Un automóvil avanzaba a gran velocidad rumbo a las montañas al inicio de la noche. Un grupo de cinco personas se dirigía hacia un nuevo destino... o quizá hacia un nuevo final, en medio de una estación de invierno que mostraba la densa nieve en todo su esplendor.
El viento golpeaba con furia el automóvil, arrojando violentas ráfagas de nieve contra el parabrisas. El conductor, Carlos, apretaba el volante con fuerza; sus manos, ya enrojecidas, comenzaban a resentir el frío. Los faros apenas lograban iluminar el camino, devorado por la tormenta y envuelto por una inmensa y espesa blancura que parecía tragarse todo a su alrededor.
En el asiento trasero, Daniel observaba el paisaje desolado a través de la ventana empañada, mientras Kevin y Pedro intercambiaban murmullos nerviosos, llegando a la misma conclusión: la noche y la nieve jamás hacían buena compañía.
Ciena, la única mujer del grupo, permanecía en el asiento del copiloto. Se envolvía cada vez más en su abrigo, intentando ignorar el frío que se filtraba por las grietas del vehículo. Sin embargo, no era el frío lo que realmente la inquietaba. Miraba con desconfianza todo cuanto la rodeaba, como si una presencia invisible le advirtiera que algo profundamente terrible estaba por suceder.
Ninguno de ellos se conocía realmente. Solo compartían un mismo destino: una empresa minera ubicada en las montañas. Era un trabajo temporal que prometía una excelente paga, aunque la oferta había llegado en pleno invierno, cuando todos sabían que aquellas montañas quedarían sepultadas bajo la nieve y que los peligros serían innumerables.
Aun así, todos los ocupantes de ese automóvil compartían algo más que el destino: una vida llena de deudas, problemas económicos y necesidades que parecían no tener fin. Ninguno tenía dinero suficiente para rechazar aquella oportunidad. Aunque todo estuviera en su contra, decidieron aceptar.
Carlos seguía con atención una ruta marcada en un mapa que descansaba junto al parabrisas. Alternaba constantemente la mirada entre el papel y el exterior, donde la espesa nieve, mezclada con la oscuridad de la noche, hacía imposible distinguir el camino. Condujo durante varios minutos, hasta que su corazón comenzó a acelerarse.
El tiempo que debía haber tardado en llegar ya se había duplicado.
Y aún no encontraba el destino.
No pasó mucho antes de que comprendiera, con un profundo desconcierto, que ya no sabía dónde estaba. Lo único que parecía aumentar era la nieve, cada vez más abundante, más silenciosa... y extrañamente lúgubre.
Kevin, que era bastante observador, también comenzó a sospechar. Había notado que el viaje se prolongaba demasiado y, a través del retrovisor, veía el rostro de Carlos alternando entre el mapa y la carretera con evidente preocupación.
Entonces rompió el silencio.
—Oye, amigo... ¿qué pasa? ¿Acaso estamos perdidos?
Carlos no respondió.
Kevin insistió una vez más. La presión de las miradas terminó por vencerlo.
—Algo no está bien... La ruta ya no coincide con el mapa.
El ambiente dentro del automóvil cambió al instante. Pedro, Ciena y Daniel comenzaron a alterarse. Intentando conservar la calma, Carlos añadió:
—Encontraré el camino. Tranquilos... Piensen en el trabajo. Vale la pena. La paga es muy buena.
Pero, perdidos en medio de la nada, el dinero era lo último en lo que cualquiera de ellos podía pensar.
—Tenemos que dar la vuelta —murmuró Daniel.
Carlos negó lentamente con la cabeza.
—Si nos detenemos, podríamos quedar atrapados.
Ciena tomó el mapa. Al tenerlo más cerca, comenzó a estudiar cuidadosamente la ruta. Recordó el punto exacto desde donde habían partido y siguió cada tramo con el dedo. Hasta hacía apenas unos minutos, todo coincidía perfectamente. Sin embargo, ahora el camino simplemente... había desaparecido. Era como si la montaña hubiera borrado cualquier rastro de la carretera.
Daniel intentó tranquilizar a todos.
—Lo mejor es detenerse y pedir ayuda antes de que la tormenta termine de borrar cualquier pista que nos permita regresar.
Pedro asintió de inmediato. Kevin levantó su teléfono.
—No tengo señal.
Todos hicieron lo mismo casi al mismo tiempo. Ningún teléfono mostraba cobertura. La señal era inexistente. Era como si aquel lugar hubiera sido arrancado del mundo.
—La única opción es regresar y salir de esta nieve —dijo Kevin.
Daniel lo miró y asintió en silencio. Entonces Ciena volvió la mirada hacia Carlos.
—Da la vuelta.
Carlos respiró hondo. No tenía otra alternativa.