Anteriormente, Zelgadis había revelado su existencia ante Seitán, logrando de alguna forma su aprobación, sin embargo, aún dejaba muchas dudas a la par; dudas que Seitán estaba decidida a resolver pese a las advertencias de aquel demonio. Por otro lado, de forma inesperada, llegó Misariul, uno de los gemelos que era bien conocido en el plano por ser alguien indistinguible, y que inesperadamente, traía un mensaje de parte del maestro de las manecillas.
—Así que es de Delfos… —expresó Seitán llevándose una mano a la barbilla pensativa, quien luego le dedicó una mirada furtiva a Abeliel, pues tenía sus dudas si era buena idea recibir el mensaje frente a él, es así que se le dio por preguntar al respecto—. ¿Es posible que me lo manifiestes ahora mismo? —Seitán observó cómo Misariul asentía.
—Sí, el maestro Delfos dijo que no había inconvenientes sobre quien escuchara el mensaje siempre y cuando fuera en presencia de la heredera de luz —advirtió Misariul, lo que esto hizo que Zelgadis soltara un comentario que solo Abeliel escuchó:
—“No sé tú, muñequita, pero esto parece algo premeditado…” —sentenció el albino con un tono divertido, pero su compañero, Abeliel, no podía dar juicios precipitados como él, pues necesitaba primero experimentar antes de juzgar.
—Bien, entonces adelante —Seitán dio por hecho de que el mensaje no debía de ser tan indispensable como para que ese recadero le diese tal respuesta, de modo que dejó que Abeliel fuese testigo de la charla.
—Sí, su alteza —es así cómo Misariul se enderezó y entonces empezó a cantar—. El señor Delfos tuvo una visión que la involucra a usted y al heredero, por lo que he aquí su declaración: debe de tener sumo cuidado con su prometido, pues de ahora en adelante, deberá dedicarse en cuerpo y alma a él, ya que alguien que no es muy ajeno a usted, lo arrebatará de sus manos impidiéndole llevar a cabo su misión, en la cual fracasará estrepitosamente si no está atenta a cada señal que se le manifieste —sentenció, y es aquí que Abeliel se sorprendió, a lo cual miró a Seitán, quien se veía extremadamente acomplejada por dicha noticia.
—¿Cómo…? ¿Qué alguien cercano a mí me lo arrebatará…? —casi podía verse reflejado en los ojos azules de ella, cómo la desesperanza comenzaba a consumirla otra vez, pues se llevó una mano al pecho con la idea de calmar sus propios latidos, mientras que Misariul le echó una mirada a Abeliel antes de volver con la heredera.
—Así es… su alteza. Delfos fue muy preciso… necesita hacer todo lo que esté a su alcance para dejarle claro al heredero, que la mejor opción es usted, no importa el precio que eso conlleve, pero debe hacerlo si es que quiere llegar a cumplir con el mandato que se le ha otorgado —dicho esto, un viento ligeramente gélido pasó entre ellos, casi clavándoseles en los huesos a Abeliel y a Seitán, donde el primero en ser nombrado, fue ágilmente con sus ojos a ver a la heredera, pues esa noticia no era ligera como lo supuso al comienzo.
—¿Cómo puede ser…? —Seitán susurró después de un momento con la voz temblorosa, pues sentía que esto había sido una burla por parte del supremo, y no era para menos… qué el mismo Delfos dijera que el futuro estaba escrito, esto la llenaba de una desesperación desbordante, y más con las experiencias que tuvo con su prometido previamente, cosa que Abeliel comprendía, pero éste no pudo hacer otra cosa que mirar a Seitán con ojos preocupados mientras permanecía en silencio—. A todo esto… ¿acaso no tengo derecho a saber de quién se trata…? —Misariul elevó las manos en señal de indignación cerca de su pecho y le respondió a su inquietud:
—Me temo que esa información puede alterar aún más el futuro, ya que esa persona ha captado el interés del heredero —indicó Misariul.
—¿Puedes ser más preciso…? —consultó Seitán con voz pesada.
—Quiero decir que hay varios futuros disponibles que el mismo Delfos se encargó de vislumbrar para evitar caer en la peor posibilidad —indicó él.
—¿Entonces puede pasar una catástrofe mayor si en dado caso me entero de quién se trata? —preguntó Seitán ahora desconcertada—. Aun si eso implica ciertas confrontaciones… ¿cómo puedo competir contra alguien a quien ni siquiera le conozco sus cualidades? —lo que Seitán consultaba tenía toda la coherencia del mundo, pero Misariul no supo cómo apaciguar su ansiedad.
—Me temo que no tengo una solución a ese problema, su alteza —indicó, dejando a Seitán con un amargo sabor en la boca—. En cuanto a usted… —Misariul se dirigió a Abeliel, quien seguía allí, sorprendiendo al ángel que era testigo de toda esta payasada—. El maestro de las manecillas indicó que también estaría aquí, por lo tanto, tengo un mensaje para entregarte, compañero de batalla —hizo una reverencia para saludarlo, y Abeliel, quien cruzó miradas con la dama desafortunada, volvió hacia Misariul.
—Te escuchó, Misariul —se predispuso Abeliel.
—Sí. Como verás… Delfos está al tanto de que eres cercano a la heredera, y por lo tanto, sabe que juegas un papel vital en todo esto —advirtió, lo que le llamó la atención a Abeliel como a Seitán, pues no podían entender exactamente a qué se refería, pero antes de ponerse a juzgar, la queja baja de Zelgadis que hizo con su lengua, lo obligó a salir de sus pensamientos a Abeliel, es aquí que la oración de Misariul, los sacó de las dudas a ambos—. Sé que esto parecerá confuso, no obstante, las palabras de Delfos fueron las siguientes: “Eres quien deberá asegurarse de guiar a su alteza de luz por el camino correcto, así que… no te desvíes de tus principios.” —Zelgadis dentro de la sombra de Abeliel, entre cerró los ojos con sospechas y disgusto, mientras que Abeliel, se sintió más relajado con este mensaje, aunque… Seitán…
—¿Acaso eso significa que caeré en las sombras? —preguntó ella con una mano en el pecho, a lo que Misariul la observó y señaló con su voz:
—Su alteza… me temo que aquí tampoco puedo entrar en detalles, solo por el simple hecho de que es algo que deberá ser decisión de su gusto personal; hay cosas en las que el maestro Delfos no puede intervenir, o es lo que me ha explicado él, y por ello, está siendo cuidadoso al respecto —advierte Misariul.