La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 24—EL REGRESO A LA MONTAÑA Y UNA LLAMADA EN LA SOMBRA

El sol matutino se filtraba por las rendijas de las persianas de la suite, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. Elena despertó despacio, con una sensación de plenitud y calidez recorriéndole el cuerpo. A su lado, Caleb dormía de lado, velando su sueño incluso en la penumbra. Su brazo enorme reposaba protector sobre la cintura de ella, amarrándola a su pecho ancho y caliente.

​Elena lo observó durante unos minutos en silencio. La ferocidad con la que se habían entregado la noche anterior, impulsada por la audacia de ella y la devoción desesperada de él, había borrado de golpe cualquier atisbo de duda sobre lo que sentían. Él era su refugio, y estar en sus brazos le daba una paz que la ciudad jamás logró transmitirle.

​Al sentir que ella se movía, los ojos negros de Caleb se abrieron de inmediato, atentos, alerta como los de un animal de monte. Al encontrar los ojos avellana de Elena mirándolo con ternura, la tensión de sus facciones se suavizó por completo.

​—Buenos días, jefa —murmuró el vaquero con la voz ronca por el sueño, acercándola para darle un beso firme en la frente.

​—Buenos días, vaquero —respondió ella, pasándole los dedos por la barba rústica—. ¿Listo para dejar esta ciudad?

​Caleb dejó escapar un suspiro de alivio puro. Esa era la única respuesta que necesitaba escuchar.

​—Más que listo. Empacamos ya mismo y nos vamos.

​Una hora después, el todo terreno de Caleb cruzaba los límites de la capital, dejando atrás el laberinto de concreto y rascacielos. El viaje de regreso a "La Estancia" fue completamente distinto al de venida: el aire denso se había disipado, dando paso a una atmósfera de complicidad y tranquilidad. Elena iba al volante por un tramo de la autopista, manejando con soltura mientras Caleb la miraba desde el asiento del copiloto con un orgullo que no podía disimular, mientras Lucas, en la parte trasera, respiraba aliviado al ver que el peligro de la ciudad había quedado atrás.

​Para la tarde, el paisaje de pastizales verdes, cercas de madera y el imponente aroma a pino de la montaña los volvió a recibir. Al cruzar el gran portón de hierro de la hacienda, Elena sintió una punzada de auténtico alivio en el pecho. Estaba en casa.

​Mientras peones y trabajadores se acercaban a recibir las provisiones y los repuestos que supuestamente habían ido a buscar a la capital, Caleb ayudó a Elena a bajar del vehículo.

​—Ve a la casona a descansar, Elena. Voy a dejar las cosas en el almacén y me reúno contigo en un momento —le dijo el vaquero, dándole un beso corto en los labios.

​Elena asintió y caminó hacia la entrada principal de la hacienda. Pero al entrar al vestíbulo, la atmósfera acogedora se cortó de golpe.

​Doña Leonor estaba de pie cerca de las escaleras, vestida de negro impecable, con los brazos cruzados y esa mirada de frialdad milimétrica con la que siempre recibía a la joven.

​—Vaya... así que la señorita decidió regresar de su paseo por la capital —soltó la matrona con voz helada—. Pensé que al pisar la ciudad recordarías de dónde vienes y te quedarías allá.

​Elena no dio un paso atrás. Sostuvo la mirada de doña Leonor con la elegancia firme que la caracterizaba.

​—Esta es la casa de mi prometido, doña Leonor, y por lo tanto es mi casa —respondió Elena con una calma cortante—. Lamento decepcionarla, pero no tengo ningún interés en irme a ningún lado.

​Sin darle espacio a la anciana para replicar, Elena subió las escaleras a paso firme hacia la habitación principal.

​Mientras tanto, en la parte trasera de los establos, la calma de Caleb se vio interrumpida por el sonido vibrante de su teléfono en el bolsillo de la chaqueta.

​El vaquero sacó el aparato, esperando ver el número de algún proveedor local. Pero la pantalla mostraba un número desconocido de la capital. Con el ceño fruncido y una corazonada helada apretándole el estómago, contestó.

​—¿Hablo con Caleb Sterling? —preguntó una voz masculina, educada, fría y cargada de una arrogancia inconfundible al otro lado de la línea.

​Caleb se congeló, apretando el teléfono con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Reconoció la voz de inmediato. Era la misma voz que había escuchado en la transmisión de televisión de la torre corporativa.

Rodrigo Valente.

​—¿Quién habla? —siseó el vaquero con un tono cavernoso y peligroso.

​—Mi nombre es Rodrigo Valente. Lamento llamarte a estas horas a tu hacienda, Sterling, pero un contacto en el Banco Central, un tal Julián Santillán, me dio tu contacto directo... Me dijo que tú podrías tener información sobre el paradero de mi exprometida, Elena Alfonso.

​El aire en los pulmones de Caleb se volvió veneno puro. Su corazón dio un vuelco violento, mientras el odio y la furia contenida que había ahogado en la ciudad amenazaban con estallarle en la garganta.




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