El único ojo de Abeliel se abrió por completo ante la insinuación de Zelgadis sobre el heredero. Entonces… ¿realmente Belial planeaba hacerse con más poder usando… a Seitán? Inmediatamente Abeliel reaccionó, y tomó del brazo a Zelgadis para empezar a exigirle más información.
—¡Lo que estás diciendo es muy grave, Zelgadis! ¿Cómo es que sabes de los planes ocultos de Belial? ¿En verdad ustedes acaso son más cercanos de lo que creo que son? —indagó rápidamente apretando los músculos de su compañero, a lo que éste parpadeó bastante sorprendido al respecto, e incluso se hizo un poco hacia atrás por lo mismo.
—¡Oye, espera un segundo! —Zelgadis se alejó un poco incómodo de Abeliel, y quitó la mano de él con suavidad, para luego llevarle calma con sus siguientes palabras—. Lo que estoy diciendo no es más que una conjetura, en especial porque se dice que el heredero ha perdido su corazón —es aquí que Abeliel se calmó, pero aún había rezagos de preocupación en su rostro y… al escuchar esta frase de parte de su novio, recordó algo que dijo antes cuando rescataron a la heredera.
—Un segundo… eso dijiste también cuando salvamos a Seitán de las formaciones umbrosas —comentó llevándose una mano a la barbilla, cuestión que Zelgadis hizo que entre cerrara los ojos—. No lo pregunté a profundidad en su momento pero… ¿a qué te refieres con que Belial ha perdido su corazón? —indagó Abeliel con mejor ánimo, pero Zelgadis solo produjo una sonrisa incómoda, lo que hizo que Abeliel intuyera algo… Teniendo en cuenta la clase de persecución que estaba orquestando Belial contra Zelgadis, y que buscaba de alguna forma la libertad que éste había obtenido, más el dato de que Belial no tenía corazón… resultó en que Abeliel empezara a unir las piezas del rompecabezas. Es así cómo el rubio retiró su mano de la barbilla y miró a Zelgadis más detenidamente, pues recordó los poderes que había usado contra las formaciones umbrosas y… entre abriendo los labios con impresión, negó firmemente con la cabeza después de cerrar su orbe, tratando de sacarse la suposición de la mente; esto… le estaba empezando a provocar un terrible dolor de cabeza, y obviamente, se llevó la mano a la misma indicándole así a Zelgadis que le sucedía algo.
—¿Estás bien…? —preguntó este albino al ver la reacción de Abeliel, quien un segundo después de escucharlo, levantó la mirada de su único ojo hacia él y entonces, soltando un suspiro, le dijo:
—Lo estoy… Mejor… olvidemos este tema —el ambiente entre los dos se había enrarecido de repente, y todo eso gracias a la sospecha que se le había pasado por la mente a Abeliel, la cual sin dudas era absurda, para colmo, Zelgadis pareció intuir también lo que ese rubio estaba pensando, pero en lugar de insistir, prefirió dejar las cosas de esta manera—, nuestra prioridad es Solventa; hay que salvarla, y ya no nos queda tiempo; la tarde está cayendo —advirtió a lo que Zelgadis asintió, y siguió a Abeliel justo detrás de él por un largo rato en silencio, cuestión que extrañó al rubio angelical, el cual en su caminata, le habló—. ¿Qué pasa? No eres de mantenerte tanto tiempo callado —a lo que Zelgadis, al darse cuenta de este hecho, se rescató, y entonces en un movimiento apresurado atrapó a Abeliel por detrás haciendo que los pies de ese ángel dejaran de tocar el suelo y éste empezara a quejarse por lo repentino del abrazo.
—¡Solo estaba admirando ese lindo zarandear de caderas que tienes junto a tu pelo! ¡Es hipnótico! —señala él albino mientras lo mantiene en esa posición tan incómoda.
—¡Bájame! ¡Ya vas a empezar de nuevo! ¡No debemos perder el tiempo! —asegura Abeliel, quien siente al poco cómo sus pies son depositados en el suelo, pero definitivamente no es soltado por ese grandulón demoniaco.
—Oh, vamos Abeliel, no seas así. No pasará nada por unos minutos —lo mantuvo cerca de él con ese tono juguetón—, además… —de repente la voz de Zelgadis se congeló en un ambiente lleno de angustia, y como Abeliel era perceptivo para estas cosas, se quedó quieto confundido y a la expectativa del siguiente movimiento que él llevaría a cabo—. Prometes… que me seguirás queriendo aun después de saber la verdad… —Abeliel al recibir esta consulta, se quedó quieto, replanteándose la posibilidad de lo que había intuido, y entonces miró hacia las copas de los árboles sin poder tampoco apartarse del fuerte abrazo de Zelgadis, para entonces soltar un pequeño suspiro, al cual luego le siguió una suave sonrisa llena de resignación.
—Los sentimientos son complejos, pero más complejo es cambiarlos —aseveró él, y Zelgadis miró a su amante con asombro para luego soltarlo poco a poco.
—Entonces… —después de que Abeliel fuese liberado, éste se giró hacia Zelgadis y le fue más directo:
—Zelgadis, sea la verdad que sea la que vayas a contarme en el futuro, no cambia el hecho de quién eres para mí. Siempre serás… Zelgadis —le dice con una suave sonrisa, a lo que Zel sintió que sus mejillas se tiñeron de carmín, y entonces se llevó nervioso una mano detrás de la nuca.
—Ah… realmente eres especial… Como me hubiese gustado ser yo al que le hicieras ese juramento y no a la heredera —se quejó el albino, y Abeliel se rio suavemente llevándose una mano a los labios tiernamente.
—¿Entonces sí te has puesto algo celoso? —pregunta, a lo que se lleva la mano que estaba en su rostro ahora a las caderas, viéndolo con mayor relajación que antes—, aunque descuida, no es más que una mera formalidad con respecto a la lealtad que tengo por su alteza; jamás la traicionaría, y contigo, no necesito hacer juramentos —Abeliel se acerca a Zelgadis, y entonces apoya su mano sobre el torso de él, acariciándolo suavemente en lo que, con su esmeraldino ojo, le escudriña con cariño—. Eres muy importante para mí.
—Ah… —Zelgadis se había quedado sin palabras ante las afirmaciones de este rubio angelical, y entonces, sintió de repente la necesidad de alejarse frente a esta inesperada muestra de cariño, no porque le desagradara, sino que ese cosquilleo que le producía en su pecho, era tan intenso que no sabía cómo manejarlo, de modo que tomó distancias y, de una forma muy cómica empezó a adelantarse a ese ángel—. ¡Será mejor que sigamos por el camino o pueden escapársenos las pistas del culpable! ¡Movámonos, movámonos! —repitió varias veces, descolocando así un poco a Abeliel, quien creía que estaban teniendo un buen momento, y pese a su interpretación, ese adorable demonio se estaba alejando porque… ¿estaba avergonzado? ¡Esa era una nueva etapa que Abeliel descubrió y consideró muy linda de su parte!, e incluso entendió que ese demonio era más que pura galantería o sadismo. Es así que, sin chistar, Abeliel fue detrás de Zelgadis con una nueva idea respecto a él mientras dejaba que ese demonio asentara sus nuevas sensaciones; definitivamente, cada momento que pasaban juntos, los hacía unirse más.