La Trampa del Vaquero

CAPÍTULO 25 —EL ENEMIGO AL OTRO LADO DE LA LÍNEA

El viento de la tarde soplaba fuerte en el corral de los establos, haciendo crujir las vigas de madera. Caleb permaneció petrificado, con la espalda recta y el teléfono pegado a la oreja. Al otro lado de la línea, la voz de Rodrigo Valente sonaba con esa suficiencia educada de la gente de dinero que cree tener el control sobre todo.

​—¿Sigues ahí, Sterling? —preguntó Rodrigo con impaciencia al no recibir respuesta—. Me imagino que el nombre de Elena te resulta familiar.

​Caleb apretó la mandíbula con tal fuerza que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas tensas. Respiró hondo por la nariz, obligándose a tragar el odio visceral que amenazaba con hacerlo gritar por el teléfono. Se apoyó contra la barandilla de madera, buscando mantener la voz lo más fría y neutral posible.

​—Sé quién es Elena —respondió el vaquero en un murmullo cavernoso, rústico y cortante—. ¿Y tú qué demonios quieres?

​Rodrigo dejó escapar una risita seca, cargada de una condescendencia que le hizo hervir la sangre a Caleb.

​—Vamos a ser prácticos, Sterling. Sé que Elena está en tu propiedad. Me lo confirmó Santillán esta mañana. No sé a qué juego estás jugando con ella ni qué tipo de arreglo tengan, pero Elena dejó unos asuntos legales y financieros inconclusos en la capital antes de irse de imprevisto. Necesito comunicarme con ella para que firmemos unos poderes de la firma y cerremos ese asunto de una vez por todas.

​Caleb cerró los ojos por un segundo, apretando el puño libre hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La rabia le quemaba el pecho: el miserable que la había engañado con su mejor amiga ni siquiera la estaba buscando por remordimiento o por saber cómo estaba, sino por la bendita firma para salvar sus negocios de rico.

​—Elena no tiene nada que hablar contigo —siseó Caleb, con una amenaza implícita vibrando en cada palabra—. Y mucho menos va a firmarte un solo papel.

​—Apreciable vaquero... creo que no entiendes cómo funcionan las cosas en el mundo real —respondió Rodrigo, cambiando el tono a uno mucho más frío y arrogante—. Elena es una mujer de la alta sociedad y tiene obligaciones corporativas que no se borran solo por irse a esconder a un pueblo de montaña. Si no me la pones al teléfono o si intentas obstaculizar sus negocios, voy a subir a tu hacienda con mi equipo de abogados y con la policía si es necesario. Así que evítate un problema legal que no vas a poder pagar.

​Caleb soltó una risa baja, peligrosa, una risa que hizo que Rodrigo guardara silencio al otro lado de la línea.

​—Escúchame bien, Valente —sentenció el terrateniente, dando un paso al frente y clavando la mirada en el horizonte de la montaña—. Puedes traer a tus abogados, a tus policías y a todo tu dinero de la capital si quieres. Pero si te atreves a poner un solo pie en 'La Estancia' a molestar a mi mujer, no vas a salir de esta montaña caminando.

​—¿Me estás amenazando, campesino? —soltó Rodrigo, perdiendo la compostura.

​—Te estoy advirtiendo —cortó Caleb de golpe—. No vuelvas a llamar a este número.

​Caleb colgó la llamada de un tironazo y tiró el teléfono sobre la mesa de trabajo del establo. Respiraba agitadamente, con el corazón retumbándole en las costillas.

​El peligro ya no estaba en la televisión ni en un restaurante lejano. Rodrigo Valente sabía dónde estaba Elena, y el banquero le había servido la ubicación en bandeja de plata.

​El vaquero se pasó la mano por la cara, sintiendo cómo el cerco se cerraba sobre él. Si Rodrigo subía a la hacienda con abogados o documentos, la verdad estallaría en mil pedazos: Elena sabría que jamás hubo un compromiso en la montaña y sabría la verdadera razón por la que había huido de la capital.

​En ese preciso momento, la sombra de Elena se proyectó sobre la puerta del establo. Había bajado de la casona tras cambiar su vestido por ropa más cómoda y caminaba hacia él con una sonrisa suave.

​—Caleb... —dijo ella, acercándose al notar su postura rígida—. Te estaba buscando. Te tardaste mucho. ¿Pasa algo?

​Caleb se giró despacio hacia ella, recogiendo el teléfono de la mesa con un movimiento rápido y guardándoselo en el bolsillo antes de que ella notara la agitación en sus ojos.

Caleb obligó a sus músculos a destensarse, trágándose el veneno de la llamada antes de que los ojos avellana de Elena percibieran el desastre. Dio dos pasos al frente, acortando la distancia entre ellos en la penumbra del establo, y la tomó suavemente por la cintura para pegar su cuerpo al de ella, usando el contacto físico como su único refugio.

​—Nada, jefa... solo revisando unos asuntos de los caballos con los peones —mintió el vaquero con la voz ronca, acariciándole la espalda por encima de la tela fina de su blusa—. Me dejaste pensando en la casona y no me aguanté las ganas de verte.

​Elena lo miró detenidamente, apoyando las manos en el pecho firme del terrateniente. Aunque Caleb intentaba disimular con esa devoción rústica que la derretía, la intuición de Elena no estaba del todo dormida. Había algo tenso en la línea de su mandíbula, un aire de alerta que no cuadraba con un simple chequeo de establos.

​—Estás rígido como una piedra, Caleb —murmuró ella, alzando una mano para rozarle la barbilla con la yema de los dedos—. Si doña Leonor volvió a decirte algo por haberme llevado a la ciudad, no le hagas caso. Le dejé muy claro en la entrada que este es mi lugar y que de aquí no me voy.




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