La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 21 —EL PRECIO DEL IMPULSO

La tienda de tecnología en el centro comercial de la zona financiera era un hervidero de luces blancas y pantallas de alta definición. Caleb caminó por los pasillos con el ceño fruncido y la mano metida en el bolsillo de su chaqueta de cuero, donde guardaba la foto arrugada de Rodrigo Valente y Andrea Alarcón.

​En cuestión de minutos, bajo la atónita mirada del joven vendedor al ver la fajilla de billetes que el vaquero sacó sin regatear, compraron un teléfono de última generación, elegante y rápido, junto con una tarjeta SIM local.

​Al salir del centro comercial con la pequeña bolsa en la mano, el aire cálido de la tarde metropolitana los volvió a recibir. Caleb caminaba a pasos largos, con la mandíbula trancada, masticando la rabia que le quemaba las entrañas.

​—No te has detenido a pensar ni un solo segundo, ¿verdad, Caleb? —soltó Lucas de golpe, deteniéndolo del brazo justo antes de cruzar la calle hacia el hotel.

​Caleb se zafó del agarre con un movimiento brusco, clavándole sus ojos negros.

​—¿Pensar en qué, Lucas? ¿En ir a romperle la cara a ese tipo? En eso llevo pensando desde que vi la foto.

​—¡Piensa con la cabeza, maldita sea! —siseó el médico en voz baja pero cargada de una autoridad desesperada, acercándose a él—. Supongamos que vas a la torre de Valente & Asociados, te saltas la seguridad y te le plantas de frente a Rodrigo Valente. ¿Qué crees que va a pasar?

​—Le voy a dejar claro que si se vuelve a cruzar en el camino de mi mujer, lo voy a enterrar en la montaña.

​—¿Y cuando él te pregunte qué hace Elena contigo? —lo acorraló Lucas, bajando la voz al mínimo—. ¿Cuando Rodrigo se entere de que Elena sufrió un accidente, perdió la memoria y que tú la tienes en tu hacienda viviendo bajo la farsa de que eres su prometido?

​Las palabras del médico cayeron como un jarro de agua helada sobre el vaquero. Caleb se quedó rígido en mitad de la acera.

​—Si confrontas a Rodrigo o a la amiga, vas a destapar la caja de Pandora —continuó Lucas, apretando el paso junto a él mientras cruzaban la calle—. Ellos no son estúpidos, Caleb. Van a mover mar y tierra para recuperar a Elena, van a enviar abogados, y lo primero que van a hacer es demostrarle a ella que tú le mentiste desde el primer día. Le van a entregar las pruebas de su vida anterior en la cara.

​Caleb apretó los puños con tanta fuerza que las venas de sus brazos parecieron a punto de reventar. El nudo en su garganta se volvió insoportable.

​—Ella no se va a ir con ellos... —murmuró el vaquero, aunque en el fondo de su voz vibró por primera vez el fantasma del miedo.

​—Si descubre que le mentiste para retenerla en tu cama, no solo se va a ir, Caleb... te va a odiar para siempre —le advirtió el médico con una franqueza desgarradora—. Si de verdad quieres protegerla y quieres que se quede contigo, tienes que tragarte la rabia. No puedes buscar a ese hombre. Tu única opción es hacer que Elena te ame tanto que, incluso el día que recuerde la traición de su pasado, prefiera quedarse en tus brazos que volver a esta ciudad de mierda.

​Caleb guardó un silencio sepulcral durante el resto del trayecto hasta el vestíbulo del hotel. Las palabras de Lucas le escocían en el orgullo, pero sabía que el médico tenía absoluta razón. Exponerse era entregar a Elena en bandeja de plata.

​Al llegar al piso de la suite, Caleb se detuvo frente a la puerta de madera. Sacó la bolsa con el teléfono nuevo, respiró hondo para calmar la marea de rabia que llevaba por dentro y cambió la expresión de su rostro por una de absoluta tibieza.

​Abrió la puerta despacio.

​Elena estaba sentada junto al gran ventanal, mirando la ciudad con la mirada perdida. Al escuchar la puerta, se giró de inmediato, y una sonrisa genuina y aliviada iluminó su rostro al ver al vaquero cruzar el umbral.

​—Tardaron... —dijo ella en un susurro, poniéndose de pie.

​Caleb caminó directamente hacia ella. Sin decir una palabra, la tomó por la cintura, la pegó a su pecho y le hundió la cara en el cuello, aspirando su aroma para ahuyentar todos sus demonios.

​—Te prometí que no te iba a dejar sola, jefa —murmuró él contra su piel, sacando la caja del teléfono de la bolsa y entregándosela con una sonrisa rústica—. Toma. Para que nunca vuelvas a estar incomunicada.




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