La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 18—EL DESTELLO EN LA PANTALLA

El atardecer había caído sobre La Estancia, tiñendo la alcoba principal con sombras largas y rojizas. Tras la intensa jornada en el corral, Caleb había bajado a los establos a cerrar los portones y revisar los abrevaderos, dejando a Elena sola para que pudiera descansar.

​Elena caminaba por la habitación en silencio. Su piel todavía guardaba el calor del roce de Caleb, pero las palabras de Julián Santillán en la mañana continuaban haciéndole un eco incómodo en la cabeza. ¿Por qué el banquero estaba tan seguro de que en la capital nadie sabía de su compromiso?

​Buscando una distracción para acallar el murmullo de sus pensamientos, Elena se acercó a la pequeña televisión de mesa instalada sobre la cómoda de roble de Caleb. Encendió el aparato. La pantalla parpadeó un par de veces hasta mostrar la señal de un canal de noticias de la capital.

​La reportera transmitía en vivo desde un elegante evento en la ciudad: la inauguración de un exclusivo complejo financiero. La toma enfocado a las personalidades de la alta sociedad reunidas en el vestíbulo de cristal.

​—...nos encontramos en la gran apertura, donde las familias más prominentes de la capital se han dado cita para el corte de cinta... —narraba la periodista.

​La cámara hizo un acercamiento al centro del escenario.

​Ahí estaba él. Un hombre joven, deslumbrante, de porte aristocrático y sonrisa impecable, vistiendo un traje a medida. A su lado, tomándolo del brazo con una familiaridad íntima, sonreía una mujer bellísima, de elegancia fría, luciendo joyas de alta gama. Ambos cortaron la cinta dorada ante los aplausos de la concurrencia.

​En ese instante, a Elena se le congeló la sangre en las venas.

​Un dolor agudo, una punzada fría y punzante le atravesó el centro de la frente. La vista se le nubló por un segundo mientras un ataque de ansiedad sofocante le oprimía el pecho, dejándola sin aire. Retrocedió un paso, llevándose las manos temblorosas a la cabeza.

​Sentía un nudo en el estómago, un mareo violento y una angustia desgarradora que le heló la piel. Los conocía. Cada fibra de su ser le gritaba que esos dos rostros en la pantalla no eran extraños. Había una familiaridad dolorosa en la forma en que él sonreía y en la manera en que ella lo miraba. Pero por más que su cerebro luchaba desesperadamente por atravesar el muro blanco de la amnesia, los nombres y los recuerdos se le escapaban entre los dedos como agua, dejándole solo un rastro de angustia pura.

​La pantalla no le devolvió respuestas a Elena, pero la realidad era devastadora: aquel hombre elegante en la televisión era el hombre al que Elena había amado con locura en la ciudad, el hombre con el que había estado comprometida por tres años y con el que había terminado antes del accidente... y la mujer que lo acompañaba del brazo no era otra que la que solía ser su mejor amiga, la misma que la había traicionado a sus espaldas.

​Elena se quedó paralizada frente a la pantalla, con el pulso desbocado y lágrimas de una aflicción invisible rodándole por las mejillas, sintiendo que su mundo entero se tambaleaba sin entender por qué.

​En ese preciso momento, la puerta de la habitación se abrió. Caleb entró, con el torso limpio tras lavarse en el patio y una sonrisa suave en los labios, listo para buscarla.

​Pero la sonrisa del vaquero se borró de golpe al ver a Elena pálida como un fantasma, hiperventilando frente a la televisión encendida, mirando la transmisión de la capital con los ojos llenos de pánico.

​Caleb dirigió la mirada a la pantalla, reconoció de inmediato el entorno de la alta sociedad y sintió que el corazón se le detenía en el pecho.

​—Elena... —murmuró él, dando un paso cauteloso hacia ella, con el sudor frío de la culpa y el miedo recorriéndole la espalda—. ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?

​Elena se giró hacia él con la mirada perdida, llevándose una mano al pecho para intentar calmar los latidos desenfrenados de su corazón.

​—No sé... no sé qué me pasa, Caleb —susurró ella con la voz rota por el llanto, señalando la pantalla con los dedos temblorosos—. Vi a esas personas en la televisión y... me dio un ataque de pánico. Siento que los conozco, Caleb. Siento un dolor horrible aquí adentro al verlos... pero no sé quiénes son.




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