La tumba Añil

Capítulo 48: "La maldición de Pavía"

No hay escenario más aterrador en la vida del creador, que ver cómo un corazón puro se tiñe de un denso mar de brea gracias a los otros que rodean a este ser, los cuales se alejan sin culpa. Sin embargo, Seitán no era cualquier tipo de ser, no… ella era la heredera de la luz, y aunque su vestido junto a sus manos que volvían a recoger la pieza de sus desgracias con un temblor ligero estaban manchados de sangre, aún no estaba destruida hasta la médula, pero sí afectada; su alma temblaba después de estos dos encuentros inesperados, en especial con el del heredero. No podía evitar pensar mientras escuchaba la risa en forma de eco del oscuro, si es que realmente su sacrificio sería recompensado, por lo que ella, con la pieza de su desgracia otra vez entre sus dedos, juntó sus palmas y volvió a rezar al supremo por una resolución; una resolución que iluminara al prometido que tanto la detestaba y fuese capaz de diferenciar entre un acuerdo superficial de sus sentimientos sinceros. Justo después se levantó con lentitud debido a que sus rodillas las sentía resentidas de tanto estar posada sobre el quemado césped, y en el proceso, se dio cuenta de que la inmunda risa que la estaba acosando minutos atrás, se había acallado.

—Debo regresar y… cumplir mis deberes —se convenció a sí misma de lo que debería hacer, pero… no pudo dar ni un paso entre tanta penumbra. Así que, con el alma sobrecogida, se mantuvo en posición unos largos y aterradores segundos, hasta que sacó el valor de su maltrecho corazón e iluminó su camino al invocar una esfera de luz. Si bien aún su cuerpo tiritaba, al menos había recobrado ese preciado objeto que ahora se encontraba en su otra mano, es por ello que emprendió el viaje de regreso.

***

Las sombras podrían sonar poderosas cuando se las desconocía, pero una vez todo tomaba el lugar que correspondía, como el suave amanecer, te dabas cuenta de que nada era tan aterrador como parecía. Así le pasó a Seitán apenas regresó al templo del nacimiento, su lugar de apogeo; ella se quedó un momento recibiendo la llegada del sexto día, el cual se reflejaba por encima de la cúpula que rodeaba a su plano e imitaba al humano, y en su distracción, Mikal, otro de sus siente guardianes, junto a Seon, le llamaron la atención.

—¡Su alteza! —gritaron en conjunto yendo a su encuentro, y Seitán giró hacia ellos para recibirlos.

—Su alteza… su vestido —mencionó Seon preocupado observando con prisas las manchas de sangre, y buscando el motivo de ésta.

—Joven heredera, ¿cómo es que ha terminado de este modo…? —preguntó Mikal. Este ángel de piel tostada, orejas puntiagudas, cabello negro corto con algunos bucles por aquí como por allá sin parecer exagerado, tenía una personalidad tan impecable como los demás, no obstante, era más un ratón de biblioteca, y se le asignaban más misiones de reconocimiento, aunque esto no significaba que fuese un enclenque a la hora de tomar el acero para defender lo que debía. Por último, sus ojos eran de color agua marina y se encontraban acomodados detrás de unos anteojos dorados de marco muy amplio, con una expresión que imitaba a la perfección la de su compañero de batalla, por lo que, aunque Seitán no tenía ganas de responder, debía hacerlo. Sin embargo, cuando estuvo a punto de abrir la boca, la voz del oscuro se coló como el agua en un eco tenebroso:

“No tienes la obligación de responderles si no quieres.”

La sinceridad en esas palabras, eran una tentación que no dejó evidencia en los ojos de aquella que la había escuchado; ese susurro que quería atentar contra sus normativas, y no lo permitiría, por lo que pasó de largo como si se tratara de un viento sordo.

—No deben preocuparse, Mikal, Seon. Me he cortado con esto —mostró el broche a ambos, y después de verlo los dos levantaron la mirada.

—Pero ¿cómo su alteza…?, usted no es la clase de persona que se haría daño tan fácilmente —indicó Seon con una tristeza marcada en el rostro por esto.

—¿Quiere que la acompañemos a la sala de recuperación? —le pregunta Mikal amablemente.

—No se preocupen, no es tan grave como parece, tampoco hace falta entrar en detalles —hizo una breve pausa mirando el suelo en lo que se llevaba el objeto al pecho—. Iré por mi cuenta más tarde, por ahora, meditaré, por lo que dejen avisado, que no estaré presente hasta el final del día de mañana —después de esta notificación, ambos se miraron extrañados, pero no exentos de esos sentimientos protectores hacia su persona.

—Entendido su alteza, en ese caso, solo acudiremos a usted si nos encontramos con algo que no podemos manejar —advirtió Mikal, a lo que Seon estuvo de acuerdo—. Con su permiso, nos retiraremos —el par hizo una reverencia, y se alejaron con paso dudoso de las tierras grises del templo del nacimiento. A continuación, Seitán miró atrás por un segundo para cerciorarse de que sus ángeles ya estaban a una distancia razonable, y disimulando calma, se adentró al templo del nacimiento, en donde apenas se sentó en el gran salón con los brazos abiertos y con sus palmas hacia el cielo, la voz del oscuro la asaltó de nuevo:

“Parece que se ha presentado el momento ideal para estrechar nuestros lazos...”

***

El infierno apenas estaba cayendo sobre la cabeza de Seitán; un infierno que casi estaba pidiendo a los gritos gracias a su tozudez, y a la vez… por las ansias de algo que no podía denominarse sinceramente como: amor. Sin embargo, mientras este manto lleno de pesares se cernía sobre ella, Leniel se había dividido con sus guardianes para buscar información de Taruis y Delfos.

En primer lugar, Kadmiel y Alaniel se fueron por un lado, mientras que Leniel se fue por otro, dejando por ahora, a los dos primeros en compañía mutua, aunque esto no dejó al costado que este par necesitara hacer las cosas con un apuro más que magistral, lo que significaba que debían separarse otra vez, por eso Kadmiel instruyó a su mudo discípulo en el arte básico del salto, para que así cogiera con su energía estabilidad por los pedruscos resbaladizos y las tablas que flotaban entre las chozas, las cuales no se veían nada avejentadas solo algo mohosas por el agua, por consiguiente, Alaniel, como lo había demostrado otras veces, aprendió más rápido de lo que cualquiera hubiese logrado, en consecuencia, fue así que se separaron. Si bien se habían tomado un momento para hacer esa leve introducción, ambos no se retrasaron en su tarea, y lograron recopilar en un tiempo razonable, detalles de gran importancia. En el caso de Alaniel, a él le costó más que a los demás sacar algo útil de toda esa gente, porque la mayoría no sabía lenguaje de señas, pero eso sí, encontró mucha juventud en la aldea que vestía ropas andrajosas.




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