La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 23— EL CASI ENCUENTRO Y LA HUIDA

El tiempo parecía haberse congelado dentro del restaurante. Lucas pagó la cuenta en efectivo a la velocidad de la luz, dejando una propina desmedida con tal de no perder un solo segundo esperando el cambio.

​—Vámonos —murmuró Lucas en voz baja, poniéndose de pie de inmediato para ponerse entre la mesa de la terraza y la salida.

​Caleb se levantó primero y le extendió la mano a Elena. No la soltó ni por un instante; envolvió sus dedos pequeños con la fuerza de un naufrago aferrándose a una tabla. Colocó su cuerpo ancho y corpulento a las espaldas de Elena, usándose a sí mismo como un escudo humano para bloquearle la vista mientras caminaban hacia la salida principal.

​Mientras avanzaban por el pasillo central, Andrea Alarcón soltó una carcajada estridente en la terraza VIP.

​—¡Ay, Rodrigo, eres imposible! —exclamó la mujer, girando la cabeza de manera distraidamente coqueta hacia el salón principal.

​Por un segundo, la mirada de Andrea cruzó la nave del restaurante. En ese preciso instante, Elena pasaba de largo hacia la puerta. Andrea entornó los ojos, viendo a una mujer de espaldas de silueta inconfundible, luciendo una melena castaña y una postura elegante que le hizo dar un vuelco al corazón.

​—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó Rodrigo, notando la repentina distracción de su prometida.

​—Nada... —murmuró Andrea, poniéndose de pie impulsada por una punzada de incredulidad y nerviosismo—. Vi a una mujer de espaldas que... no sé, por un segundo juraría que se parecía a Elena.

​Rodrigo soltó una risotada seca, acomodándose el reloj de oro.

​—Por favor, Andrea, supera el fantasma de tu amiga. Elena se fue de la ciudad hace meses después del numerito que armó. No va a regresar a meterse a un restaurante a tres calles de mi oficina. Si estuviera en la capital, nos enteramos todos por los periódicos.

​Andrea dudó, pero caminó dos pasos hacia la barandilla de la terraza para mirar hacia la recepción.

​Sin embargo, para cuando Andrea llegó a tener visibilidad completa de la entrada, el pesado portón de madera del restaurante ya se había cerrado. Caleb había sacado a Elena prácticamente en volandas hacia la acera, envolviéndola bajo su brazo mientras Lucas abría la puerta del todo terreno.

​—¿Sigue todo bien, Caleb? —preguntó Elena ya dentro del vehículo, mirándolo con curiosidad al notar que el vaquero respiraba con agitada pesadez y tenía la frente perlada de sudor—. Estás actuando muy extraño desde que estábamos en la mesa. Parece como si te estuvieras escapando de un fantasma.

​Caleb encendió el motor de un tironazo, haciendo rugir el vehículo en mitad de la noche capitalina antes de incorporarse a la avenida a toda velocidad.

​—No me gustan estas calles, Elena —respondió el vaquero en un murmullo cavernoso, mirando compulsivamente por el espejo retrovisor para asegurarse de que nadie los seguía—. En este lugar el aire apesta a falsedad y a gente de doble cara. Solo quiero que lleguemos al hotel, empacar tus cosas y sacarte de esta maldita ciudad a primera hora de la mañana.

​Elena lo observó en silencio, sintiendo cómo el corazón se le apretaba. No entendía la paranoia de Caleb ni la prisa repentina, pero en la mirada oscura del hombre vio algo que jamás había presenciado en él: miedo puro a perderla.

​Se estiró desde su asiento y le colocó suavemente la mano sobre el muslo tenso, apretándolo con cariño.

​—Tranquilo, vaquero —le susurró con dulzura, logrando que Caleb aflojara un poco la mandíbula—. Ya nos vamos a casa. A nuestra montaña.

El trayecto de regreso al hotel fue un laberinto de silencio y luces de neón que se desdibujaban en los cristales del todo terreno. Lucas se despidió en el vestíbulo tras inventar la excusa de que pasaría la noche en la habitación de la planta baja para dejar los documentos de la hacienda listos.

​Caleb apenas se despidió con un asentimiento brusco de cabeza. Mantenía la mandíbula apretada hasta el dolor y la mano agarrada a la de Elena como si en cualquier segundo la gravedad de la ciudad fuera a arrebatársela.

​En cuanto la puerta de la suite se cerró tras ellos, el silencio de la alta noche los envolvió.

​Caleb se quitó la chaqueta de cuero y la lanzó de cualquier manera sobre la silla. Se acercó al gran ventanal, apoyando las manos en la barandilla de madera mientras respiraba agitadamente, mirando la inmensidad de los rascacielos. La imagen de Rodrigo Valente a escasos metros de su mujer le seguía ardiendo en la piel como una marca de hierro.

​Elena se quedó de pie en medio de la estancia. Se quitó los zapatos de tacón y caminó descalza sobre la alfombra acolchada. Había observado a Caleb durante todo el camino: la dureza de sus hombros, la sombra de culpa y posesión en sus ojos negros, esa frialdad repentina con la que intentaba poner una pared entre los dos. Él la estaba protegiendo de algo que ella no lograba comprender, pero esta noche no iba a dejar que sus demonios se interpusieran entre ellos.

​Elena no era una flor delicada que esperaba pasivamente. La pasión de la noche en La Estancia le había enseñado la devoción salvaje de ese hombre, y verlo tan vulnerable, luchando solo contra una tormenta invisible, despertó en ella un impulso dominante.




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