La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 15—LA SOMBRA DE LA VERDAD

La luz dorada del amanecer se filtraba entre las cortinas pesadas de la alcoba principal de La Estancia, dibujando líneas cálidas sobre las sábanas revueltas. El silencio de la casona era absoluto, pero en la habitación el aire todavía guardaba el eco de la noche anterior: el aroma a piel tibia, a deseo consumado y a una entrega sin reservas que ambos habían postergado por demasiado tiempo.

​Elena despertó despacio, con una sensación de pesadez dulce recorriéndole el cuerpo.

​Tardó un par de segundos en ubicar dónde estaba hasta que sintió el peso firme y tibio del brazo de Caleb rodeándole la cintura, pegándola contra su pecho desnudo. Escuchar el latido constante de su corazón bajo su oreja la llenó de una paz desconocida desde el accidente. Ya no había dudas ni espacio para fantasmas; esa noche él se había entregado a ella con una devoción tan intensa que le había borrado de golpe el frío de las semanas anteriores.

​Elena giró la cabeza despacio para mirarlo. Caleb dormía profundamente, con los rasgos relajados, sin esa severidad ni el ceño fruncido que solía llevar como armadura. Sin embargo, mientras ella recorría con la mirada el contorno de sus labios —esos mismos labios que horas antes la habían hecho temblar—, vio cómo la expresión de él empezaba a cambiar gradualmente al despertar.

​Caleb abrió los ojos negros lentamente. Por un segundo, al encontrarse con la mirada tierna y brillante de Elena, su rostro se iluminó con una sonrisa casi tímida, puramente instintiva.

​—Buenos días —murmuró ella con la voz ronca por el sueño, apoyando la barbilla en su pecho y rozándole la mejilla.

​—Buenos días... —contestó él, pasándole la mano por la espalda desnuda en una caricia lenta.

​Pero el hechizo duró solo un instante.

​A medida que la claridad de la mañana terminó de espantar el sueño, la realidad cayó sobre Caleb como una losa de cemento. La culpa, enterrada durante horas bajo el calor de la pasión, volvió a emerger con una violencia salvaje. Miró a Elena a los ojos, vio la confianza ciega y el amor puro con el que ella lo observaba, y el estómago se le hizo un nudo insoportable.

La tomó como su mujer. Se entregó a ella por completo. Pero lo había hecho mientras sostenía una mentira: la farsa de un compromiso y un pasado juntos que jamás existió.

​Elena notó de inmediato cómo los músculos de Caleb se tensaban bajo su tacto. Vio la sombra de duda y tormento volver a cruzarle la mirada.

​—Caleb... ¿qué pasa? —preguntó ella, cambiando la sonrisa por una mueca de desconcierto—. Anoche...

​—Anoche no debió ir tan lejos —interrumpió él, sentándose en la orilla de la cama de golpe y dándole la espalda. Se pasó las manos por el rostro con desesperación, respirando agitado.

​El frío de la habitación golpeó a Elena de lleno al perder el contacto con su cuerpo. Se cubrió con la sábana hasta el pecho, sintiendo un dardo directo al corazón.

​—¿Qué estás diciendo? —su voz tembló, mezclando el dolor con la rabia renaciente—. ¿Te arrepientes? ¿Después de todo lo que pasó anoche me vas a decir que fue un error?

​—¡No es eso, Elena! —exclamó Caleb, girándose a mirarla con los ojos inyectados en sangre por la frustración interna. Quería gritarle la verdad, quería decirle que la amaba hasta la locura pero que no era el hombre que ella creía, que no tenían un pasado feliz al cual volver. Pero el miedo a ver el desprecio en su cara si descubría la farsa lo paralizaba—. No me arrepiento de ti. Jamás podría. Es solo que... no sabes las consecuencias de esto. Te mereces algo mejor que un hombre lleno de sombras.

​—¡Estoy harta de tus sombras, Caleb! —sentenció Elena, poniéndose de pie envuelta en la sábana, con los ojos brillando por las lágrimas contenidas—. Anoche te entregué todo. Te miré a los ojos y vi al hombre que se supone que me ama. Si vas a volver a poner tus muros cada vez que salga el sol, dímelo de una vez, porque no voy a rogarte por afecto en tu propia casa.

​Antes de que Caleb pudiera detenerla o inventar otra excusa, un toque firme resonó en la puerta de la habitación.

​—¿Caleb? —la voz seca y autoritaria de doña Leonor atravesó la madera—. Los peones están esperando en el corral principal. Y el banquero Santillán acaba de llegar a la casona; dice que necesita hablar contigo urgente sobre los documentos de la propiedad.

​Elena y Caleb se congelaron, cruzando una última mirada cargada de una tensión eléctrica e insostenible. El mundo exterior y sus mentiras acaban de golpear la puerta.

Caleb se vistió a toda prisa, jalándose los pantalones y abotonándose la camisa con dedos torpes y helados. Evitó a toda costa la mirada de Elena, que permanecía en la cama envuelta en las sábanas, observándolo con una mezcla de desconcierto, dolor y la llama del enojo volviendo a encenderse en sus ojos avellana.

​—No te muevas de aquí —dijo el vaquero en un murmullo brusco, ajustándose el cinturón con la hebilla de plata—. Yo me encargo de mi madre y de Santillán.

​—No soy una prisionera en esta casa, Caleb —respondió Elena, incorporándose mientras sujetaba la sábana contra su pecho—. Si ese hombre está aquí por algo de la propiedad, también me incumbe.

​Caleb la miró de reojo, apretando la mandíbula con una dureza casi feroz.




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