Caleb se acercó a Elena con el corazón en la garganta. La tomó delicadamente por los hombros y la guio hasta el borde de la cama, apagando la televisión de un golpe seco para cortar de raíz esa transmisión que le estaba desgarrando el alma. Elena temblaba entre sus brazos, respirando con dificultad mientras ocultaba el rostro en el pecho del vaquero, buscando refugio en el único faro de certeza que su mente le permitía tener.
Caleb le acarició el cabello en silencio, pero sus ojos negros hervían de rabia y desconcierto. No tenía la menor idea de quiénes eran ese sujeto refinado y la mujer elegante que habían aparecido en la pantalla, pero ver a Elena reducida al pánico por el simple destello de sus rostros le encendió un odio visceral en el pecho.
Una vez que Elena logró calmarse y el agotamiento de la crisis la rindió en un sueño profundo y pesado, Caleb la arropó con delicadeza, le besó la frente y salió en silencio de la alcoba.
Apenas cruzó el umbral de la casona, subió a su todo terreno y manejó a toda velocidad por el camino de grava en busca de respuestas.
Treinta minutos después, Caleb irrumpía en el pequeño consultorio del doctor Lucas en el pueblo. El médico, que terminaba de organizar unos expedientes en su escritorio, se sobresaltó al ver entrar al terrateniente con la cara desencajada y los puños apretados.
—¡Caleb! ¿Qué pasó? Te dije que no era buena idea que nos viéramos tan seguido...
—Vieron algo en la televisión —lo interrumpió Caleb con la voz ronca, apoyando los nudillos sobre el escritorio de madera—. Había una transmisión de la capital. Una inauguración de ricos. Elena vio a un tipo de traje y a una mujer que iba con él... y se colapsó, Lucas. Tuvo un ataque de pánico, empezó a llorar y me dijo que sentía que los conocía, pero no sabe quiénes son.
Lucas se acomodó los lentes, mudando la expresión a una de profunda gravedad.
—Era de esperarse... Su cerebro está empezando a reaccionar a estímulos de su vida pasada. Deben ser personas muy cercanas a su círculo en la ciudad.
—Tenemos que saber quiénes son —siseó Caleb, con una rabia contenida que le hacía temblar la mandíbula—. Necesito que vayamos a la capital e investiguemos.
Lucas lo miró fijamente y asintió, tomando su saco.
—Tienes razón. Voy contigo. No te voy a dejar ir solo a ciegas a la ciudad. Pero... ¿qué vas a hacer con Elena? No puedes dejarla sola en La Estancia con tu madre rondando y Santillán buscando excusas.
Caleb soltó un largo suspiro, pasándose la mano dura por la nuca. La sola idea de dejarla atrás le producía un vacío en el estómago. Guardó absoluto silencio sobre la noche de pasión que habían compartido; como el hombre de honor y caballero que era, la intimidad de su mujer no era algo que se ventilara con nadie, ni siquiera con su mejor amigo.
—No la voy a dejar sola en la hacienda —admitió el vaquero en voz baja—. Si mi madre aprieta o Santillán vuelve, no voy a estar para defenderla.
—Entonces la llevamos —propuso Lucas de inmediato—. Puede venirse con nosotros. Se queda tranquila en la habitación de un buen hotel en la capital mientras tú y yo salimos a la calle a indagar quiénes son los de la televisión y qué relación tienen con ella.
Caleb se quedó en silencio un momento, evaluando la idea. La capital le resultaba un territorio ajeno, monstruoso y lleno de peligros, pero la sola imagen de Elena llorando desconsolada frente a la pantalla le hacía hervir la sangre.
—La ciudad es inmensa —murmuró Caleb, soltando otro suspiro pesado mientras apretaba los puños con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. No hay probabilidades de que en ese monstruo de cemento Elena se vaya a cruzar por casualidad con esas personas...
El vaquero alzó la mirada hacia Lucas, con los ojos negros transformados en dos carbones encendidos por una promesa salvaje de protección.
—Pero te juro una cosa, Lucas... si descubro quiénes son y compruebo que por culpa de ellos mi mujer terminó accidentada y sufriendo de esta manera, los voy a hacer pagar. Me voy a encargar personalmente de que se arrepientan de haber nacido.