La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 20—LAS PISTAS Y EL NUEVO INICIO

El amanecer apenas comenzaba a despuntar sobre las montañas cuando el todo terreno de Caleb cruzó el portón de "La Estancia". El ambiente dentro del vehículo era denso, impregnado por una expectativa tensa que ninguno de los tres se atrevía a romper con palabras innecesarias.

​Elena iba en el asiento del copiloto, mirando a través de la ventanilla cómo el paisaje rural de pastizales y cercas de madera iba cediendo terreno paulatinamente a las autopistas asfaltadas y al hormigón de la civilización. Llevaba una chaqueta sencilla y la mirada absorta. El ataque de pánico de la noche anterior la había dejado agotada, pero en el fondo de sus ojos avellana brillaba una chispa de inquieta curiosidad: volver a la capital era, sin duda, dar un paso hacia la boca del lobo, hacia ese pasado del que solo le quedaban fragmentos dolorosos y sin nombre.

​A su lado, Caleb mantenía las dos manos firmes sobre el volante. Vestía su camisa oscura habituado al trabajo duro, pero su postura era la de un guardia listo para el combate. De reojo, no dejaba de vigilar a Elena, sintiendo una mezcla de posesividad salvaje y angustia silenciosa. Cada kilómetro que los acercaba a la gran metrópoli sentía que le pisaba el terreno a un enemigo invisible.

​En el asiento trasero, el doctor Lucas revisaba de forma discreta unos documentos, manteniendo la calma profesional mientras evaluaba el estado de Elena a través del espejo retrovisor.

​Tras tres horas de viaje, la silueta imponente de la capital se erigió frente a ellos: un laberinto de rascacielos de cristal, tráfico caótico y el ruido ensordecedor de una urbe que no se detenía por nadie.

​Caleb condujo con cautela por las avenidas principales hasta detenerse frente a un hotel exclusivo, ubicado en una zona residencial tranquila y alejada del centro financiero. Un valet aparcó la camioneta mientras el terrateniente se encargaba personalmente del registro en la recepción.

​Minutos después, los tres subían a una suite en los pisos altos. La habitación era amplia, elegante, con grandes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad y una cama amplia cubierta con sábanas blancas impecables.

​—Te vas a quedar aquí tranquila, Elena —dijo Caleb en voz baja pero firme, acercándose a ella mientras Lucas dejaba el equipaje ligero cerca de la entrada—. El viaje te dejó cansada y necesitas reposo. Lucas y yo tenemos unas gestiones que hacer en la zona comercial sobre unos insumos para la hacienda y unas consultas privadas.

​Elena lo miró fijamente, buscando descifrar la mirada del vaquero. Sentía que le ocultaba algo, pero la calidez con la que él la tomó de las manos la hizo ceder.

​—No me voy a mover de aquí, Caleb —respondió ella, rozándole el dorso de la mano con los dedos—. Pero no te tardes. Esta ciudad... me da una sensación extraña en el pecho.

​—No me voy a tardar nada, jefa —murmuró Caleb, inclinándose para darle un beso firme y prolongado en los labios, marcando su territorio con esa devoción rústica que a ella le hacía temblar las piernas—. Cualquier cosa que necesites, llamas a recepción. Nadie va a molestarte.

​Caleb y Lucas salieron de la suite, asegurando la puerta tras de sí.

​Lucas se ajustó el saco y sacó un bloc de notas de su bolsillo.

​—Tengo un contacto en la cadena de televisión que transmitió el evento anoche —dijo el médico en tono confidencial mientras caminaban hacia la salida—. Me va a conseguir la lista de invitados VIP del corte de cinta y los nombres de la pareja central.

​Caleb apretó los puños, caminando con el paso pesado y amenazante de un hombre acostumbrado a la tierra, desentonando entre la gente en traje que cruzaba el lobby.

​—Averigua rápido, Lucas —siseó el vaquero con la voz rasposa—. Mientras más rápido le ponga nombre y apellido a la rata que hizo llorar a mi mujer, más rápido le voy a romper la cara.

***

La puerta de la suite del hotel se cerró con un chasquido sordo, dejando a Elena en medio de un silencio elegante pero opresivo. La habitación era amplia, decorada en tonos crema y madera clara, con un ventanal enorme que ofrecía una vista impresionante de la selva de concreto de la capital.

​Elena caminó despacio hacia el cristal. Abajo, los autos se movían como pequeñas hormigas metálicas y la gente caminaba a paso apresurado. Todo en ese entorno le resultaba extrañamente familiar, pero al mismo tiempo le provocaba un vacío helado en el estómago.

​Se cruzó de brazos, sintiendo cómo la ansiedad volvía a arañarle el pecho. Al ver a una mujer en la acera hablando por un teléfono móvil, una duda extraña le cruzó la mente. ¿Dónde estaba su vida antes de la montaña? No recordaba amigos, no recordaba números, no recordaba llamadas.

​Lo que Elena no podía recordar aún era la furia y el coraje con los que había actuado el día que su mundo se rompió. El día que descubrió la vil traición de Rodrigo y Andrea, no se quedó a llorar. Con el corazón hecho pedazos pero la dignidad intacta, había sacado la tarjeta SIM de su teléfono, la partió en mil pedazos entre sus dedos y arrojó el aparato a la basura para romper de golpe cualquier lazo con la pareja de infieles que le había visto la cara de tonta. Por eso no había rastro de su celular en la cuneta del choque; ella ya lo había destruido todo antes de tomar la carretera hacia la montaña.




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