La tumba Añil

Capítulo 49: "El destierro"

Las aguas del lago resonaban en un sutil eco de calma, uno que indicaba la dicha antes de la tormenta, y con ella, Leniel aún estaba activa en su misión de descubrir la verdad sobre Delfos, es por ello que, el empujón de la vida la llevó a una casa más apartada que las demás, y al aterrizar con elegancia sobre las tablas, se acercó a golpear la entrada. No obstante, apenas sus nudillos hicieron el ademán, se detuvieron en seco cuando una lápida cercana llamó su atención; al comienzo no le había dado importancia por su urgencia de tiempo, pero sus principios no la dejaron ignorar dicho lecho, así que se agachó con la intensión de rendirle homenaje al leer su epitafio, y vaya sorpresa… porque allí decía: “En honor a Gregory Ulty, uno de los antiguos ancianos de la aldea que sacrificó su existencia para salvarla al aceptar el veneno de la angustia.”

—¿La angustia…? —susurró para sí misma Leniel, quien luego miró con otros ojos la puerta, de modo que se levantó y empujó con las puntas de sus dedos aquella que estaba corroída por el tiempo, la cual le respondió a su leve empujón con un rechinido antiguo, es aquí cuando el desconcierto la invadió. Por un segundo, tuvo miedo al reproche que se le vendría encima, sin embargo, al no escuchar ningún reto que viniese desde sus penumbras, se introdujo con cuidado a la morada, por lo que una vez allí, escudriñó los alrededores con sus ojos; en rasgos generales… todo estaba limpio; impecable, como si alguien se dispusiera a cuidar de la misma pese a que el corazón del hogar fuese inexistente, mientras que los muebles, no eran los mejores, ya que compartían el mismo estado de pobreza que el de las anteriores chozas que había estado visitando tiempo atrás, y pese a que el panorama parecía no ofrecerle nada nuevo, decidió dar un salto de fe e internarse más.

Mientras exploraba cada esquina, se encontró un escritorio destartalado que no tenía sus patas fijas, solo las maderas puestas de tal manera para que no terminara cayendo al intentar darle uso, de modo que Leniel se acercó con cautela y observó un cuaderno un poco hinchado, quizás por la humedad del ambiente de aquel precario lugar gracias al lago, llamándole notoriamente la atención por el dibujo de la luna y una estatua muy parecida a la heredera anterior: Pavía. En cuanto a sus características, el dibujo en su tapa, estaba hecho con hojas blancas recortadas, y quizás trazado con carboncillo, un elemento muy antiguo de dibujo. Este detalle, le pinchó lo suficiente la curiosidad como para que tomara el objeto, y así, empezara a leerlo.

—Esto es un diario… —susurró para sí.

En sus hojas, se contaba los inicios de la invasión a la aldea por parte de las huestes oscuras, las cuales deseaban quedarse con una niña llamada Taruis, lo que impactó a Leniel.

—¿Acaso… ellos ya sabían sobre las capacidades de Taruis? —otra vez habló sola, más continúo leyendo en su mente, recopilando otros datos de gran importancia, como el hecho de que Taruis realmente no provenía de la aldea Luminaria, sino que era una niña bendecida con el don del tiempo, que fue encontrada por el mismo hombre que descansaba ahora debajo de esa tosca lápida a un lado de la choza, y que cuyo sitio en el que ella fue hallada tenía que ver con el sendero que lleva a las montañas del miedo al hielo eterno. Si bien los orígenes de Taruis eran todo un misterio, su poder era evidente; la forma en que se desarrolló dentro de la aldea, fue increíble, pues mostró capacidades a temprana edad que a cualquier otro le hubiese tomado años desarrollar dentro de la orden de las manecillas, sobre todo, la comprensión en el arte de la adivinación, y una especial conexión con las estrellas. No obstante, el milagro de su poder que advertía de peligros casuales, más otro que fue realmente importante que no se entró en detalles, pronto tomó un tinte grumoso, porque se narraba en el diario que los demonios supieron leer tanto su neutralidad como su valía, de modo que comenzaron a atacar la aldea para apoderarse de ella, aun así, este hombre que se hizo responsable de cuidarla, la mantuvo consigo hasta después del sacrificio de Pavía, y dado que su condición delicada le impedía cuidarla, decidió que lo mejor era entregarla a Delfos, quien aceptó con solemnidad el encargo, pues nunca se negó a la necesidad de otros mientras juraba y perjuraba, que encontraría la manera de hacer que el veneno se ralentizara hasta que la siguiente generación de la heredera de luz fuera a aparecer, no obstante, después de eso, Delfos se desvinculó de ellos. De este modo tres días pasaron, y para cuando se volvieron a cruzar, Delfos ya no era el mismo, y mucho menos su discípulo. En las siguientes páginas el hombre decía, que cuando preguntaba por Taruis a este maestro, de alguna forma perdía sus recuerdos, y solo volvía a recordar a su niña cuando descubría el diario, hasta que un día dejó de hacerlo por miedo a que sus recuerdos fueran otra vez sellados, así también los ataques de los demonios cedieron solo a los alrededores después de la entrega de Taruis, no obstante, la aldea se mantuvo precaria gracias a esta situación, sin mencionar a los ancianos que siguen con el veneno de angustia en sus venas.

—Taruis… ella probablemente fue entregada a una temprana edad a Delfos y por eso no recuerda su comportamiento amable antes de lo pasado con Pavía… —Leniel cerró el cuaderno, y se lo pensó dos veces antes de llevárselo, pero prefirió dejarlo allí, pues quizás serviría para alguien más en caso de que necesitara saber la verdad de su situación. Es así cómo ella se retiró de la choza, pero no antes de volver a revisar para ver si se encontraba con algo más de relevancia, no obstante, sin tener más pistas, decidió irse.

A la hora, los tres ya habían logrado barrer con toda la aldea, y volvieron a reunirse justo cerca de la entrada, una vez allí, los tres compartieron puntos de vista, en especial la información más importante que se recopiló, la cual fue de Kadmiel.




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