La tumba Añil

Capítulo 43: "Espejo gemelo"

A través del aire que podría definirse como algo “metálico” por los colores de los árboles y su pasto, la delicada heredera de luz se paseaba detrás del templo, escuchando la paz antes de la tormenta. Allí, entre las hojas de ensueño, se paseaban los insectos de colores vivos, y sus aves pintorescas que revoloteaban con un extraño como repetitivo patrón, después de todo, estaban hechas a semejanza del mundo humano, pero solo a semejanza, porque se supone que al ser una creación pura del supremo de luz, no podía imitarse a la perfección, porque eso sería un pecado, así que… este tipo de cuenco vacío solo podía llegar hasta aquí; solo podía quedarse la heredera con esta muestra imperfecta de perfección, y este hecho, plantó una ortiga en el corazón de Seitán, quien enseguida se puso a recordar en su espera, el último encuentro que tuvo con su amado.

—Padre… —susurró ella de repente, frenándose ante un lago gris, el cual se removía en un suave oleaje como si quisiera imitar la respiración de Seitán, quien en un momento, se arrodilló y juntó sus manos para rezar—. Por favor, dame la fuerza para poder sobrellevar todo lo que está pasando, también, permíteme llegar al corazón del heredero; permíteme que esté junto a él; sé que tiene más que solo oscuridad en su alma; tengo la fe —asegura ella, y silencia su voz para hacer que los ruegos de su humilde petición se asienten junto a sus amables sentimientos de traer paz a los planos como al resto de mundos, pues su deseo era sincero y puro, pero ese miedo que se le había instalado después de la resolución de las formaciones umbrosas, no la dejaba tranquila, por eso también había citado a Abeliel, para que pudiese despejarle sus dudas… y hablando de él, Abeliel y Zelgadis arribaron al unísono, siendo testigos desde el lado que estaban, de los rezos desesperados de Seitán. Por un lado, Zelgadis, quien estaba en la sombra de Abeliel escondido, no pudo evitar sentir algo de compasión por la heredera de luz, quien debía sacrificarse en todos los sentidos por alguien que apenas conocía, y en el caso de Abeliel, él sabía bien la clase de canalla que era el heredero, quien casi la mata gracias a ese broche de no ser porque Zelgadis y él estuvieron en el lugar y en el momento correctos.

—Voy a acercarme —murmuró Abeliel finalmente, haciendo que sus largos cabellos dorados se menearan con la brisa mientras caminaba hacia Seitán, quien estaba ensimismada en su rezo, hasta que escuchó el paso suave de Abeliel acercarse, por lo que levantó la cabeza, y con una suave sonrisa, lo recibió:

—Oh, Abeliel, bienvenido —saludó ella a ese ángel que ya se había vuelto su amigo, es aquí cuando se puso al fin de pie para poder hablar con él de igual a igual—. Me alegra que hayas decidido venir —a lo que Abeliel se llevó una mano en el pecho e hizo una sutil reverencia con una expresión cálida en el rostro.

—Y a mí verla en condiciones, señorita Seitán —dice él bastante contento al respecto.

—Eso te lo debo a ti y a… —Seitán, quien había puesto sus manos delante de ella una sobre la otra, no pudo evitar sujetarlas entre sí para controlar su tensión, pues el rostro de ese chico peliblanco, y la sensación que tuvo al confundirlo con el heredero oscuro, la seguía sintiendo incómoda y palpable resonando dentro de su alma—, bueno… tú sabes a lo que me refiero —dijo ella, a lo que Abeliel asintió lentamente con cierta tensión disimulada—, y también quería hablarte sobre lo que pasó la última vez que nos cruzamos —Abeliel la observó con bastante más interés que en el inicial y con una expresión severa, pues se tomaba enserio cada palabra que ella decía, así también Zelgadis, quien estaba bien oculto en la sombra de este ángel rubio.

—¿Qué dudas tiene, señorita? —le pregunta suavemente—. Estoy dispuesto a responder todo lo que la acompleje.

—Bien… —ella juntó sus labios y los apretó un segundo—. Entonces vamos por pasos —Seitán suspiró y entonces con valor, empezó a hablar con más fluidez—. Tengo una idea del porqué de tu presencia en el bosque, pero preferiría que me dieras una explicación proveniente de ti —indicó ella extendiendo su mano hacia él, y Abeliel asintió.

—Detecté un rastro sobrante que quedaron de las formaciones umbrosas, de modo que lo seguí con la esperanza de encontrar al culpable, pero… —fue interrumpido en medio de su explicación.

—Me encontraste a mí y al heredero… —soltó Seitán completando la frase, a lo que Abeliel asintió.

—Dado el carácter del heredero oscuro, decidí que lo mejor era ocultarme para evitar cualquier reprimenda de su parte, así que también oculté mi presencia —advirtió.

—Lo entiendo, pero… ¿Qué llegaste a escuchar de nuestra conversación? —le pregunta ella.

—Cuando llegué, capté que usted ya le había preguntado para qué habían ido allí y entonces… —otra vez Seitán completó su frase:

—… entonces presenciaste cómo él invocó a la última etapa de las formaciones umbrosas… —dice ella, e inmediatamente, en la faz de Seitán se plantó una angustia severa que fue acompañada de un silencio casi atroz. Es aquí que Abeliel miró a Seitán con vergüenza ajena hacia el heredero, quien había producido un acto de deshonor hacia su persona, considerándose esto como traición, cuestión que seguramente Seitán sabía, pero… de alguna forma temía Abeliel que pasara por alto, aunque antes, ella mostró después de ese silencio leve, más interés por otra cosa—. Quiero ahora que me cuentes exactamente qué fue lo que sucedió justo antes de que cayera inconsciente, ya que quiero saber si conoces a quien nos salvó —el ambiente inmediatamente se tensó sin necesidad de que Abeliel lo expresara en su rostro, pero sí que apretó los puños cuando ella le habló de Zelgadis, en donde éste tampoco dijo nada respecto a la pregunta de Seitán, pues el mismo Abeliel sabía que la existencia de ese demonio debería ser solo una mera… casualidad. De modo que tomó valor para decir una mentira… blanca para Seitán en lo que una hoja platinada pasaba entre ellos:




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