Elena miró la elegante caja en sus manos antes de alzar la vista hacia Caleb con una leve sonrisa.
—¿Un teléfono nuevo? —preguntó, abriendo el empaque sin el menor titubeo.
—Para que no andes incomunicada mientras terminamos de hacer los mandados de la hacienda, jefa —contestó Caleb, manteniendo la voz firme y tranquila mientras dejaba su sombrero tejano sobre la mesa auxiliar—. Lucas y yo compramos una tarjeta SIM local. Si te quedas un rato en el hotel descansando o si nos dividimos para buscar los repuestos y los insumos, nos podemos llamar.
Elena encendió el terminal y comenzó a configurar las opciones básicas, ingresando la red y deslizando los dedos por la pantalla con la soltura de quien ha hecho eso mil veces. Para ella no había nada de extraordinario en el aparato; era simplemente una herramienta cotidiana.
Caleb, en cambio, la observaba en silencio desde la esquina de la habitación, apoyado contra la pared con los brazos cruzados. Verla manejar un dispositivo tan costoso con tanta naturalidad, envuelta en esa elegancia innata que ni la amnesia le había podido quitar, le dio un golpe de realidad. Ella pertenecía a esa ciudad de rascacielos y tecnología, no al polvo y al aislamiento de la montaña.
—Ya quedó listo —dijo Elena, alzando la vista y notando la mirada fija del vaquero—. ¿Ocurre algo, Caleb?
—Nada —disimuló él con una sonrisa rústica, acercándose para sentarse a su lado en el borde del sofá—. Solo que a veces se me olvida que tú estás acostumbrada a todo este ritmo de la ciudad. A mí estas pantallas me marean un poco, pero veo que a ti no te cuesta nada.
—Bueno, supongo que algunas costumbres no se borran tan fácil —respondió ella con sencillez, restándole importancia mientras guardaba el número de Caleb en la agenda—. Me va a venir bien para estar en contacto.
—Es perfecto para mantenernos organizados —intervino Lucas desde la mesa, intentando aligerar el ambiente—. Terminamos de ver lo de la maquinaria y los insumos entre hoy y mañana, y así nos podemos regresar tranquilos a la hacienda.
Elena asintió, satisfecha con el plan. Miró a Caleb y le acomodó con cariño el cuello de la camisa de mezclilla.
—Me parece bien. Sé que el ruido y el tráfico de aquí no son lo tuyo, así que cuanto antes terminemos con las compras de la finca, mejor.
Caleb tomó la mano de Elena entre sus palmas grandes y callosas, apretándola con una mezcla de devoción y la culpa secreta que le quemaba el pecho.
—Mañana mismo dejamos todo cerrado, jefa. Nos regresamos a la montaña en cuanto terminemos.
Desde el otro lado de la estancia, Lucas cruzó una mirada rápida con Caleb. Tenían el tiempo contado para hacer el supuesto "papeleo de la hacienda" y sacar a Elena de la ciudad antes de que la suerte se les terminara.
***
El sol terminó de ocultarse tras el horizonte de la capital, cediendo el paso a una noche iluminada por el neón de los rascacielos y el destello constante del tráfico. En la suite, la luz cálida de las lámparas creaba un ambiente de aparente tranquilidad, rompiendo la tensión que se había acumulado durante la tarde.
Elena terminó de guardar su nuevo teléfono en el bolso. Se sentía infinitamente mejor tras el baño de agua caliente, y la presencia del dispositivo le devolvía una sensación de control que la amnesia le había arrebatado.
Caleb, por su parte, caminaba a pasos lentos cerca del ventanal, observando la ciudad con la rigidez de un soldado en territorio enemigo. Se había cambiado la camisa manchada por una de hilo oscuro, limpia pero rústica, manteniendo sus botas bien lustradas.
Lucas, que revisaba unos correos en su propio móvil cerca de la mesa auxiliar, guardó el aparato en el bolsillo del saco y rompió el silencio con una sonrisa optimista.
—Bueno, suficiente trabajo por hoy —anunció el médico, estirando los brazos—. Elena estuvo encerrada casi todo el día y la jornada en la carretera fue larga. Creo que nos merecemos una buena cena antes de ponernos a pensar en el regreso a La Estancia.
Elena alzó las cejas con entusiasmo, girándose hacia el vaquero.
—Lucas tiene razón, Caleb. Una cena fuera nos vendría de maravilla a todos. Además, dijiste que estábamos aquí por compras de la finca, pero eso no significa que no podamos disfrutar de una noche agradable en la ciudad.
Caleb dudó un segundo. La sola idea de sacar a Elena a la calle por la noche, donde los restaurantes de moda estaban llenos de gente de la alta sociedad, le hacía hervir la sangre de desconfianza. Sin embargo, al ver los ojos avellana de Elena mirándolo con esa mezcla de ilusión y ternura, fue incapaz de negarse.
—Está bien, jefa —cedió el vaquero, acercándose a ella para tomarla con suavidad por la cintura y besarle la sien—. Vamos a cenar. Pero a un lugar tranquilo.
—Conozco el sitio perfecto —intervino Lucas, tomando las llaves—. Es un restaurante italiano excelente a solo diez minutos de aquí. Ambiente reservado, buena comida y sin la bulla del centro.
Treinta minutos más tarde, el vehículo de Caleb se detuvo frente a un elegante restaurante de fachada de piedra y ventanales de arco. El lugar, ubicado en un sector exclusivo pero de baja iluminación, ofrecía exactamente la discreción que el vaquero buscaba.