La noche caía sobre "La Estancia" con la majestuosidad habitual de la montaña. Las luces cálidas y potentes de la casona iluminaban los amplios corredores de madera fina y el patio central, reflejando la prosperidad de una de las haciendas más importantes de la región. El viento fresco traía el aroma a pino y a tierra mojada, rompiendo la calma de la noche con un murmullo constante.
En el despacho principal, iluminado por una lámpara sobre el escritorio de caoba pulida, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica.
Caleb permanecía de pie junto al ventanal, con la camisa de mezclilla impecable, arremangada en los antebrazos, y las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Su rostro, habitualmente sereno y firme, estaba marcado por una dureza sombría. Miraba hacia la oscuridad del camino de entrada.
—¡Tienes que calmarte y pensar con la cabeza fría, Caleb! —siseó Lucas en un susurro urgente, caminando sobre la fina alfombra del despacho y ajustándose las gafas con nerviosismo—. No puedes recibir a ese tipo a punta de golpes si se le ocurre aparecer por aquí. Eso solo va a complicar las cosas.
—Ese miserable engañó a Elena, le rompió el corazón con su propia amiga y ahora tiene el descaro de llamar a mi teléfono a exigirme cuentas sobre una firma —retumbó la voz grave del vaquero, apretando la mandíbula con una furia contenida que le hacía vibrar el pecho—. Si ese infeliz intenta poner un solo pie en mi propiedad para volver a hacerla sufrir o manipularla, lo voy a sacar a patadas.
—¡El problema es lo que ese tipo le va a decir si habla con ella! —lo acorraló el médico, deteniéndose en seco frente al escritorio—. Rodrigo no sabe que Elena perdió la memoria. Él viene convencido de que ella se fue de la capital para cerrarle el paso con sus negocios. Si ese hombre llega a la montaña y empieza a hablar de la traición con Andrea y del compromiso que Elena rompió antes del choque... todo se nos va a venir abajo.
Caleb cerró los ojos un segundo, dejando salir un largo y pesado suspiro.
—Acuérdate de cómo empezó todo esto, Caleb —continuó Lucas en voz baja, pasándose la mano por el cuello con un gesto lleno de compromiso y culpa—. El día del accidente, cuando Elena despertó en esa cama sin saber quién era y escuchamos los tacones de Viviana acercándose por el pasillo, a mí se me ocurrió soltar la mentira de que ustedes eran prometidos. Te lo dije para frenar a tu madre, evitar que te obligaran a casarte con Viviana y darle tiempo a Elena de recuperarse...
Caleb se giró lentamente hacia el médico, con la mirada cargada de una culpa profunda.
—Y yo dejé que la mentira siguiera, Lucas... —admitió el vaquero con la voz raspada, manteniendo la decencia de jamás airear los detalles de su dormitorio—. La respeté desde el primer día. Pasé meses durmiendo a su lado sin ponerle una mano encima, tragándome lo que sentía porque no quería tomar lo que no me correspondía. Pero me enamoré, Lucas. Me enamoré hasta la médula, y si esa mentira se destapa, Elena va a pensar que todo esto fue una farsa.
Al otro lado de la gruesa puerta de roble del despacho, la figura de Elena permanecía inmóvil en la penumbra del pasillo.
Había bajado de la habitación buscando a Caleb, pero las palabras que acababan de atravesar la madera se le clavaron en la cabeza como un choque de realidad.
Elena se apoyó despacio contra la pared, sintiendo cómo el corazón le latía con un pulso sordo y acelerado. No hubo lágrimas ni histeria. La amnesia le había borrado el pasado, pero también había sepultado a la antigua Elena: aquella mujer sumisa, manejable y dócil que Rodrigo Valente y Andrea Alarcón moldeaban a su antojo en la capital. Ni ella misma, ni Caleb, ni Lucas sabían que el accidente había despertado en su interior a una mujer de carácter indomable, con una altivez y una fuerza que no se dejaba pisotear por nadie.
No había un compromiso en la montaña... La farsa la inventó el doctor para salvar a Caleb de Viviana...... Y ese tal Rodrigo la había engañado con una amiga de ella.
Elena no sabía quién era ese Rodrigo, ni qué apellido tenía, ni cómo se comportaba. Solo sabía que ese hombre venía en camino creyendo que ella era una ficha manejable. Pero la Elena que estaba en esa hacienda ya no era la misma.
Tampoco sintió rabia hacia Caleb. Las palabras del vaquero habían sido claras: él la amaba con locura y la había protegido. Elena tomó una decisión fría, inteligente y calculada: guardaría silencio. No diría una sola palabra de lo que escuchó. Cuando ese tal Rodrigo se presentara en la hacienda, ella fingiría tener memoria, le haría creer que tenía una relación con Caleb desde antes para destruirlo donde más le doliera a un hombre y pondría las reglas del juego.
Al escuchar que la conversación en el despacho terminaba, Elena subió las escaleras descalza y sin hacer ruido, regresando a la habitación principal.
Minutos después, la puerta del dormitorio se abrió.
Caleb entró a la estancia con la mirada atormentada y el corazón latiéndole desbocado. El remordimiento le carcomía el pecho. Venía decidido a mirarla a los ojos y confesarle la verdad sobre el origen del engaño antes de que cualquier desconocido llegara a romperle la vida.
—Elena... tengo que hablar contigo —dijo el vaquero con la voz raspada y tensa, dando un paso hacia ella.