La tumba Añil

Capítulo 51: "Mi tesoro inverso"

El heredero oscuro había comenzado a moverse, pero en paralelo con las demás situaciones, estaban Zelgadis y Abeliel, quienes buscaban alcanzar a Leniel en su necesidad por resolver el percance de Solventa, pues habían decidido mostrarle sus hallazgos, e intentar armar una estrategia con el poco tiempo que les estaba quedando. ¿Sería posible e incluso milagroso que ellos tres pudiesen crear una absolución en menos de un día? Si bien, las posibilidades eran infinitas, lo que marchaba a paso seguro era el tiempo que tenían entre manos, así como los pies apresurados de Zelgadis y Abeliel.

—Tranquilo, mi muñequita, ellos no van a desaparecer así como así… —indicó Zel manteniéndose a su lado a paso presuroso, y observando cómo empezaban a avistar la aldea Luminaria desde lejos; si bien podrían atravesar planos en un instante, la realidad era que se volvía más complicado rastrear energías entre brechas dimensionales, así que lo más adecuado, para interceptar más rápido los rastros de otros seres, era ir a pie; tardaban un poco más, pero eso no los hacía perezosos, solo abarcaba una diferencia ínfima de minutos.

—Nos queda esta noche y un día… Si no nos apresuramos… —Abeliel no terminó de hablar que se detuvo en seco con una expresión de genuina sorpresa, y Zelgadis le acompañó en el sentimiento.

—Qué rayos está pasando… —susurró Zelgadis con molestia mientras sostenía la esfera con las llamas oscuras en ella, observando directamente a la aldea Luminaria.

—Su energía… ¡la energía de Leniel desapareció de repente junto a la de los demás…! —dice Abeliel alarmado, advirtiendo a Zelgadis de lo obvio, quien frunció el ceño aun más cuando notó la distorsión momentánea entre los planos, dejando boquiabiertos a ambos, pues fueron testigos de lo mismo que Belial y Hangra—. No puede ser… —murmuró Abeliel aterrorizado.

—¡¿Los planos se están fusionando?! —gritó Zelgadis sin paciencia; la expresión relajada que tenía se había ido al garete, aunque con esto, la mejor parte de su mente se puso a funcionar, de modo que enseguida le reclamó a Abeliel sobre esto—. ¿¡Acaso no estaba el avatar de agua en función?! ¡¿Cómo es que los planos se están desestabilizando?!

—¡Solvintu habrá descuidado sus funciones después de perder toda esperanza con su hermana! —conjeturó con frustración Abeliel bajando la cabeza—. La señorita Leniel intentó convencerla para regresarle los ánimos y que participara con nosotros en la búsqueda de una solución, pero… —Abeliel apretó los puños con indignación.

—¡Esa maldita estúpida…! —gruñó con mucha molestia Zelgadis después de revolverse los cabellos con una mano—. ¡Bien! ¡Entonces no tenemos tiempo de ir a buscar a Leniel, habrá que marcar prioridades! ¡Primero llevémosle esto a Manfiel e intentaremos convencerlo de que analice las llamas!, luego iremos a rescatar a los demás…

—¡Claro, dejar que te vea es una grandiosa idea! —interrumpió con ironía y luego enmarcó su decisión—. ¡Claro que no! —sentenció Abeliel—. ¡Lo que debemos hacer primero, es ir a ver el estado de las rosas! Yo también soy un guardián y tengo responsabilidades con eso… Si dejamos que pase el tiempo, los planos podrían…

—Pero ¡qué diablos dices! ¡No pienso dejar que te vayas a encargar de semejante tarea! —a Zelgadis le saltó una vena en la frente; no pensaba dejar que Abeliel se arriesgara, porque si bien sabía que era poderoso, entendía que no iba a poder manejar algo que solo los avatares o los herederos podrían hacer—. ¡Iremos primero con Manfiel y se acabó! ¡Me escuchas! —le vociferó, y por culpa de la acalorada discusión, no se dio cuenta de que le faltaba peso en la palma que sostenía la esfera hasta unos segundos más tarde, por lo que cuando miró de reojo, notó el faltante, y se exaltó—. ¡Qué carajos!

—¡Dónde está la esfera con las llamas! —exclamó de inmediato Abeliel, percatándose de lo mismo, y entonces un chiflido les captó la atención a ambos, haciendo girar sus cabezas hacia la dirección, observando sobre una colina pequeña, un par de rostros conocidos para el ángel rubio. Justo allí, se encontraban con poses engreídas, dos ángeles que conocía bien Abeliel, y uno de ellos sostenía en su mano, las llamas negras encapsuladas—. ¿Misariul y Yamiliel? —Abeliel no podía dar crédito a lo que le mostraban sus ojos, ya que los dos seres que se encontraban delante de ellos, despidiendo un aura de prepotente burla, no eran otros que los gemelos con los que se decía que Kadmiel andaba. Un par de hombres rubios, de finos rasgos, ojos azulados rasgados, de la misma contextura andrógina, y que vestían entre ellos una camiseta blanca, acompañadas de una chaqueta, pantalones y zapatos de charol del mismo color.

—Hola Abeliel, tanto tiempo —levantó una mano uno de los gemelos, a quien no se sabía si era Misariul o Yamiliel, porque ambos eran idénticos hasta en el tono de voz.

—¡Ustedes…! ¿Nos traicionaron? —dijo Abeliel muy molesto dando un paso hacia ellos.

—¿No es obvio…? —dice Zelgadis mascullando con fastidio.

—¡Ey, ey! ¡Tú, el demonio atractivo! —señaló otro de esos dos, y Zelgadis se llevó un dedo apuntándose a sí mismo—. Sí, sí, tú, ¿acaso ves a alguien más aquí? —Zelgadis sonrió peligrosamente ante esta provocación—, no te habíamos visto nunca antes, pero déjanos decirte que nosotros nos encargaremos de esto —dijo mientras hacía girar la esfera de energía como si fuera un balón en su dedo.

—¡Ja! Estos mal paridos… los voy a… —susurró Zelgadis manteniendo la expresión aterradora con la que cargaba, pero que fue interrumpida cuando Abeliel le soltó lo siguiente:

—No tengo tiempo de ponerme a pelear con ellos; tendrás que encargarte de ellos tú solo Zelgadis —advirtió Abeliel con severidad, y esto desconcertó a la pareja del ángel, quien perdió toda su fachada de asechador.

—¿QUÉ? ¡Oye, ni te creas que te vas a…! —antes de que pudiese terminar, Abeliel ya había amplificado su poder con el arete y desaparecido de la vista de Zelgadis—. ¡MALDITA SEA! —gruñó el albino, y el par de gemelos se rio de la situación de una forma muy dulce, hasta que se decidieron frenar para hablar:




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