labios hinchados y el corazón latiéndole en la garganta, parpadeó, procesando el violento freno. Miró la rigidez en el rostro de piedra de Caleb, la forma en que sus manos la apartaban como si quemara y esa mirada oscura que, a pesar de haberla devorado hace un segundo, ahora se cerraba por completo.